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sábado, 12 de abril de 2025

JULIO CESAR ROJAS BUENDÍA, EL DOS VECES REY VALLENATO QUE NO OLVIDO SUS RAICES SABANERAS

Por: Fausto Pérez Villarreal

 “No te me acerques mucho, porque qué tal que ganes y después digan que te di el premio por ser un Buendía”.

Las palabras del entonces recién galardonado Premio Nóbel de Literatura Gabriel García Márquez se quedaron grabadas indeleblemente en la memoria de Julio Rojas, el dos veces rey vallenato fallecido, a los 56 años, de un fulminante infarto de miocardio en la madrugada del lunes 20 de junio de 2016 en su casa, ubicada en la calle 69 con carrera 38B, barrio El Recreo, pleno corazón de Barranquilla.

Gabo le había hablado en el oído, en respuesta a su sigilosa presentación, en una fiesta privada en Valledupar a la que asistieron varios acordeoneros.

“Maestro, mucho gusto, me llamo Julio Rojas Buendía, y soy participante en la categoría profesional”, le había dicho el concursante, extendiéndole la mano derecha.

Era la antesala del Festival Vallenato de 1983, y Julio Rojas, nacido el 29 de julio de 1959 en San Agustín, corregimiento de San Juan de Nepomuceno (Bolívar), iba por la corona tras tres intentos infructuosos.

“¡Nojoda!, con esa respuesta, Gabo me dejó lo que se dice ‘frío’. Quedé paralizado. Lo único que se me ocurrió fue sonreír, bajar la cabeza y perderme de su vista”, dijo Julio Rojas en una entrevista que me concedió a finales de 2014 en el diario Al Día.

En 1980, en su primera participación en el Festival Vallenato, Julio Rojas estuvo cerca de ascender a la cúspide, pero debió resignarse con el segundo lugar, detrás del ‘Debe’ Elberto López, curtido acordeonero, de la dinastía de los López Gutiérrez -de La Paz (Cesar)-, que en 1976 había grabado el inolvidable paseo ‘Tres canciones’, con el entonces mozalbete Diomedes Díaz.

Al año siguiente, Julio volvió a ocupar el segundo lugar en el certamen que tuvo como ganador a Raúl ’Chiche’ Martínez, y en 1982 –seis meses antes de que a García Márquez le otorgaron el preciado galardón en Estocolmo- fue relegado al tercer puesto. La corona quedaría en poder de Eliécer Ochoa.

La consagración de Julio Rojas Buendía sería en 1983, en su cuarta participación consecutiva. Además del autor de ‘Cien años de soledad’, conformaban el jurado calificador el en ese entonces director del diario El Tiempo Enrique Santos Calderón; el connotado compositor Leandro Díaz; el rey vallenato Miguel López y el eminente abogado Rafael Rivas Posada.

A la postre, el indiscutible triunfador del certamen sería Julio Rojas gracias a su fina y remozada nota, que le permitió pasar por encima de ilustres digitadores de la talla de Orangel ‘El Pangue’ Maestre, Egidio Cuadrado, Náfer Durán, Ovidio Granados y Emilio Oviedo.

Danny Castilla, en la caja, y Ramón Bertel, en la guacharaca, acompañaron al diestro acordeonero de Bolívar en las eliminatorias, en la semifinal y en la finalísima. El público celebró frenéticamente su triunfo.

Ocho días después de su coronación, una llamada telefónica sorprendería al nuevo rey, en su casa en Barranquilla. Mercedes Barcha estaba al otro lado de la línea, y le dijo que esperara un momento, que Gabo le iba a hablar.

“¡Eche!, ¿Gabo?, a esta hora, ¡10 de la noche!… Mi sorpresa, alegría e intriga fueron inmensas: Gabo me había llamado para darme las gracias. ‘Pero… gracias por qué, maestro’, le pregunté, ansioso. De inmediato me respondió que yo le había quitado un peso de encima al jurado al tocar muy bien en la final, y así salir del embrollo que tenían en la cabeza con tanto acordeonero bueno participando. “Con tu faena facilitaste nuestro trabajo, pues a nosotros nos convenció de que eras el mejor, y el público quedó contento. Espero que nos volvamos a ver", recordaba Julio Rojas, que le dijo García Márquez.

“A partir de ese triunfo, no solo nació una bella relación de amistad con Gabo, sino que además me convertí en su acordeonero predilecto. Sin exagerar, fueron más de 20 veces las parrandas que animé para él, bien fuera en su casa, en Cartagena, o en otras partes. Las piezas que más le encantaban escuchar eran ‘Jaime Molina’ y ‘La vieja Sara’, de Rafael Escalona; ‘La diosa coronada’, de Leandro Díaz, y ‘Mercedes’, de Adolfo Pacheco. Siempre toqué gratis y con mucho gusto. Solo una vez, Mercedes Barcha, su esposa, me dio dinero contra mi voluntad. En el bolsillo de la camisa me metió un bulto de billetes. ‘Tómalo, no seas bobo. Te servirá para los taxis’, me dijo Mercedes, haciéndome un guiño. Más tarde, en mi residencia, cuando me desvestí, comprobé que me había dado tres millones de pesos”, me dijo Julio Rojas en mayo de 2016, cuando planeábamos una crónica para publicar en la antesala del Festival Distrital de Acordeón que días más tarde la Fundación Fesdimac organizó como un merecido homenaje a su carrera profesional. Precisamente, después de ese homenaje, algunas horas después, sufrió el letal paro cardiaco.

