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jueves, 3 de abril de 2025

ALFONSO CORTÉS MARROQUÍN: EL JUGLAR DEL ANTIPLANO CUNDIBOYACENSE


 Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado


"La música debe hacer  saltar fuego en el corazón del hombre y lágrimas en los ojos de la mujer": Ludwing van Beethoven (compositor y músico alemán).


La relación entre un músico y su instrumento es algo muy íntimo y personal, que los termina convirtiendo en compañeros de viaje por toda la vida. Sólo el artista comprende el vínculo que existe entre él y su instrumento, ellos juntos son un complemento que se encargan de generar música que se transforma en pasión, voz, corazón, alimento espiritual, revelación y lenguaje.

Y es precisamente lo que le ocurrió a Alfonso Cortés Marroquín, en razón a que la relación con su acordeón comenzó desde la infancia en donde la conexión entre ambos fue inmediata; es decir, una simbiosis total que sigue intacta hasta el día de hoy, y que sigue aumentando con el paso de los años.

Este hombre nació el lunes 23 de febrero del año 1948 en Villa de Leyva, un municipio que está ubicado en el departamento de Boyacá en la Cordillera Oriental de Colombia, territorio que hace parte del Altiplano cundiboyacense, sobre el Valle de Zaquencipá, un lugar con muchas historias y bellísimos paisajes, donde el tiempo parece haberse detenido, porque conserva en su arquitectura las muestras más auténticas del pasado colonial. Este pueblo es, sin duda, uno de los más bellos de Colombia y muy famoso por su importancia histórica y por su magnífica plaza que le valieron para ser reconocido como Monumento Nacional en 1945. Además de su arquitectura colonial, Villa de Leyva se caracteriza por sus variados paisajes rurales que van desde la zona de páramo hasta la desértica haciendo un contraste maravilloso, que son el deleite de sus turistas y visitantes. Es un sitio ideal para encontrarse con la historia, la ciencia, el arte, la cultura y la madre naturaleza.

Quién imaginaría que un niño nacido en esa bella y productiva tierra, criado en Bogotá, donde la música Andina, en la que sobresalen: bambuco, carranga, pasillo, torbellino y guabina, se iba a inclinar por una expresión musical nacida a cientos de kilómetros de allí, en el Caribe colombiano: el vallenato, que desde que lo escuchó se metió profundamente, en su alma, vida y corazón, convirtiéndose en parte de su diario vivir.

El amor de "Poncho" Cortés, como es conocido popularmente por la música vallenata, se presentó de una manera un tanto curiosa y fue el hecho de que un pretendiente de su hermana mayor, nacido en el Caribe colombiano quien en la etapa de cortejos y enamoramiento le pone a ella una serenata con acordeón, caja y guacharaca, algo que para la fría capital colombiana no era bien visto en la época porque lo consideraban un bullicio e irrespeto con los vecinos, quienes no estaban acostumbrados a este tipo de sucesos y mucho menos con esa clase de música que en ese momento no tenía aceptación en esta parte del país, pero que no pasó desapercibida para el pequeño "Poncho" que, caso contrario a su hermana, quien se tapó los oídos para no escuchar, fue él quien más se deleitó con la serenata, pero sobre todo con los sonidos que salían de esa caja mágica musical de pitos y bajos que lo enamoraron para siempre.

Es a partir de ese momento cuando este niño inquieto inicia amores con su acordeón, acompañado por sus amigos del barrio Quiroga de Bogotá con quienes tocaba en las esquinas y parques donde se reunían, ante la mirada incrédula de los vecinos que nunca pensaron en que estos jóvenes sintieran tanta pasión por una música originaria de un lugar tan lejano al de ellos.


Después de graduarse como bachiller del Colegio Mayor Distrital, entra a la Universidad Libre y se convierte en administrador bancario, profesión que ejerció por más de 40 años, experiencia que lo llevó a gerenciar varias sucursales del Banco Popular en Bogotá, y de la que salió pensionado hace más de una década.

Este "cachaco" con corazón costeño, como le decimos los nacidos en el Caribe a los del interior del país, en el año 1966 se integra a la agrupación Acuarios, un combo de amigos y amantes del folclor vallenato, con la que empieza a tener una época exitosa sobre todo en la década de los años setenta y ochenta, participando en muchos programas de radio y televisión con su conjunto de planta. Las grabaciones no se hicieron esperar y se convierte en el primer "cachaco" que graba vallenato clásico, respaldado por sellos discográficos como: Philips, Discos Regis, Divensa, FM y Discos CR. Con los que sin duda hizo un aporte significativo a la divulgación y popularización de la música vallenata en la capital colombiana.


Es un artista polifacético, quien, además de ejecutar con calidad el acordeón, también lo hace con la guitarra, bajo, guacharaca, caja, tumbadora, canta y compone, lo que lo convierte en un músico completo, de ahí que sea llamado por el folclorista, investigador y escritor, Antonio Daza Orozco como "El Juglar cundiboyacense". 

Entre sus composiciones se destacan un merengue en tonalidad menor dedicado a Monterrey y a Guadalupe, titulado 'Compensación cultural', tema ganador de la canción inédita en el Festival Vallenato Internacional de México, en el año 2019, paseo 'De los corrales al cielo" segundo lugar en el Festival Vallenato de USA 2019, 'La Puya de Alejo' en tonalidad menor semifinalista en el Festival de La Leyenda Vallenata en Valledupar, grabada por el Rey Vallenato Fredy Sierra, al igual que el merengue 'Los Sahaguneros'. 'Aporte cachaco', 'Pasión y mimos', 'Catalina linda', grabados en su voz y acordeón.

También ha colaborado con su acordeón en grabaciones de Los Hermanos Ramírez y Alejandro Merlano. Es un fiel admirador de los grandes juglares que han escrito con tinta indeleble la historia de la música vallenata: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Calixto Ochoa, Juancho Polo, Francisco "Pacho" Rada, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Emiliano Zuleta, Alfredo Gutiérrez y muchos más que son parte de ese abanico musical que le dieron grandeza a este folclor  de origen provinciano, pero encontró en Nicolás Elías "Colacho" Mendoza, el primer  Rey de Reyes, ese referente al que siguió y le aprendió y que  luego se convertiría en uno de sus amigos más cercanos, lo que lo lleva a decir que es un "Colachista" de tiempo completo, un maestro que con la calidad de su nota y el estilo musical que lo caracterizó dejo una estela de clásicos y éxitos que hoy en día siguen siendo parte fundamental de la cultura musical de Colombia, la palabra "Leyenda" en ocasiones  suele resultar ser una hipérbole, en este caso se ajusta bien a la hora de hablar del acordeonista Nicolás Elías, este maestro fue un alumno aventajado del gran Luis Enrique Martínez, y luego se convirtió en el modelo, el ícono y el símbolo de las nuevas figuras, un hombre que le enseñó a muchos, pero al mismo tiempo aprendió de todos, y es por esto que para Cortés Marroquín se convirtió en un ícono y apoyo para su carrera artística.