En el primer Rey de Reyes


Julio César Rojas Buendía participó en la primera edición del Festival Rey de Reyes de Valledupar, en 1987, pero sus aspiraciones no pasaron de la semifinal. Los lauros se los llevaría Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, en el recordado certamen en el que Alejadro Durán, el ídolo del pueblo, se autoeliminó en la finalísima.

Intentó ganar de nuevo en 1993 en Valledupar, pero los integrantes del jurado calificador determinaron descalificarlo porque su cajero subió a la tarima acompañado de una caja con un parche de radiografía, lo que iba contra los cánones del Festival.

Aprendió la lección y regresó al año siguiente, secundado por el cajero Luis Reyes y el guacharaquero Edwin Machuca para ganar por segunda ocasión el Festival Vallenato. Sus oponentes en la finalísima fueron Ciro Meza y Freddy Sierra, segundo y tercero, en ese orden respectivo.

Con ese triunfo, Julio Rojas se constituiría en el segundo acordeonero profesional, después de Alfredo Gutiérrez, en ganar en más de una ocasión el Festival Vallenato en su edición ordinaria, es decir, sin incluir el Rey de Reyes.

Intentaría más tarde ganar una tercera corona, pero sus pretensiones resultaron infructuosas.

En la discografía de Julio Rojas se destacan trabajos con Ricardo Maestre, con Miguel Herrera, con Joaco Pertuz, con Enaldo Barrera ‘Diomedito’, con Juan Piña, con Lizardo Bustillo, con Gustavo Bula, y con Poncho Zuleta.

Con Ricardo Maestre, oriundo de El difícil (Magdaena), ya fallecido, dejó dos versiones muy bien logradas de Pena y dolor, de Alejandro Durán, y La muerte de Eduardo Lora, de Andrés Landero.

“Maestro, tenemos que reivindicar nuestra música sabanera. Tenemos que darle al Festival Bolivarense de acordeón de Arjona el puesto que se merece en la cultura popular de Colombia”, me dijo Julio Rojas. Más que una obsesión, esa era su meta suprema en la música.

En ese Festival tenía planeada una presentación con el trirrey vallenato Alfredo Gutiérrez.

“Es una obligación moral nuestra, como representantes de la Escuela Sabanera, aportar nuestro granito de arena para impulsar el Festival de Arjona”, recuerda Alfredo que le dijo Julio Rojas.

Poco antes de su muerte, en el grupo de Whatsapp ‘Amigos del Festival de Arjona’, Julio Rojas se constituyó en un férreo defensor de Poncho Zuleta ante el aluvión de críticas que fue objeto ‘El Pulmón de América’ por el famoso beso en la boca que se había dado con Silvestre Dangond, en una tarima de Valledupar. “Por favor, respetemos al maestro Poncho”, había clamado Julio Rojas.

El humor, otra de sus pasiones


Los que conocieron de cerca a este excelso digitador, coinciden en que se caracterizaba por tener un chiste a la mano para todo, y pocas veces lo vieron enojado.

Su buen sentido del humor lo llevó a convertirse en uno de los cofundadores de ‘Cheverísimo’, el programa humorístico más exitoso del canal regional Telecaribe, cuya primera emisión salió al aire en 1990. Su amigo y compañero de set en aquel entonces, Rony Laitano (Cara e’ Perro), contó detalles de esta faceta del fallecido Rey Vallenato:

“Junto a Álvaro Ariza y mi persona iniciamos este proyecto humorístico, en el que Julio amenizaba los chistes con su acordeón y además participaba como ‘policía’. Recuerdo que en una ocasión debía perseguirme con un bolillo, y un señor bien vestido se metió y abogó para que no me diera una paliza. Julio le explicaba que era la grabación de un programa, pero aquel hombre lo sacó de casillas al no entender lo que hacíamos”, rememoró Laitano. Tras la consolidación de ‘Cheverísimo’ se fueron integrando al elenco Darío Gómez, Rafael Zequeira, Mingo Martínez y Rafael Díaz, entre otros.

El noveno Rey en morir


Julio César Rojas Buendía fue el noveno rey del Festival de la Leyenda Vallenata en morir. Su nombre ingresó a la lista en la que figuran Alberto Pacheco, Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Julio De la Ossa, Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, Elberto ‘Debe’ López, Rafael Salas y Calixto Ochoa.

Fue sepultado en medio de canciones vallenatas en el cementerio Jardines de la Eternidad de Barranquilla. Además de su compañera sentimental Judith Pacheco Russo, le sobreviven cuatro hijos, todos músicos y llamados, como él: Julio Alejandro (cajero), Julio Mario (acordeonero), Julio Alfonso (guacharaquero) y Julio César (cantante).

La historia le tiene reservado su sitio de honor a este acordeonero de la estirpe del coronel Aureliano Buendía, que contribuyó con sus notas al engrandecimiento del folclor vallenato.

jueves, 10 de abril de 2025

ABRIL EN VALLEDUPAR


Por: José Atuesta Mindiola

Abril es la entrada triunfal de la primavera, aunque según el canto del maestro Leandro Díaz entra el 22 de marzo, pero es en abril cuando llegan las lluvias a calmar la sed de la tierra y de los ríos, y las plantas muestran la plenitud de sus colores; por eso hay más rosas y más aromas de fiestas, y el nombre de Valledupar hasta en el aire se siente porque el ambiente del festival ilumina el cielo de los vallenatos.