El amor incondicional por la música vallenata de Alfonso Cortés va mucho más allá de lo meramente musical y se ha convertido en un gestor cultural y embajador de esta expresión musical en Bogotá: un investigador y escritor, autor del libro "El Vallenato en Bogotá su redención y popularidad" donde plasma más de cinco décadas de vivencias, experiencias. Un libro donde en cada letra y cada fotografía podemos percibir el amor que siente por el vallenato, datos, información y conocimientos que los sorprenderán, porque muchos pensarán que fue escrito por un autor de la región vallenata y no por un hombre que nació en una tierra distante a esa.

La vida de Poncho gira alrededor de su música vallenata, "Su" porque ya es de él, actualmente es el presidente de la fundación PROVALLENATO y Director del museo vallenato en Bogotá, director de la agrupación Los Juglares Urbanos, Presidente del Festival Vallenato de Silvania - Cundinamarca.

Este pionero de la música vallenata en Bogotá y el interior del país, cantautor e intérprete del acordeón, ha estado presente en el inicio de varios intérpretes de la música vallenata, tales como Silvio Brito, Jairo Serrano, Ismael Zuleta, Jorge Nain Ruiz y Jimmy Vence. Fue Rey de la categoría profesional del Festival del Acordeón en Sibaté, Cundinamarca, en el año 1980, también ha trabajado al lado de vocalistas y músicos como Esteban Salas, Robinson Damián, Pablo López, Ricardo Cárdenas, Pedro García, e incluso el artista internacional Galy Galiano a quien acompañó en más de una oportunidad tocando el bajo.

Por su amplio conocimiento sobre la música vallenata es invitado constantemente en calidad de jurado, panelista, conferencista y comentarista en muchísimos festivales de folclor vallenato, a lo largo y ancho del país y fuera de él, tales como Valledupar, Villanueva, Sahagún, Arjona, Chinú, Bogotá, Manaure, La Loma, Nobsa, Neiva Madrid, Miami Florida, Monterrey México, entre otros.

El último sábado de cada mes se realiza la auténtica parranda vallenata, en la Casa Museo PROVALLENATO, que dirige el maestro Cortés Marroquín, un lugar que se convirtió en el "Templo del vallenato en Bogotá" en donde al son del acordeón, caja, guacharaca, cantos, cuentos y anécdotas y la melodía de una canción, es una válvula de escape que nos ayuda a expresar lo que sentimos e incluso, nos empuja a parafrasear lo que guardamos dentro en  compañía de amigos y amantes del buen vallenato que disfruta de este divertimento cultural.

Hablar de Alfonso "Poncho" Cortés Marroquín: el juglar del altiplano cundiboyacense, es hablar de un maestro que no le puso límites a su gusto musical y nos demostró que para amar, querer y valorar la música no existen regionalismos, porque encontró en el vallenato, el eco de sus alegrías, penas, sueños y esperanzas, y le deja un legado a las nuevas generaciones; abrió un camino y les enseñó que sentir amor por la música vallenata es dejar que los sentimientos bailen al ritmo de cada melodía que brota de su acordeón, quien se convirtió en su amigo inseparable.


sábado, 28 de diciembre de 2024

EMILIANO ZULETA: 80 AÑOS DE PURO SENTIMIENTO VALLENATO

Hace ocho décadas nació ‘El gago de oro’, quien patentó su estilo y se inspiró produciendo cantos llenos de realidades.

Por:  Juan Rincon Vanegas

“No te olvidaré te lo juro yo, te veneraré lo mismo que a Dios, y una estatua yo te levantaré, allá en la plaza del Cacique Upar. Pa’ que todo aquel que suela pasar levante la frente y te pueda ver. Y un letrero grande te escribiré, tú eres la gloria de Valledupar”. Precisamente estando en el lugar donde nació el Festival de la Leyenda Vallenata en el año 1968, Emiliano Alcides Zuleta Díaz, autor de la canción ‘Mi acordeón’, hizo una confesión.

“En el año 1985 gané con ‘Mi acordeón’ el concurso de la canción vallenata inédita del Festival de la Leyenda Vallenata. Después, la grabé con mi hermano Poncho Zuleta y así se tituló el disco. Han pasado 39 años que prometí hacerle un monumento a ese instrumento sagrado. He tocado puertas y nada, entonces haré el esfuerzo de hacérselo y ubicarlo en la plaza Alfonso López”.

Así comenzó a hablar el único colombiano al que la fábrica Hohner de Alemania en el año 2014, registró un acordeón tres coronas con su nombre, indicando que por más de 60 años se dedicó a exaltar el folclor vallenato. “Todo con mi acordeón a los que le añadí muchas canciones”.

Este hijo de Emiliano Antonio Zuleta Baquero y Pureza del Carmen Díaz Daza, nacido en Villanueva, La Guajira, hace 80 años, exactamente el jueves 28 de diciembre de 1944, día de los santos inocentes, juntó los más grandes méritos para que después de su retiro, el 21 de diciembre de 2019, su nombre y apellido figuren en la historia de la música vallenata.

En la etapa de las añoranzas continuó citando de memoria aquel viernes 10 de diciembre de 1982 en Estocolmo, Suecia, cuando estuvo acompañando a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura. “Aquellos instantes son inolvidables y más que en ese escenario sonó por primera vez un acordeón”.

Enseguida cantó. “El acordeón tiene una sonrisa, y una elegancia muy especial, es como una muchacha bonita, de esas que tiene Valledupar”. No contento con ese verso llevó su inspiración a tocar las notas del sentimiento demasiado cercano al amor de una madre, parecido al agua pura en medio del desierto. “No desmayaré nunca en mi intención, siempre trataré de quererte más. Eres orgullo de mi folclor, y como un besito de mi mamá, y que Dios me dé la satisfacción de irme contigo hasta la eternidad”.

En aquel instante encajó en su pensamiento la historia de su célebre canción, citando el verso que más le gusta. “Mi acordeón ha sido mi vida, mi acordeón ha sido mi alma, si tú me diste esta fama, espero que Dios te bendiga”.

Las notas del acordeón de Emilianito desde siempre se hicieron sentir iniciando el periplo de grabaciones en el año 1964, gracias al apoyo de Alfredo Gutiérrez, quien hizo los contactos con la disquera Codiscos. Esa vez grabó con su acordeón y su voz un disco de 45 revoluciones donde aparecieron las canciones ‘La herencia’ de su autoría y ‘Ave peregrina’ de Raúl Garrido.

Después vino la etapa con su hermano Tomás Alfonso ‘Poncho’ Zuleta, iniciando en el año 1971 con la producción musical ‘Mis preferidas’, hasta llegar a dejar un amplio catálogo de canciones de corte costumbrista, premios y homenajes, especialmente el recibido en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2016.

En el listado de voces que han acompañado a Emilianito con las notas de su acordeón también figuran. Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Fabián Corrales, Silvestre Dangond, Juan Piña, Joe Arroyo, Diomedes Díaz, Ivo Díaz, Rafael Manjarréz, Andrés Ariza Villazón, Liliana Geney, Lucy Vidal, Rosendo Romero, Toba Zuleta y Leandro Díaz. También en la producción musical ‘El juglar de los montes de María, (2015) donde participaron Adolfo Pacheco Anillo, Iván Villazón y Silvio Brito.