En Valledupar hay más luz en los corazones que se abren de ensoñación con las notas de los acordeones de niños, jóvenes y adultos que avizoran la ilusión de ser coronado rey vallenato. Las calles se adornan con la presencia de mujeres bellas que bailan con sus cimbreos de caderas la tradición ancestral de pilar y ventear el maíz. Los tambores, flautas y acordeones acompañan los ensayos de grupos de piloneras y los patios de las casas viejas y los andenes exhalan el sabor de los árboles de mangos.

En abril el sentimiento vallenato es desbordante. La alegría por el festival se siente como perfume en el viento, grabando el verso de una canción vallenata. Las esquinas, los parques, los restaurantes o cualquier otro lugar sirven de tertulia para hablar de los juglares vallenatos, los viejos compositores y las hermosas melodías que permanecen en la memoria del tiempo.


Abril es el mes de fiesta, y la gente se contagio de la música que es una flexible roja que aprisiona los recuerdos, surge entonces el sentimiento siamésico de agradar y ser agradado, de atender y ser atendido. Y por eso el verso:

¿A quién se le canta aquí?

a quién se le dan las gracias,

a los que vienen de afuera

o a los dueños de la casa.

El culto a la amistad es uno de los patrimonios más reconocidos de mujeres y hombres vallenatos. Valledupar es una ciudad sin murales y de puertas abiertas. Es un paraíso de lealtad, aquí vibra la calidez del abrazo sincero, las atenciones sobran para que nadie se sienta forastero. Es una tierra de magia y encanto que enamora y quien viene buscando amores con amor aquí se queda.

En abril, las noches y los días son más cortos, las horas fluyen en la espiral sonoro de un acordeón, en las cuerdas de guitarras y en los versos que evocan la nostalgia de tiempos pasados, la sonrisa de la mujer amada, la rama del árbol donde se mece un sombrero o el tiempo en sus amoríos que repite el nombre como la noche en el río.

Abril será siempre abril, por la gente que ama y canta al ritmo de los acordeones. Este año son dobles los motivos que tienen los amantes del Festival. Primero la razón de todos los años, los concursos, el foro, los reencuentros de amigos y las parrandas. Segundo, el homenaje al ídolo más grande de la historia del canto vallenato, Diomedes Dionisio Díaz Maestre.

Complemento a la fiesta de los acordeones, los católicos practicantes de la liturgia se aprestan a vivir la tradición del santo Ecce Homo y, después, la veneración a la Virgen del Rosario.


Articulo tomado del periódico Panorama cultural.com.co

martes, 8 de abril de 2025

POR EL PODER DEL ACORDEON, VALLEDUPAR ESTARÁ DURANTE OCHO DIAS EN ESTADO "AY OMBE"

 Música y folclor


 Por: Juan Rincón Vanegas. 

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo. Ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa' no tener que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber es quedarme. Me quedo en la Capital por cosas del destino”...

Durante ocho días Valledupar, la Capital Mundial del Vallenato estará pendiente del acordeón, la caja, la guacharaca, los cantos, los versos y los grupos de Piloneras en estado de “Ay Ombe”, donde el mayor compromiso es olvidar las penas y vestirse de alegría completa. Entonces, aparecerá la elocuencia de las añoranzas de aquel memorable verso. “Este es el amor, amor. El amor que me divierte, cuando estoy en la parranda, no me acuerdo de la muerte”.

En este estado es posible visitar con el pensamiento las notas de los acordeones y pasearse libremente por los paseos, merengues, sones y puyas, teniendo en cuenta que es la versión 58 del Festival de la Leyenda Vallenata donde se le rendirá homenaje al Rey Vallenato Omar Geles.

Serán los instantes precisos para evocar al epicentro del llamado “Embeleco”, en la plaza Alfonso López Pumarejo, donde se dio la partida a esta fiesta vallenata que cada año avanza a nota firme del acordeón, a buen golpe de caja, al charrasquear de la guacharaca, de una voz parrandera y versos contundentes.

La profecía de Consuelo Araujonoguera escrita en El Espectador el viernes 8 de marzo de 1968, exactamente 50 días antes de iniciarse el Primer Festival de la Leyenda Vallenata, donde se coronó como Rey Vallenato Gilberto Alejandro Durán Díaz, se está cumpliendo al pie de la letra. En su ‘Carta Vallenata’ ella manifestó. “El vallenato con el tiempo se impondrá en el mundo”.

De esa forma ‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera, Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona, unido a un grupo de amigos, se aventuraron a convocar a distintos acordeoneros regados por toda la comarca para ponerlos de acuerdo y motivarlos a que siguieran ejecutando los mejores paseos, merengues, sones y puyas.

La misma Consuelo Araujonoguera en aquella ocasión lo dejó plasmado: “Para sacar adelante el Festival de la Leyenda Vallenata, han sido indispensables noches de insomnio y días sin descanso, pero hoy podemos decir que pese a que la tarea no está concluida, hemos logrado rescatar parte importantísima de nuestro pasado histórico y echar las bases de lo que ahora es, sin discusión, la mejor imagen de Valledupar, tierra de encanto, y de lo que los vallenatos somos y representamos ante Colombia y el mundo”.

Para dar fe de lo anterior se recuerda al locutor Carlos Melo Salazar, quien fue el primero en trasmitir para Colombia y el mundo, el Festival de la Leyenda Vallenata a través de la Radiodifusora Nacional.

“Esa fue una obra de titanes. Comenzó con ocho participantes y ahora son muchos que hasta se pierde la cuenta. Quedaron para la historia las grabaciones de los primeros festivales que ahora son unas joyas sonoras. Me dá nostalgia recordar esos tiempos idos, donde el amor por el folclor salía del campo y se metía en el corazón de todos. Este es el folclor que tiene las más hondas raíces en Colombia”.


Himno del Festival

En medio del paso del tiempo y cuando los recuerdos se plasman en el alma como una pintura musical aparece el compositor Rafael Manjarréz Mendoza, poniendo su sello con la canción ‘Ausencia sentimental’, que a fuerza de escucharla y de sentirla, luego de haber sido ganadora en el concurso de la canción vallenata inédita del año 1986, fue declarada el 16 de marzo de 2010 como el Himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Tienen razón los que piensan que esta linda obra es la más fiel radiografía de la nostalgia, el sentimiento en trance del que se encuentra lejos y la memoria viva que busca en los recuerdos, pero que al recibir “las razones de sus compañeros”, todo se torna diferente.

El himno del guayabo, ese que no produce el trago, hace posible volver a repasar los episodios del Festival de la Leyenda Vallenata, andar por los caminos que el compositor recorrió a la distancia, y se cae en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

‘Ausencia sentimental’ tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a nostalgia, a ingredientes que la incrustaron en el corazón del pueblo. Personajes, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de esta inspiración que ha dejado regados pedazos del alma vallenata.

Ellos siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito, la divulgó por los medios de comunicación y se metió en el corazón de los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío guayabo”.

Enseguida se calca la ausencia sentimental que no permite escuchar en vivo un acordeón bien tocado, un verso bien improvisado, el desfile de piloneras o una canción alegre o llena de sentimiento.

No hay respuesta si todavía en el corazón del compositor su negra del alma vive sin pagar arriendo, pero de lo que si hay seguridad es que continúan contándose las anécdotas y los cuentos buenos, que el palo é mango sigue en la plaza igual, que los guajiros no faltarán y que ‘Ausencia sentimental’ se escribió, logrando correr como ríos de amor por los recovecos del corazón de Valledupar. Todos invitados a la Capital Mundial del Vallenato.

EL GAVILAN SIN ALAS LA CANCION DE CESAR MARÍN ALTAMAR EN JUGLARES LEGENDARIOS VOL 5 DE IVAN VILLAZON APONTE Y CIRO MEZA REALES "LA ESENCIA"

Por: Álvaro Rojano Osorio

El cantante Iván Villazón acaba de lanzar junto al acordeonero Ciro Meza el trabajo discográfico titulado Juglares Legendarios, Vol. 5, “La Esencia”, que incluye cinco canciones de autoría de Luis Enrique Martínez. Una de ellas es la denominada El Gavilán sin Alas, cuyo verdadero compositor es Cesar Marín Altamar.

En esta obra musical se relata de manera metafórica la existencia en la zona de la ciénaga de Zapayán de un gavilán sin alas que está haciendo mucho daño, dice el narrador. Quien, además, asegura que le está rogando que no se vaya a llevar a la morenita que lo tiene entusiasmado.

Tema en el que confluyen tres actores: Cesar Marín Altamar, como compositor. El acordeonero Luis Enrique Martínez, intérprete del disco y quien aparece como autor del mismo, tanto en la antes citada producción musical, así como en la primera grabación, y Pedro Osorio Ramos, el personaje de la obra musical.

Personas que, aunque originarias de distintos lugares del Caribe colombiano, las unió la música vallenata, las parrandas y la participación en el hecho principal que motivó la canción.

César Marín Altamar, originario de Bellavista, más conocida como Moya, conoció y se enamoró de Carmen Oliveros Osorio, natural de Bomba, a orilla de la ciénaga de Zapayán. Sucedió una tarde en la que ella aceptó conocerlo en Bálsamo, hasta donde fue con un grupo de amigas. A partir de ahí germinaron unas relaciones sentimentales que se extendieron por dos años antes del matrimonio, porque él iba y venía de un lugar a otro en sus actividades comerciales de compra y venta de ganado vacuno y caballar.

Tras el matrimonio, la pareja se estableció en Bomba, donde sus habitantes se cuestionaban por qué Carmen, simpática, amable y hogareña, se había casado con un hombre que, mientras caminaba o montaba en el lomo de una bestia, hablaba solo. —Ella nunca respondió —señala la hija de la pareja, Ana Lucía Marín—, porque sabía que él estaba componiendo canciones vallenatas.  

Sin embargo, Carmen no sabía que César era un viajero incansable, y que lo fue desde niño, cuando su mamá, Ana Cecilia Altamar, lo llevaba de Moya a Paraíso, debido a que a ella le tocó suplir como madre a su hermana fallecida, quien dejó varios hijos menores de edad. Por eso Carmen debió sorprenderse cuando, estando embarazada de su hija y con apenas siete meses de casados, éste no volvió a Bomba después de haberle asegurado que iba a hacer un negocio en Fundación y regresaba enseguida.

Regresó a los cinco años de haber partido; era de tarde y cuando Carmen lo vio llegar, se dirigió a su hija diciéndole: —Ana Lucía, él es tu papá. Él la tomó por los brazos, la levantó y, orgulloso, le dio un beso y un abrazo.  Entonces, quizás, César reflejó en las relaciones distantes con su hija y su esposa, las que mantuvo con su padre, Benjamín Marín, un afamado médico obstetra de Manizales que conoció a la enfermera Ana Cecilia Altamar en Cartagena, donde ejercía su profesión en la empresa petrolera Andian.  

Sin embargo, estas relaciones sentimentales fueron casuales, pues Benjamín, para sortear un problema, se marchó de Cartagena, siendo César menor de edad. Y pese a que su padre desde Manizales lo mandó a buscar, Ana Cecilia jamás accedió a ello.