Desde siempre Emilianito Zuleta llevó el acordeón incrustado en su corazón el que premió con bellas notas y hasta le regaló aquella canción donde lo pinta con las notas completas. “Desde cuando vine a este mundo tengo amores con mi acordeón”. Más preciso no lo pudo expresar.

Leyenda viva

Desde muy niño Emiliano Zuleta Díaz, aprendió a tocar el acordeón a escondidas de su mamá, quien quiso que fuera un profesional, un policía o un soldado, pero el folclor vallenato puso la nota más alta.

Entre las anécdotas de su inquietud por el acordeón aparece una cuando escuchó en Radio Guatapurí que estaban haciendo el programa ‘Buscando estrellas’. Emiliano, no lo pensó dos veces y se inscribió. Extraño le resultó a su mamá Carmen Díaz, escuchar en la emisora que un tal Emiliano Zuleta, iba a presentarse en el programa.El día del concurso ella estuvo atenta, y cuando dieron el nombre del ganador reaccionó. El locutor dijo. “Ganador Emiliano Zuleta Díaz, hijo de Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Díaz”. Ella muy acongojada le imploró al cielo que eso no fuera cierto y responsabilizó al marido por haberla enamorado y llevado al altar. Nada pudo hacer porque el romance de su hijo con el acordeón apenas comenzaba.

Emilianito convenció a sus padres que lo dejaran ser acordeonero a la par con sus estudios, porque les iba a demostrar que sí podía. Lo logró siendo el mejor bachiller del Colegio Nacional Loperena, agrónomo, economista y excelente acordeonero.

Lo que nunca pasó por la mente de Emiliano Zuleta Díaz, fue que aquel acordeón que patentó Cyrill Demian en Viena, Austria, el miércoles seis de mayo de 1829, y que llegó muchos años después a estos lares costeños, iba a ser parte de su existencia.

Las palabras se agotaron y era preciso escuchar la voz de Poncho Zuleta. “Quién tenga un hermano como yo, se encuentra contento en esta vida, y fue Carmen Díaz quien lo parió, dichosa mamá Dios te bendiga”. Y continuó cantando. “Que viva mi acordeón tan bonito que tantos recuerdos me dejó, principalmente de mi hermanito que tanto tiempo me acompañó”.

Sonreído se quedó Emiliano Zuleta Díaz, el maestro de los pitos y los bajos que se fusionan para producir un estilo único y melodioso. Además, el autor de canciones que hacen añorar esos tiempos de la nota linda, la voz sentida y las ganas de llorar.


lunes, 18 de noviembre de 2024

ROSENDO ROMERO OSPINO: EL POETA DEL CAMINO

 


Por: Ángel Massiris Cabeza

Nota: Este artículo incluye avances de la investigación actualmente en curso titulada “geopoesía y lírica romántica en la obra de Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino” cuyo libro está en las librerías en todo el país .

“…Pienso que no en vano perdí las mejores tardes de mis vacaciones estudiantiles, cantando sobre las piedras y los barrancos del río…escogí los caminos de la sierra para cantar todo lo que se me ocurría, desde el río Los quemaos hasta las piedras blancas; cruzaba los matarratones y los aguacatales de Bivia hasta el Cerro e’ Nayo, improvisando versos con todo lo que veía entre la yaragua y el nido, sobre el guamo y los naranjos, entre la mora y la pirula, el ajenjo y el capacho. Allá en esos lugares enterré en el tronco de los pomarrosos mis primeras melodías envueltas en aromas serranas. Es claro que en mí nunca morirán las alturas de la cordillera, palpitarán en mi pecho como símbolo de amor, ternura y paz; porque así he querido a mi región, porque así quiero a mi música, porque así quiero a mi gente. Mis canciones siempre están llenas de lugares… son un racimo de sueños y vivencias arrancadas a una buena realidad de mi existencia. El sentimiento vallenato a la luz del alma…” (Extracto de la reflexión introspectiva del poeta Rosendo Romero publicada en el año 1981 en la portada trasera del LP Rosendo Interpreta a Rosendo).

Introducción

Rosendo Romero Ospino es un autor, compositor, cantante, acordeonista y productor de música vallenata del Caribe colombiano, nacido en Villanueva (La Guajira, Colombia) el 14 de junio de 1953, en el hogar conformado por Ana Antonia Ospino (La Nuñe) y Escolástico Romero Villarreal. Su infancia y adolescencia se desarrolló en un movimiento constante entre su Barrio El Cafetal de su natal Villanueva y la Serranía del Perijá donde desarrollaba labores agrícolas en apoyo a sus padres. Fue en su andar por los caminos reales y senderos de la sierra, donde se forjó la inspiración de gran parte de su poemario lírico romántico, que hoy se acerca a las 220 canciones. Puede afirmarse, parafraseando al poeta Antonio Machado, que Rosendo Romero Ospino ha hecho poesía al andar. Esto se desprende del extracto de la reflexión introspectiva hecha por el poeta Romero en el año 1981, con la que se inicia este artículo, en la que textualmente afirma:” escogí los caminos de la sierra para cantar todo lo que se me ocurría” y seguidamente hace referencia a lugares y elementos del paisaje que encontraba a su paso, con los que establecía una relación empática de la que surgía su inspiración, asociada a sentimientos amorosos motivados por la mujer de su tierra y por su gente, imbricados con el paisaje, el firmamento, los cuerpos celestes y el movimiento cósmico, en una tríada mujer (amor)-paisaje-cosmos que define la esencia romántica de su lírica poética.

Rosendo Romero en su juventud temprana, haciendo un alto en el camino, cerquita al río, frente a la sierra, escenario en el que creó muchas de sus canciones. Foto: Tomada de la portada trasera del disco de larga duración Rosendo interpreta a Rosendo, 1981.

Las referencias al camino son recurrentes en la poética de Rosendo Romero Ospino. En la investigación que se está realizando se han identificado, hasta ahora, 50 canciones en las que existen alusiones explícita al camino, en las cuales subyacen recuerdos y vivencias del poeta por los senderos y caminos reales del municipio de Villanueva y la serranía del Perijá. A continuación se muestran cinco ejemplos:

 


En la canción “Imágenes de poesía” el poeta expresa: El guayabo en los caminos florecerá / hermosa será la tarde del cielo azul / tú en medio de todo, siempre perfumada amorosa y tierna / tú la brisa caliente, en un pueblo solo en noches de estrellas.

En la canción “Mi poema” dice: Yo te buscare en la noche, noche transparente / y en la pintura salvaje del camino real / sé que te voy a encontrar esperándome siempre / entonces que me importa el mundo si tu amor vendrá.

En la canción “Frases de amor” el poeta enuncia: Oye mi amor, el poeta de mi tierra / tiene en su voz estrellas y rosas por amores / tiene por alma su pueblo en el camino / sonríe muy sencillo haciendo sus canciones.

En la canción “La marquesina” expresa: No esperaré que el sol se asome allá en el cerro / y aquel laurel me dé su sombra en el camino / No esperaré que el cielo azul se vuelva negro / para poner entre tus manos mi destino.