Fue de su familia paterna que César heredó su aptitud para la composición; incluso, un hermano de él fue poeta. De los Altamar, de Sitionuevo, pudo heredar su vocación musical, pues a esta familia perteneció el músico Gil Altamar.    Música que amó por encima de todas las cosas del mundo y hasta los últimos días de su vida, como lo indica su hija, la abogada Ana Lucía. Tanto que, disminuido físicamente, le pedía a ella que la hiciera sonar, compartiéndole, además, sus conocimientos sobre lo que escuchaban. Fue al lado de ella y de quien fue su esposa, en Cartagena, donde falleció.

Fue la música y la parranda el argumento fundamental para acercar y consolidar su amistad con el acordeonero Luis Enrique Martínez, intérprete de sus composiciones, entre ellas El Pique, en el que Marín toma partido en la piquería entre este acordeonero y Abel Antonio Villa, al componer:   En el pueblo e Paraíso con Marín tienen un pique/En el pueblo e Paraíso con Marín tienen un pique/ Porque él dice que Abelito no toca con Luis Enrique/ Porque él dice que Abelito no toca con Luis Enrique.

También le grabó El retratico, El siervo herido, El Abusajo de Bomba, El Mago de la China y La Ciencia oculta, que es su mayor éxito al ser grabada por intérpretes como Jorge Oñate y Alfredo Gutiérrez, además de Joaco Pertuz. También ha sido incluida en algunas antologías musicales hechas con canciones grabadas por Luis Enrique Martínez.

Otro tema musical fue El gavilán sin alas, que Marín dedicó a Pedro Osorio Ramos, pariente de su esposa Carmen, y con quien compartía el gusto por la parranda, el amor por el vallenato y la amistad común con Luis Enrique Martínez.

De la historia que rodeó la canción cuenta la escritora Marlen Osorio Lizcano, en su libro inédito: "Pedro Osorio Ramos, un hombre que nunca claudicó", que Luis Enrique Martínez, enamorado en Bálsamo, Magdalena, de Gilma Támara, vio desaparecer sus esperanzas de conquistarla cuando descubrió que Pedro la había convencido de que fuera su amor, tanto que tuvieron un hijo que falleció a temprana edad.

Gilma hizo parte de un grupo conformado por siete jóvenes: Dori, Rosa, Salvadora, Hortensia, Luisa y Mélida unidas entre sí por el lazo familiar Támara y por el interés de organizar reuniones sociales, bailes de salas, las fiestas patronales, así como por participar en velorios y misas. A ellas el Pollo Vallenato les compuso una canción, que tituló Muchachas Balsameras, de la que el acordeonero Martín Camacho recuerda un verso: Le toco a las siete primas / Porque ya llegó la hora / Ay, yo le canto a Luisa / A Gilma y a Salvadora[1].

El acordeonero resignado convenció a Luisa Movilla Támara, conocida como “La niña Lucha Movilla”, para que fuera su pareja sentimental, como en efecto sucedió.

Lo que pasó entre Luis Enrique, Gilma y Pedro llevó a Marín a componer la canción, la que nutrió con otros hechos amorosos de Pedro, como el haberse unido como pareja en una misma noche con dos mujeres, sin poderlo hacer con la tercera porque, como lo asegura su hijo Gustavo Osorio Lizcano, el amanecer se lo impidió.


Luis Enrique supo de la canción después de que César se la cantara. Y complacido con la letra, le corrigió algunas frases y le agregó unos versos; además, le hizo el arreglo musical. La canción grabada por este acordeonero en 1965, fue el tema número uno del lado A del larga duración Cereteñita, prensado por Discos Fuentes.

Oigan, muchachos,
en la ciénaga de Zapayán

Hay un gavilán.
que está haciendo mucho daño (bis)

Para cuando se produjo la grabación, existían una serie de circunstancias que hacían casi que nugatorio el derecho a la propiedad intelectual, como la amistad, el compadrazgo, como el que unía a Luis Enrique con César Marín, según lo testimonia su hija Ana Lucila. Además, eran tiempos en que la música vallenata carecía de importancia comercial y los músicos que la interpretaban se rebuscaban de parranda en parranda.

A César Marín debió llenarlo de engreimiento el que su amigo y compadre grabara parte de su obra musical, lo que permitió que se conociera y que trascendiera en el tiempo, pues el resto de ella, con su muerte, desapareció.

Pedro Osorio, después de procrear 18 hijos y de ser un insigne parrandero y mujeriego, se dedicó a la actividad política, lo que le permitió ser alcalde en algunos municipios y concejal por veinte años en Tenerife. Además, fue un autodidacta que lo llevó a ejercer empíricamente el derecho tras dedicarse al estudio del Derecho Civil.

Pero, pese a lo vivido con Luis Enrique, la amistad entre ellos se mantuvo, tanto que el acordeonero hizo de la casa de Pedro en Tenerife una especie de cuartel, donde permanecía hasta dos meses, yendo y viniendo con su conjunto hasta las poblaciones cercanas, amenizando parrandas.

Mientras que la amistad entre César y el Pollo Vallenato continuó con citas permanentes o casuales frente a la estación del tren en Fundación, donde era usual encontrar al verdadero compositor del gavilán sin alas. 





jueves, 3 de abril de 2025

ALFONSO CORTÉS MARROQUÍN: EL JUGLAR DEL ANTIPLANO CUNDIBOYACENSE


 Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado


"La música debe hacer  saltar fuego en el corazón del hombre y lágrimas en los ojos de la mujer": Ludwing van Beethoven (compositor y músico alemán).