En la canción “Romancero alegre” dice: Los colores del pasto en verano / tienen la nostalgia de poesía de amor / y el camino se ve allá en la sierra / entre nubes blancas que dicen adiós.

No hay duda que el andar por los caminos de la sierra es un elemento relevante en la naturaleza de la lírica romántica y la geopoesía de Rosendo Romero Ospino, pues como se plantea más adelante, es en el contacto íntimo del poeta con el paisaje en su caminar, donde se han construido los imaginarios y sensibilidades que no solo se reflejan en su lírica sino también en su ser, en su personalidad, una personalidad en la que, como lo describe Ismael Rudas Mieles:

“No hay cabida para el odio, la traición, el engaño, la maldad ni la envidia, porque su condición de hombre bueno, recto, y de costumbres sanas, lo mantienen desprevenido al asomo de toda mala intención, lo que le permite ser un hombre de paz, un buen hijo, buen esposo, buen hermano, buen amigo, incapaz de hablar mal de alguien; porque su corazón de poeta lo mantiene al margen de lo que pueda parecerle un mal ejemplo” (Rudas, 2019).

Consultado el poeta Rosendo sobre la recurrencia de las alusiones al camino en su poética, éste lo asocia con un accidente vivido cuando apenas tenía unos meses de haber nacido, hecho que al parecer quedó grabado en su inconsciente. Cuenta el poeta que su madre, se transportaba a lomo de mula con él en sus brazos, por la parte alta de la montaña, la mula resbaló y su madre en un acto valeroso, reflejo de supervivencia, tuvo la agilidad suficiente para poner el niño en el camino, evitando que rodara con ella y la mula cuesta abajo. Las heridas sufridas por su madre fueron severas, quedando inmovilizada en el fondo del abismo, mientras el bebe lloraba en el camino. Un compadre de su madre que arriaba unos animales se percató del llanto del niño, mientras los animales se detenían, inexplicablemente, para observar al bebé en su incesante pataleo y llanto. El arriero llegó al lugar percatándose de la tragedia e identificando al niño. Observó a su comadre en el fondo del abismo, quien fuertemente herida, adolorida e inmóvil solo alcanzaba a balbucear algunas palabras ante el llamado del compadre. Con el niño en sus brazos el arriero bajó, con sumo cuidado, hasta llegar al lugar donde estaba su comadre y, posteriormente, otros caminantes llegaron para dar auxilio.

La vivencia anterior, ayuda a comprender la fuerte atracción que el camino ha ejercido sobre el poeta Rosendo. Cuenta el poeta que en su trasegar por la sierra veía los caminos como si fueran “heridas de los cerros”, le gustaba ver las curvas de los caminos, su serpentear mientras bajaba de la sierra, lo cual percibía como algo romántico, bello. Caminar hacia la sierra es para el poeta como “caminar hacia la gloria”, algo maravilloso. Su gusto por el andar, lo expresa en la canción “En un rincón del mundo” donde dice que “quisiera ser un hombre veraneante / un emigrante por todo el mundo / y dormirme en el camino / en cualquier parte, mi cansancio de errabundo.

Todos los elementos anteriores nos permiten denominar a Rosendo Romero Ospino como El poeta del camino. Denominación que no riñe con el tradicional apelativo de El poeta de Villanueva, en atención a que este último es la manifestación del cariño y aprecio de los villanueveros por su poeta y el primero se asocia más con la naturaleza de su poética.



Geopoética en la lírica romántica del poeta del camino

La relevancia del andar los caminos de la sierra, cobra mayor sentido en la poética de Rosendo Romero, cuando se interrelaciona con los elementos amorosos, paisajísticos y cósmicos presentes en lo que hemos llamado la tríada Mujer (amor)-paisaje-cosmos que define la esencia de la lírica romántica de su poética, la cual se enmarca en el término geopoesía.

La Geopoesía es un concepto utilizado en investigaciones de frontera, en la que confluyen conocimientos de tipo literario y geográfico-cultural, en la búsqueda de comprensión de los vínculos entre la imaginación poética y el paisaje visto a través de sentimientos y valores plasmados en poemas. En palabras de Kozel (2012) se trata de una “geopoética de los paisajes” que resulta de “mirar, sentir y oír la naturaleza” de la que resultan percepciones a las que el poeta le pone alma, emoción y sentimientos que, en el caso de la música vallenata, se plasman en canciones con un alto sentimiento estético.

En la geopoesía vallenata, los elementos visuales, sonoros, odoríferos y táctiles del paisaje, median entre lo finito (mujer, familia, amigos, folclor, parrandas) y lo infinito (cielo, universo, cosmos), lo cual se plasma en lugares y/o elementos que para el poeta tienen alma: río, sierra, cerro, camino, flores, pájaros, árboles, sol, luna, estrellas, etc.; los cuales le producen diversas percepciones, sensaciones, emociones, sentimientos y significados. Tales hechos ocurren no solo como resultado de la contemplación de las formas visibles del paisaje, sino en conjunto con la percepción de sonidos, colores, olores y movimientos, tanto espaciales como temporales; los cuales activan recuerdos, imágenes y sensibilidades que resultan en versos y estrofas en los que, a través de metáforas, símiles, alegorías, hipérboles y prosopopeyas surgen las canciones; mediante las que el poeta describe sus sentimientos, en gran medida, asociados con vivencias o experiencias amorosas.

La obra poética musical de Rosendo Romero Ospino es una muestra representativa de geopoesía vallenata. Puede afirmarse que a través de los senderos, peñascos, lugares y paisajes percibidos por el poeta Rosendo en su caminar, éste desnuda su alma, sus emociones y sentimientos. Se trata de una conexión empática paisaje-cosmos-mujer-poeta en la que los sonidos naturales (paisaje sonoro) de los ríos, del viento, de los pájaros; las formas del paisaje: montañas, cerros, nevados, cafetales, maizales, naranjales, flores, plantas y arbustos; los movimientos del espacio sideral: día, noche, aurora, alborada, amanecer, atardecer, arrebol, estaciones, nubes y lluvia; el firmamento y los cuerpos celestes: sol, luna, estrellas y las emociones producidas por los ojos, la boca, los labios, la piel, el cabello, la sonrisa, la mirada, el rostro, los besos y la belleza de una mujer; se transforman en líricas canciones románticas.

La geopoesía de Rosendo Romero Ospino es una expresión de lo que el geógrafo francés Eric Dardel denomina “geograficidad”, para referirse a la relación existencial entre el ser humano y la tierra donde se desarrolla su vida, es decir la relación entre el mundo material externo y el mundo interno del poeta (Lindon, 2016: 359). Es en el marco de la aprehensión subjetiva de ese mundo: mujer (amor)-paisaje-cosmos que, como ya se ha dicho antes, ha surgido la inspiración del poeta del camino. Dicha aprehensión manifiesta, además, el “sentido del lugar” expresado en los significados del paisaje (camino, río, cerro, montaña, mujer, amigos, pueblo) construidos a través de su vida social, en relación con su tierra, los cuales guarda en su memoria y expresa en sus canciones. Los significados manifiestan, a su vez, el “espacio vivido” del poeta, en cuanto espacio cargado de valores, sentidos e identidad, a partir del cual se produce su territorialidad. Se trata, entonces, de una geopoesía territorializada, en la medida que surge en el marco de las relaciones del poeta con su entorno, en término identitarios, bajo unas condiciones sociales y culturales determinadas, espacialmente localizadas, de las que derivan sus emociones y sentimientos.