La relación entre un músico y su instrumento es algo muy íntimo y personal, que los termina convirtiendo en compañeros de viaje por toda la vida. Sólo el artista comprende el vínculo que existe entre él y su instrumento, ellos juntos son un complemento que se encargan de generar música que se transforma en pasión, voz, corazón, alimento espiritual, revelación y lenguaje.

Y es precisamente lo que le ocurrió a Alfonso Cortés Marroquín, en razón a que la relación con su acordeón comenzó desde la infancia en donde la conexión entre ambos fue inmediata; es decir, una simbiosis total que sigue intacta hasta el día de hoy, y que sigue aumentando con el paso de los años.

Este hombre nació el lunes 23 de febrero del año 1948 en Villa de Leyva, un municipio que está ubicado en el departamento de Boyacá en la Cordillera Oriental de Colombia, territorio que hace parte del Altiplano cundiboyacense, sobre el Valle de Zaquencipá, un lugar con muchas historias y bellísimos paisajes, donde el tiempo parece haberse detenido, porque conserva en su arquitectura las muestras más auténticas del pasado colonial. Este pueblo es, sin duda, uno de los más bellos de Colombia y muy famoso por su importancia histórica y por su magnífica plaza que le valieron para ser reconocido como Monumento Nacional en 1945. Además de su arquitectura colonial, Villa de Leyva se caracteriza por sus variados paisajes rurales que van desde la zona de páramo hasta la desértica haciendo un contraste maravilloso, que son el deleite de sus turistas y visitantes. Es un sitio ideal para encontrarse con la historia, la ciencia, el arte, la cultura y la madre naturaleza.

Quién imaginaría que un niño nacido en esa bella y productiva tierra, criado en Bogotá, donde la música Andina, en la que sobresalen: bambuco, carranga, pasillo, torbellino y guabina, se iba a inclinar por una expresión musical nacida a cientos de kilómetros de allí, en el Caribe colombiano: el vallenato, que desde que lo escuchó se metió profundamente, en su alma, vida y corazón, convirtiéndose en parte de su diario vivir.

El amor de "Poncho" Cortés, como es conocido popularmente por la música vallenata, se presentó de una manera un tanto curiosa y fue el hecho de que un pretendiente de su hermana mayor, nacido en el Caribe colombiano quien en la etapa de cortejos y enamoramiento le pone a ella una serenata con acordeón, caja y guacharaca, algo que para la fría capital colombiana no era bien visto en la época porque lo consideraban un bullicio e irrespeto con los vecinos, quienes no estaban acostumbrados a este tipo de sucesos y mucho menos con esa clase de música que en ese momento no tenía aceptación en esta parte del país, pero que no pasó desapercibida para el pequeño "Poncho" que, caso contrario a su hermana, quien se tapó los oídos para no escuchar, fue él quien más se deleitó con la serenata, pero sobre todo con los sonidos que salían de esa caja mágica musical de pitos y bajos que lo enamoraron para siempre.

Es a partir de ese momento cuando este niño inquieto inicia amores con su acordeón, acompañado por sus amigos del barrio Quiroga de Bogotá con quienes tocaba en las esquinas y parques donde se reunían, ante la mirada incrédula de los vecinos que nunca pensaron en que estos jóvenes sintieran tanta pasión por una música originaria de un lugar tan lejano al de ellos.


Después de graduarse como bachiller del Colegio Mayor Distrital, entra a la Universidad Libre y se convierte en administrador bancario, profesión que ejerció por más de 40 años, experiencia que lo llevó a gerenciar varias sucursales del Banco Popular en Bogotá, y de la que salió pensionado hace más de una década.

Este "cachaco" con corazón costeño, como le decimos los nacidos en el Caribe a los del interior del país, en el año 1966 se integra a la agrupación Acuarios, un combo de amigos y amantes del folclor vallenato, con la que empieza a tener una época exitosa sobre todo en la década de los años setenta y ochenta, participando en muchos programas de radio y televisión con su conjunto de planta. Las grabaciones no se hicieron esperar y se convierte en el primer "cachaco" que graba vallenato clásico, respaldado por sellos discográficos como: Philips, Discos Regis, Divensa, FM y Discos CR. Con los que sin duda hizo un aporte significativo a la divulgación y popularización de la música vallenata en la capital colombiana.


Es un artista polifacético, quien, además de ejecutar con calidad el acordeón, también lo hace con la guitarra, bajo, guacharaca, caja, tumbadora, canta y compone, lo que lo convierte en un músico completo, de ahí que sea llamado por el folclorista, investigador y escritor, Antonio Daza Orozco como "El Juglar cundiboyacense". 

Entre sus composiciones se destacan un merengue en tonalidad menor dedicado a Monterrey y a Guadalupe, titulado 'Compensación cultural', tema ganador de la canción inédita en el Festival Vallenato Internacional de México, en el año 2019, paseo 'De los corrales al cielo" segundo lugar en el Festival Vallenato de USA 2019, 'La Puya de Alejo' en tonalidad menor semifinalista en el Festival de La Leyenda Vallenata en Valledupar, grabada por el Rey Vallenato Fredy Sierra, al igual que el merengue 'Los Sahaguneros'. 'Aporte cachaco', 'Pasión y mimos', 'Catalina linda', grabados en su voz y acordeón.