La territorialización identitaria de la geopoética de Rosendo Romero es evidente en muchas de sus canciones, como por ejemplo en la canción “Romancero Alegre”, en la cual los sentimientos por su pueblo Villanueva se entremezclan con sus emociones y coloquios amorosos, como se observa en los siguientes versos: “Cuando aquellos viejos callejones de mi pueblo eran pedregales / mis poemas brotaron del pecho, cual los pajarillos de los arrozales / hubo un tiempo en que guardé silencio y guardé mi canto en lo profundo de mi alma / pero el destello de unos ojos bellos me arrancaron notas y nuevas palabras.

Siguiendo al geógrafo francés Guy di Meo, la territorialidad identitaria de la geopoesía de Rosendo Romero es triescalar, en la medida en que involucra tres escalas espaciales interrelacionadas: el espacio personal, el espacio-lugar y el espacio-universo. En el espacio personal ocurren las vivencias amorosas y experiencias familiares, de amistad, parrandas, etc. En el espacio-lugar se da la conexión de estas vivencias con el paisaje y en el espacio-universo se da la conexión emocional con los astros y los movimientos siderales que ocurren en el cosmos y se proyectan en la tierra. A estos referentes mentales multiescalares remiten las emociones, sentimientos e imaginario del poeta (Lindon, 2016:384).

La geopoesía de la lírica romántica de Rosendo Romero se ha detectado en casi cien canciones de su poemario musicalizado. Canciones tales como Villanuevera, Frases de amor, La marquesina, Negra, La gran fiesta y Mi poema son un ejemplo.

En la canción Villanuevera la geopoética es evidente en la estrofa siguiente: Mujer que naciste en mi pueblo / cerquita al río frente a la sierra / por ti que el mar se ve en su cielo / sobre tu sombra, villanuevera.

En la canción Frases de amor esta geopesía se observa en versos tales como los siguientes: Oye mi amor, el cantante de mi tierra / tiene por voz el río, y por alma la sabana / y son sus versos, estrellas y rocío / por sombrero tiene el cielo y por techo la montaña /. Por eso cuando canta emociona / parece un ruiseñor de mañana…/ En los picos de las montañas / cuando el sol ya está declinando / se ven formas entre las nubes / que tienen figuras extrañas / y se pintan con arrebol /. Se ven formas de unos gigantes / un sombrero y un caminante / y de pronto se ven las formas / de dos novios dándose un beso en la tarde muriendo el sol /. Si no se pinta tu risa, yo lo haré / con pureza en la nevada, tu mi amor / si la borra la noche, volveré / a hacerla con la aurora de un nuevo sol. (Ver al final el artículo letra completa y audio de esta canción)

En la canción La marquesina aparece en versos como estos: No esperaré que llegue el frío de la nevada no esperaré que los ciruelos se deshojen / no esperaré que se humedezca la sabana  para poner entre tus manos mis canciones… Bañado con agua y estrellas vi tus ojos / llorando aquel día mi vieja canción.

 En la canción Negra la geopoesía es abundante, un ejemplo son estas dos estrofas: Yo te vi que pasabas repartiendo azucenas con tu sonrisa blanca yo te vi que robabas  un poema a la lluvia  con tu hermosa mirada. Yo sé que tienes un alma de cielo  de nieve blanca, nieve celestial  Tu corazón es un pájaro al vuelo  que entre la gente se quiere anidar.

En la canción La gran fiesta es evidente en los siguientes versos: Desde la sierra viene bajando un aguacero se oculta el sol  viene cubriendo todo el paisaje cual manto blanco, blanco algodón  desde mi barrio en Villanueva diviso el rayo y escucho el trueno  sopla la brisa con viento fuerte llega la lluvia el tiempo es mejor  renacen mis alegrías contemplando los paisajes  que son de la tierra mía, y siempre van a inspirarme.



Finalmente, en la canción Mi poema la geopoesía se observa en versos como estos: Esa mirada profunda y misteriosa es / como los claros de luna entre sombras de almendro / se encanta como un manantial entre juncos y helechos / romántica como la lluvia de un atardecer.

El análisis de la geopoesía de Rosendo Romero Ospino se comprende más al complementarse con aspectos semiológicos, referidos a la semiosis del texto poético, mediante la cual las unidades lingüísticas o palabras que conforman dicho texto, tienen un determinado significado para el poeta, el cual determina el sentido del mensaje.

Cada palabra o signo utilizado en el texto poético tiene un significante o soporte material o inmaterial y un significado o representación mental. Cuando el geopoeta expresa en la canción Despedida de verano que le queda “un sabor a sol” con la ausencia de su amada, está utilizando tres signos clave: sabor, sol y ausencia, cada uno de los cuales tiene un significante y un significado. El significante de sol es el de la estrella distante que irradia su luz sobre el planeta incidiendo en el clima (calor, frío, humedad, vientos, lluvia, etc.), el significante de sabor es la sensación percibida por el Yo poético y el de ausencia es el de la persona que se alejó. El significado lo da la articulación de los tres significantes, de lo que resultará una representación figurada mediante la cual el poeta expresa metafóricamente una sensación quemante, no placentera; solo comprensible en un contexto geográfico y vivencial como el de la zona ecuatorial de la tierra, donde se ubica el Caribe colombiano; en el que la perpendicularidad de los rayos del sol genera unas condiciones climáticas de muy alta temperatura del aire que produce un calor percibido como canicular o sofocante.

Pero no solo se deben considerar los aspectos ambientales y físicos del paisaje y del cosmos en la construcción de la imaginación poética, pues esto llevaría a una visión próxima al determinismo geográfico; también es necesario tomar en cuenta el contexto socioeconómico y cultural, como elemento decisivo en la construcción del sentido del mensaje poético. En esta dirección tiene un alto valor la experiencia de vida del poeta caminante en su tierra natal, bajo unas condiciones socioeconómicas y culturales que son referentes en sus textos poéticos  

martes, 19 de septiembre de 2023

"LOSCANTOS DE HERNANDO MARÍN SIGUEN PEGADOS EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO"


Por: Juan Rincón Vanegas

El cantante del pueblo nació un domingo de 1946, exactamente el 1ero de septiembre de ese año agitado por los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Vino al mundo en el corregimiento de El Tablazo, jurisdicción del municipio de San Juan del Cesar, departamento de La Guajira, donde sin ningún tipo de influencia desarrolló su particular habilidad de compositor y cantautor provinciano…

Podemos decir, sin riesgo a equivocarnos, que su legado atraviesa transversalmente a nuestro folclor, las composiciones de Marín Lacouture han adoptado diferentes intérpretes, de manera que podemos decir que el vallenato se sustenta en gran parte en la herencia que Nando Marín construyó paso a paso, entre su natal Guajira y su viejo Valledupar.