También ha colaborado con su acordeón en grabaciones de Los Hermanos Ramírez y Alejandro Merlano. Es un fiel admirador de los grandes juglares que han escrito con tinta indeleble la historia de la música vallenata: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Calixto Ochoa, Juancho Polo, Francisco "Pacho" Rada, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Emiliano Zuleta, Alfredo Gutiérrez y muchos más que son parte de ese abanico musical que le dieron grandeza a este folclor  de origen provinciano, pero encontró en Nicolás Elías "Colacho" Mendoza, el primer  Rey de Reyes, ese referente al que siguió y le aprendió y que  luego se convertiría en uno de sus amigos más cercanos, lo que lo lleva a decir que es un "Colachista" de tiempo completo, un maestro que con la calidad de su nota y el estilo musical que lo caracterizó dejo una estela de clásicos y éxitos que hoy en día siguen siendo parte fundamental de la cultura musical de Colombia, la palabra "Leyenda" en ocasiones  suele resultar ser una hipérbole, en este caso se ajusta bien a la hora de hablar del acordeonista Nicolás Elías, este maestro fue un alumno aventajado del gran Luis Enrique Martínez, y luego se convirtió en el modelo, el ícono y el símbolo de las nuevas figuras, un hombre que le enseñó a muchos, pero al mismo tiempo aprendió de todos, y es por esto que para Cortés Marroquín se convirtió en un ícono y apoyo para su carrera artística.

El amor incondicional por la música vallenata de Alfonso Cortés va mucho más allá de lo meramente musical y se ha convertido en un gestor cultural y embajador de esta expresión musical en Bogotá: un investigador y escritor, autor del libro "El Vallenato en Bogotá su redención y popularidad" donde plasma más de cinco décadas de vivencias, experiencias. Un libro donde en cada letra y cada fotografía podemos percibir el amor que siente por el vallenato, datos, información y conocimientos que los sorprenderán, porque muchos pensarán que fue escrito por un autor de la región vallenata y no por un hombre que nació en una tierra distante a esa.

La vida de Poncho gira alrededor de su música vallenata, "Su" porque ya es de él, actualmente es el presidente de la fundación PROVALLENATO y Director del museo vallenato en Bogotá, director de la agrupación Los Juglares Urbanos, Presidente del Festival Vallenato de Silvania - Cundinamarca.

Este pionero de la música vallenata en Bogotá y el interior del país, cantautor e intérprete del acordeón, ha estado presente en el inicio de varios intérpretes de la música vallenata, tales como Silvio Brito, Jairo Serrano, Ismael Zuleta, Jorge Nain Ruiz y Jimmy Vence. Fue Rey de la categoría profesional del Festival del Acordeón en Sibaté, Cundinamarca, en el año 1980, también ha trabajado al lado de vocalistas y músicos como Esteban Salas, Robinson Damián, Pablo López, Ricardo Cárdenas, Pedro García, e incluso el artista internacional Galy Galiano a quien acompañó en más de una oportunidad tocando el bajo.

Por su amplio conocimiento sobre la música vallenata es invitado constantemente en calidad de jurado, panelista, conferencista y comentarista en muchísimos festivales de folclor vallenato, a lo largo y ancho del país y fuera de él, tales como Valledupar, Villanueva, Sahagún, Arjona, Chinú, Bogotá, Manaure, La Loma, Nobsa, Neiva Madrid, Miami Florida, Monterrey México, entre otros.

El último sábado de cada mes se realiza la auténtica parranda vallenata, en la Casa Museo PROVALLENATO, que dirige el maestro Cortés Marroquín, un lugar que se convirtió en el "Templo del vallenato en Bogotá" en donde al son del acordeón, caja, guacharaca, cantos, cuentos y anécdotas y la melodía de una canción, es una válvula de escape que nos ayuda a expresar lo que sentimos e incluso, nos empuja a parafrasear lo que guardamos dentro en  compañía de amigos y amantes del buen vallenato que disfruta de este divertimento cultural.

Hablar de Alfonso "Poncho" Cortés Marroquín: el juglar del altiplano cundiboyacense, es hablar de un maestro que no le puso límites a su gusto musical y nos demostró que para amar, querer y valorar la música no existen regionalismos, porque encontró en el vallenato, el eco de sus alegrías, penas, sueños y esperanzas, y le deja un legado a las nuevas generaciones; abrió un camino y les enseñó que sentir amor por la música vallenata es dejar que los sentimientos bailen al ritmo de cada melodía que brota de su acordeón, quien se convirtió en su amigo inseparable.


sábado, 28 de diciembre de 2024

EMILIANO ZULETA: 80 AÑOS DE PURO SENTIMIENTO VALLENATO

Hace ocho décadas nació ‘El gago de oro’, quien patentó su estilo y se inspiró produciendo cantos llenos de realidades.

Por:  Juan Rincon Vanegas

“No te olvidaré te lo juro yo, te veneraré lo mismo que a Dios, y una estatua yo te levantaré, allá en la plaza del Cacique Upar. Pa’ que todo aquel que suela pasar levante la frente y te pueda ver. Y un letrero grande te escribiré, tú eres la gloria de Valledupar”. Precisamente estando en el lugar donde nació el Festival de la Leyenda Vallenata en el año 1968, Emiliano Alcides Zuleta Díaz, autor de la canción ‘Mi acordeón’, hizo una confesión.

“En el año 1985 gané con ‘Mi acordeón’ el concurso de la canción vallenata inédita del Festival de la Leyenda Vallenata. Después, la grabé con mi hermano Poncho Zuleta y así se tituló el disco. Han pasado 39 años que prometí hacerle un monumento a ese instrumento sagrado. He tocado puertas y nada, entonces haré el esfuerzo de hacérselo y ubicarlo en la plaza Alfonso López”.