Es considerado por muchos compositores y críticos como el más importante compositor de la llamada “canción romántica guajira” y de lo que se conoce como el “romanticismo vallenato”.

Gozamos de Nando Marín gracias a aquel personaje guajiro, alcahueta de muchas parrandas decisivas en la historia del vallenato, José Parodi, quien en su famoso Kiosco Parrandero, en la mágica guajira, permitió algunos de los más excelsos momentos del folclor.

Entonces el sanjuanero José Parodi (Joseíto) fue quién lo descubrió en el Tablazo y lo llevó a concursar al Festival del Fique en La Junta-La Guajira en el año de 1974, ganando el concurso de la canción inédita con el tema “Vallenato y Guajiro”. Desde allí se inició una rutilante carrera que lo llevó al sitial de los más grandes autores vallenatos de todos los tiempos.

Hernando Marín ante todo fue un cantor comprometido, humilde, de gran carisma y capacidad retórica; los que lo conocieron de cerca afirman que tenía gran habilidad para expresarse, le fluía el verbo en sus canciones… Constatan allegados que podía escribir una canción en un dosportrés; era un fenómeno provinciano, un intelectual popular salido de las entrañas del campo colombiano. Desde joven aprendió a sortear la agreste vida en el campo, lo cual le dio carácter y perseverancia.

El carisma y la actitud parrandera de Marín Lacouture le permitieron ser un personaje codiciado por mujeres y hombres también. La gente quería estar con él, parrandear con él, beber con él; era una especie de personaje imprescindible para sus amigos. Marín se caracterizó y como un excelente parrandero y amigo de los grandes que tuvo la música del acordeón, como haciendo apología al maestro Rafael Escalona, porque Nando era amigo de sus amigos.

Hernando José Marín Lacouture se pintó de cuerpo entero llegándole enseguida la inspiración para hacerle canciones a su querida Guajira con aristas en distintos pueblos, a las desigualdades en su comarca las graficó de manera directa, a las mujeres las pechichó en su noble corazón y siempre soñó ver juntas a una mujer blanca con una negra.


En cierta ocasión se dio a la tarea de mirarse por dentro y al llevar esa experiencia a su pensamiento, después de moldearla con su guitarra escribió:


“Este es el verso que motiva el sentimiento de un hombre que se ha entregado sin medida. Yo descubrí en el polen de una flor la huella que dejó un suspiro enamorado.
Yo descubrí en el espacio de Dios la primera canción de mi pueblo olvidado.
Ese soy yo el que hace una canción cuando está enamorado.
Ese soy yo al que le sobra valor para cantar llorando”.

La inspiración en aquel glorioso instante no hizo pausa en el cerebro del compositor y continuó. “En mi no existe la traición ni el desengaño, porque soy una canción en hora buena. Y mi poema reflejo de luna llena, es la imagen clara de un retrato hablado porque soy hecho con un pedazo de verso. Yo nací de un primer beso porque soy el mayor de mis hermanos”.

En el álbum de sus canciones quedó una pegada al alma de Valledupar, esa tierra donde vivió muchos años, y alcanzó el más sonoro triunfo en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 1992.

En la extraordinaria canción ‘Valledupar del alma’, esbozó todo el significado del folclor vallenato, y sobre la tierra donde echó raíces hasta florecer en el pentagrama mundial.

Cancioneros del Valle que alegran las tardes con ardientes sones, hoy les pido que canten para que relaten sus inspiraciones. Vengan cancioneros de mi pueblo con la música que llena de alegría los corazones. Vamos a poner en cada coro una nota del tesoro que tienen los acordeones. Vamos a llevar en cada canto un mensaje de felicidad, para que mi pueblo vallenato sea el espejo donde el mundo hoy se tenga que mirar.

En la segunda estrofa invitó a todos para que vinieran a Valledupar, la tierra de los más bellos abriles, de los cañaguates, los acordeones, los mitos, las leyendas, la poesía en su mayor exquisitez y donde se trabaja cantando.

Hernando Marín era de cuna humilde, trabajador del campo y conocía de cerca todos los esfuerzos que se hacían para salir adelante. Por eso entre sus cantos tuvieron lugar los episodios que encontraba a la vera del camino.

Es así como en el año 1990 el trovador del pueblo, pidió que el mundo fuera más pequeño, estuviera cerquita del cielo y se pudiera cambiar la guerra por paz y amor.

Diomedes Díaz y Juancho Rois hicieron eco de su clamor de paz y ese mismo año le grabaron la canción ‘Canta conmigo’ que marcó la pauta porque se encendía la llama de la esperanza y el reconcilio entre los colombianos.


La canción "Canta conmigo" tuvo tanta influencia en la vida del compositor que solicitó ser interpretada cuando se le agotaran sus días en la tierra, hecho que sucedió el cinco de septiembre de 1999, y a través de esa obra volver a invitar al pueblo a cantar y untarse de paz. Se cumplió su voluntad porque en su sepelio la letra de la canción fue repartida en la plaza Alfonso López de Valledupar y todos la entonaron:


“Canta conmigo mi pueblo y el viejo Valledupar.

Canta que tu canto es como la luz del cielo,

canta porque tú naciste para cantar”.



A Nando Marín, como lo llamaban sus más allegados, pocas veces el hilo conductor de la inspiración lo sacó de su amado territorio y pudo cantar infinidad de canciones.

 Ese mismo que embarcado en el tren de sus realidades poéticas y sinceras declaró: “La espada para mi lucha es mi corazón alegre, y mi caballo guerrero la letra de mis canciones. El himno de mi victoria es un conjunto de acordeones y voy llevando mi bandera aquí en mi tierra y fuera de ella, porque soy invencible”.

Las canciones de Hernando Marín siguen pegadas en el corazón del pueblo, porque tuvo la virtud de andar con paso firme por sus facetas de hombre romántico, crítico, costumbrista y picaresco. Además, dejó la mayor constancia en una de sus frases célebres: “Más vale llegar a ser, que el haber nacido siendo”.

El mismo Hernando José Marín Lacouture se autodenominó el “cantante del pueblo” en su famosísima canción La ley del embudo (canción que traspasó fronteras, se convirtió en el himno de los más desvalidos y hasta del M19), que habla sobre los problemas sociales acuciantes y la desigualdad existente entre los más ricos y los más pobres; los primeros, con lo “ancho pa’ ellos” y, los segundos, con “lo angosto”.

El repertorio que nos dejó es inmenso. Todas esas canciones han sido interpretadas, como se dijo, por los más variados cantantes del vallenato: el legado de Marín permea todo el género, con canciones en distintos ritmos, de manera contundente. Quizás hayan escuchado un buen vallenato y lo tengan grabado en su cabeza, y lo más probable, es que sea composición de Hernando Marín.


lunes, 13 de marzo de 2023

"YO, EL PORRO, UN SENTIMIENTO EN EL CORAZÓN DEL CARIBE COLOMBIANO".

 

TOMADO DEL LIBRO DIGITA: "Las bandas musicales de viento, origen, preservación y evolución". De la Corporación Universitaria del Caribe – CECAR y COLCIENCIAS.


El porro es una melodía o aire musical de la Costa Caribe, que identifica el folclor musical de la sabana en compañía del fandango y la cumbia.

Una de las teorías existentes sostiene que el porro nació en la época precolombina, a partir de los grupos gaiteros de origen indígena, luego enriquecido por la rítmica africana. Más tarde evoluciona al ser asimilado por las bandas de viento de carácter militar, que introdujeron los instrumentos de metal-viento europeos (trompeta, clarinete, trombón, bombardino y tuba), que son las que hoy se utilizan.

El Porro es hijo de la Cumbia, ambos preponderantes en el folclor de la costa caribe colombiana. En él se observan los elementos básicos de la fusión cultural triétnica, con preeminencia del factor africano. Sus ejes son las ciudades como Cartagena, Montería, Santa Marta, Barranquilla y Sincelejo, como nos lo resaltan los investigadores Guillermo Abadía y Antonio Brugés: “El porro nos muestra una realización del pueblo que ha encontrado camino que sabe lleno de  venturosas impresiones, con cierta equidistancia entre el merengue y la cumbia”. 

El porro es nacido y desarrollado en Colombia, principalmente en la región Caribe (departamentos de Córdoba, Sucre, Bolívar y Atlántico), y luego extendido a otros confines. Es un ritmo muy alegre y fiestero propicio para el baile en parejas.

El porro ha tenido espectacular acogida en su expresión de canto, música y baile, en todos los sectores sociales, por toda Colombia y hasta en cercanos y lejanos países, como en Francia, donde se han popularizado sus orquestas para retretas dominicales. Muchas agrupaciones tipo jazz band con trompetas, trombones,  saxos, contrabajo, batería y percusión antillana, han reemplazado a los conjuntos típicos tradicionales.

Mi ritmo y melodía empezaron a entremezclarse desde la época de la colonización española. Surjo de la unión entre las gaitas indígenas, los tambores africanos y los instrumentos de viento europeos. Nazco del mismo tronco de la cumbia, soy primo del vallenato y del bullerengue. El aborigen me dio la riqueza melódica de las gaitas; el esclavo me trajo el tambor con su sincopada tradición rítmica, que en el baile incita al desbaratamiento del cuerpo, y el colonizador me añadió el sistema tonal. 

Soy un híbrido, llevo un cruce de sangres que me dan un carácter heterogéneo; represento razas distintas en cultura y colores, lo que me hace mestizo; y exhibo con hidalguía y señorío los elementos tradicionales que me componen.

Las trompetas son mi voz, ellas me echan a la plaza, a la fiesta de mi pueblo, me pronuncian con fuerza; los bombardinos le dan forma a mi estilo armónico, me dan elegancia, me adornan y me tornan orgulloso ante las mujeres, con el aire de macho manda a callar que me imprimen; los clarinetes me dan la sabrosura, los gestos coquetos de mi andar; la percusión, el bombo, los platillos y el redoblante me dan ritmo y les recuerdan a todos que soy caribe. 

Quienes me interpretan o me bailan, emiten sobre mis melodías un grito que es propio de mi esencia al que llaman guapirreo. Es una vehemente manifestación de sentimientos. Es como ajustar de un golpe la tapa a la botella en donde se guarda la felicidad. Es decir sin palabras frases como: “Sírvase el trago, compadre, y celebremos la amistad”.

Cuando el hombre toma impulso para gritarlo, se traga su entorno y su historia. Cuando lo suelta explota en emoción, y cuando acaba, surge, derramando, una ebullición de sentires.

Guillermo Valencia Salgado, dice que mi principal fuente creativa se encuentra en elementos rítmicos de origen africano, principalmente de antiguas tonadas del pueblo Yoruba, que en el Sinú y en el San Jorge dieron lugar al surgimiento del “baile cantado”. Por informaciones de tradición oral recogidas por este irremplazable estudioso del folclor, se supo que el porro también se tocó sólo con tambores y acompañamiento de palmas y cantado. Lo mismo que con gaitas y pito atravesado.

La pretensión de darle un lugar único de nacimiento en la costa caribe colombiana, no ha logrado siquiera un mínimo consenso, y quizás nunca se logre.

Según el escritor y cineasta Juan Ensuncho Bárcena, el porro es oriundo de San Marcos del Carate, otros dicen que nació en Ciénaga de Oro, alguien sostiene que es oriundo del Magdalena, también se dice que nació en el Carmen de Bolívar y de allí migró hacia otras poblaciones de la sabana, hasta llegar al Sinú. También reclaman derechos de paternidad sobre el porro: Corozal en el departamento de Sucre, Momil y San Antero en Córdoba. 

Estas hipótesis hacen referencia al porro sabanero o “tapao” ya que del “palitiáo” se acepta comúnmente que su nacimiento se dio en San Pelayo y para que no haya dudas, se ofrecen lujo de detalles, como los que aporta Orlando Fals Borda: «El porro nació en 1902, en la plaza principal del pueblo, detrás de la iglesia y debajo de un palo de totumo».

En cuanto al origen de la expresión PORRO se conocen dos hipótesis principales: la de que proviene del porro, manduco o percutor con que se golpea al tambor o bombo y su acción o porrazo, Valencia Salgado sostiene que es derivada de un tamborcito llamado porro o porrito con que este se ejecutaba.

Antiguamente era una danza suelta, que ha evolucionado hacia el baile de salón, de pareja tomadas de la mano. En ella no existe coreografía definida, se repiten movimientos circulares con asedio de los hombres a las mujeres, de acuerdo con las oportunidades que cada pareja encuentra.

Fue orquestada y convertida en ritmo popular en la costa norte y al interior del país, sobretodo en Medellín, donde la gente de barriada le dió un estilo propio, con movimientos corporales altamente influenciados por los ritmos antillanos de la época.

Guillermo Abadía. En su libro “Compendio General del Folclor Colombiano”, dice “el nombre porro” para algunos se deriva de “porrazo” o golpe de porro que se da en la ejecución musical al tambor llamado bombo o tambora; hay variantes de porro como el “palitiáo” llamado también gaita, completamente lento, otro es el “porro tapáo” al que también se le llama puya y que se determina porque en su interpretación jamás deja de sonar el bombo y cada golpe que se va dando con la porra es un parche, se va tapando el parche opuesto con la mano para que no vibre más y a esta presión de la mano se le llama regionalmente “tapáo”.

Octavio Marulanda en “Folclor y cultura general”, agrega que según Delia Zapata Olivella, el nombre procede de la costumbre de porrear o de bailar en torno a los tambores llamados porros y afirma además, que musicalmente presenta el mismo acento africano de compás binario y su acompañamiento en la forma primitiva, es igual al de la cumbia, aunque cobra más acentos expresivos con evidentes búsquedas melódicas para dar paso al canto.