Así comenzó a hablar el único colombiano al que la fábrica Hohner de Alemania en el año 2014, registró un acordeón tres coronas con su nombre, indicando que por más de 60 años se dedicó a exaltar el folclor vallenato. “Todo con mi acordeón a los que le añadí muchas canciones”.

Este hijo de Emiliano Antonio Zuleta Baquero y Pureza del Carmen Díaz Daza, nacido en Villanueva, La Guajira, hace 80 años, exactamente el jueves 28 de diciembre de 1944, día de los santos inocentes, juntó los más grandes méritos para que después de su retiro, el 21 de diciembre de 2019, su nombre y apellido figuren en la historia de la música vallenata.

En la etapa de las añoranzas continuó citando de memoria aquel viernes 10 de diciembre de 1982 en Estocolmo, Suecia, cuando estuvo acompañando a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura. “Aquellos instantes son inolvidables y más que en ese escenario sonó por primera vez un acordeón”.

Enseguida cantó. “El acordeón tiene una sonrisa, y una elegancia muy especial, es como una muchacha bonita, de esas que tiene Valledupar”. No contento con ese verso llevó su inspiración a tocar las notas del sentimiento demasiado cercano al amor de una madre, parecido al agua pura en medio del desierto. “No desmayaré nunca en mi intención, siempre trataré de quererte más. Eres orgullo de mi folclor, y como un besito de mi mamá, y que Dios me dé la satisfacción de irme contigo hasta la eternidad”.

En aquel instante encajó en su pensamiento la historia de su célebre canción, citando el verso que más le gusta. “Mi acordeón ha sido mi vida, mi acordeón ha sido mi alma, si tú me diste esta fama, espero que Dios te bendiga”.

Las notas del acordeón de Emilianito desde siempre se hicieron sentir iniciando el periplo de grabaciones en el año 1964, gracias al apoyo de Alfredo Gutiérrez, quien hizo los contactos con la disquera Codiscos. Esa vez grabó con su acordeón y su voz un disco de 45 revoluciones donde aparecieron las canciones ‘La herencia’ de su autoría y ‘Ave peregrina’ de Raúl Garrido.

Después vino la etapa con su hermano Tomás Alfonso ‘Poncho’ Zuleta, iniciando en el año 1971 con la producción musical ‘Mis preferidas’, hasta llegar a dejar un amplio catálogo de canciones de corte costumbrista, premios y homenajes, especialmente el recibido en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2016.

En el listado de voces que han acompañado a Emilianito con las notas de su acordeón también figuran. Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Fabián Corrales, Silvestre Dangond, Juan Piña, Joe Arroyo, Diomedes Díaz, Ivo Díaz, Rafael Manjarréz, Andrés Ariza Villazón, Liliana Geney, Lucy Vidal, Rosendo Romero, Toba Zuleta y Leandro Díaz. También en la producción musical ‘El juglar de los montes de María, (2015) donde participaron Adolfo Pacheco Anillo, Iván Villazón y Silvio Brito.

Desde siempre Emilianito Zuleta llevó el acordeón incrustado en su corazón el que premió con bellas notas y hasta le regaló aquella canción donde lo pinta con las notas completas. “Desde cuando vine a este mundo tengo amores con mi acordeón”. Más preciso no lo pudo expresar.

Leyenda viva

Desde muy niño Emiliano Zuleta Díaz, aprendió a tocar el acordeón a escondidas de su mamá, quien quiso que fuera un profesional, un policía o un soldado, pero el folclor vallenato puso la nota más alta.

Entre las anécdotas de su inquietud por el acordeón aparece una cuando escuchó en Radio Guatapurí que estaban haciendo el programa ‘Buscando estrellas’. Emiliano, no lo pensó dos veces y se inscribió. Extraño le resultó a su mamá Carmen Díaz, escuchar en la emisora que un tal Emiliano Zuleta, iba a presentarse en el programa.El día del concurso ella estuvo atenta, y cuando dieron el nombre del ganador reaccionó. El locutor dijo. “Ganador Emiliano Zuleta Díaz, hijo de Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Díaz”. Ella muy acongojada le imploró al cielo que eso no fuera cierto y responsabilizó al marido por haberla enamorado y llevado al altar. Nada pudo hacer porque el romance de su hijo con el acordeón apenas comenzaba.

Emilianito convenció a sus padres que lo dejaran ser acordeonero a la par con sus estudios, porque les iba a demostrar que sí podía. Lo logró siendo el mejor bachiller del Colegio Nacional Loperena, agrónomo, economista y excelente acordeonero.

Lo que nunca pasó por la mente de Emiliano Zuleta Díaz, fue que aquel acordeón que patentó Cyrill Demian en Viena, Austria, el miércoles seis de mayo de 1829, y que llegó muchos años después a estos lares costeños, iba a ser parte de su existencia.

Las palabras se agotaron y era preciso escuchar la voz de Poncho Zuleta. “Quién tenga un hermano como yo, se encuentra contento en esta vida, y fue Carmen Díaz quien lo parió, dichosa mamá Dios te bendiga”. Y continuó cantando. “Que viva mi acordeón tan bonito que tantos recuerdos me dejó, principalmente de mi hermanito que tanto tiempo me acompañó”.

Sonreído se quedó Emiliano Zuleta Díaz, el maestro de los pitos y los bajos que se fusionan para producir un estilo único y melodioso. Además, el autor de canciones que hacen añorar esos tiempos de la nota linda, la voz sentida y las ganas de llorar.