El porro en Medellín tuvo un auge grandísimo en los barrios de Enciso, Caicedo, Buenos Aires, La Milagrosa y muchos más del oriente de Medellín. Estos crearon una forma singular de bailar, hoy en día se ha retomado bajo el nombre de porro marcado el cual es de academia.

Compositores famosos lo han orquestado y proyectado a través de la industria disquera nacional, convirtiéndolo en un ritmo muy popular, no solo en la costa norte sino también en el interior del país donde fue aceptado con entusiasmo en la década del 50.

Con la fundación del Festival Nacional del Porro de San Pelayo, en 1977, y el Encuentro Nacional de Bandas de Sincelejo, en 1986, entre otros, que surgieron como los del Carmen de Bolívar, Cartagena, San Marcos, Barrancabermeja y Medellín, se terminó por oficializar su difusión en el país, donde más de una cincuentena de bandas diseminadas en la costa caribe empezaron a competir en tales eventos, entre las que lucieron las de Rabo Largo, Juvenil de Chochó, 19 de Marzo de Laguneta, Nueva Esperanza de Manguelito, de Toluviejo y Superbanda de Colomboy.

Lucho Bermúdez fue uno de los que lo popularizó rápidamente, sobre todo en Medellín, donde tenía su orquesta y a pesar que esta se desenvolvía a nivel de los clubes de la alta sociedad, su música llegó hasta las barriadas por medio del disco, siendo tomado por la gente popular quien le dio un estilo propio; sus movimientos corporales estaban influenciados notoriamente por los ritmos antillanos que denominaban el ambiente de esa época, como resultado de esto quedó lo que hoy algunos llamarían “porro cachaco”.

El primer festival de porro se realizó el 15 de mayo de 1993, en el barrio Santa Rosa de Lima, sector el Coco. Surge como una necesidad de canalizar y recoger las expresiones culturales populares de los barrios de la Comuna 13 de Medellín.

Hoy, el festival de porro se ha convertido en una expresión social, en un medio que aglutina las prácticas creativas y artísticas; lo autóctono y tradicional de la cultura del país. El festival es un espacio para mostrar y confrontar la tendencia expresiva del porro.

Durante 10 años, el festival cultiva, fomenta e impulsa las expresiones folclóricas de la ciudad, el departamento y el país. Por medio de la música y la danza, los artistas han creado y expresado sus valores culturales, aportándole al rescate de lo más auténticos y propio de la cultura de la Sabana Norte de Colombia

En los últimos años, el festival ha mostrado diferentes modalidades del porro, que se practica en los barrios populares de Medellín, son ellos: el porro palitiao o pelayero, el porro tapao y el porro marcado.

Creadores invaluables que han enriquecido el porro a nivel popular, José Barros y Crecencio Salcedo; en especial Crecencio, que no solo aportó su talento, sino que además trato de mantenerlo siempre en su estructura tradicional.

El Porro, género musical por excelencia del Bolívar grande, en su época de mayor auge, fue el ritmo obligado para amenizar las fiestas desde la Guajira hasta el golfo de Urabá. Esto indica que el Porro se dio en toda la Costa Caribe.

El maestro Aquiles Escalante dice «que este aire musical fue cantado por grupos negros a orillas del mar, y que su nombre provenía de un tamborcito llamado «Porrito».

Cuando los tambores africanos reciben el aporte melódico de las gaitas y traveseros, este porro negro evoluciona enriqueciéndose con una dulce y añorante melodía. Este es el porro que interpretan las cumbiambas de Córdoba, Sucre, Bolívar y Magdalena, Pero esta melodía que prestan las gaitas es similar a las formas melódicas que se escuchan en la Cumbia, en el porro y en la Gaita, por su compás binario; solamente varía el ritmo.

Su vivo ritmo de compás binario se interpreta con conjuntos similares al de cumbiamba. Su nombre se deriva de los tambores cilíndricos de una membrana que percutía el esclavo: aporrear con porra o palo y con ritmo constante y contagioso, como lo afirman sus cantos  tradicionales.

El porro presenta características propias tanto en su tiempo, como en sus melodías y estilos vocales e instrumentales. Se basa en el octosílabo, coplas en cuarteta, refiriéndose a acontecimientos recientes, que se desplazan entre lo amoroso y la crónica social, que en un tiempo era colectivo y de mucha libertad coreográfica, y que ahora es una danza de parejas enlazadas en compases estables y armónicos.

El porro cuenta con dos variantes: El porro  palitiao y el porro tapao. En el primero, el bombo, instrumento básico, es percutido con dos palos, donde se realiza una figura rítmica fija, regular sobre el aro, en el momento del estribillo, como si fuera el cencerro. Es un aire más lento. En el porro tapao se percute el bombo sobre uno de sus parches, mientras en otro se va tapando con la palma de la mano para alcanzar matices, evitando la vibración de algunos toques, en un juego tímbrico de mucha destreza, en aire más rápido.

Esta nueva estructura le da al porro una fisonomía distinta que antes no tenía, lo que nos permite decir que estamos en presencia de un nuevo género musical que denominamos Porro Pelayero. Su forma instrumental ha influido en otros ritmos hasta el punto de tenerlo como generador de nuevos aires musicales.

Por eso decimos: el porro pelayero por ser instrumental no debe incluir la letra, pues no es cantado. Su morfología hace relación a cuatro partes muy definidas: danza introductiva, desarrollo del Porro en sí, nexo preparatorio y boza o recitativo de los clarinetes. “Boza” significa bozal, lazo que amarra. Es en esta parte donde el porro pelayero se decanta totalmente. Dicen los pelayeros: “Se amarra el ritmo”.

Se dice que estas partes del porro pelayero expresan nuestra nacionalidad. En la danza introductoria se presentan los bailes cortesanos de la vieja España. La segunda parte responde a las exigencias del bombo, o tambora, instrumento que impone el ritmo africano que lo influye y lo domina. En la tercera parte, cuando los clarinetes dan su recital, la voz tonal de este instrumento nos recuerda el añorante canto de las gaitas indígenas. Es así como entran en nuestro folclor las tres razas que conforman la nacionalidad: el español, el africano y el americano indígena. Otro aire musical colombiano no tiene tan equilibrados los elementos raciales de nuestra cultura, como sí lo tiene el Porro.

El porro es un baile de cortejo, socio afectivo y de seducción en el que el hombre le galantea a la mujer para hacer una nueva amistad, enamorarla o construir nexos que van desde una amistad hasta el vínculo de pareja, como baile es de carácter recreativo, dado que quienes lo ejecutan lo hacen para divertirse y congregarse con otras personas. Su fin está predeterminado por el disfrute y deleite de quienes departen.

Hoy, se baila para pasarla bien, no importando tanto quien sea la pareja; lo principal es que haya empatía y ganas de bailar, como baile social, el porro es un ritmo alegre, y por lo general invita al guapirreo y al corrincho de quienes lo ejecutan, sin caer en el desorden.

Es difícil no gritar un “guepajé” mientras se baila o cuando inicia un porro; esta práctica es propia de los bailes de negros quienes mantienen este tipo de expresiones populares. Por lo regular se suele intercambiar de parejas durante una celebración, dependiendo del tipo de personas y circunstancias que acompañan el evento.