Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado
"La música debe hacer saltar fuego en el corazón del hombre y lágrimas en los ojos de la mujer": Ludwing van Beethoven (compositor y músico alemán).
La relación entre un músico y su instrumento es algo muy íntimo y personal, que los termina convirtiendo en compañeros de viaje por toda la vida. Sólo el artista comprende el vínculo que existe entre él y su instrumento, ellos juntos son un complemento que se encargan de generar música que se transforma en pasión, voz, corazón, alimento espiritual, revelación y lenguaje.
Y es precisamente lo que le ocurrió a Alfonso Cortés Marroquín, en razón a que la relación con su acordeón comenzó desde la infancia en donde la conexión entre ambos fue inmediata; es decir, una simbiosis total que sigue intacta hasta el día de hoy, y que sigue aumentando con el paso de los años.
Este hombre nació el lunes 23 de febrero del año 1948 en Villa de Leyva, un municipio que está ubicado en el departamento de Boyacá en la Cordillera Oriental de Colombia, territorio que hace parte del Altiplano cundiboyacense, sobre el Valle de Zaquencipá, un lugar con muchas historias y bellísimos paisajes, donde el tiempo parece haberse detenido, porque conserva en su arquitectura las muestras más auténticas del pasado colonial. Este pueblo es, sin duda, uno de los más bellos de Colombia y muy famoso por su importancia histórica y por su magnífica plaza que le valieron para ser reconocido como Monumento Nacional en 1945. Además de su arquitectura colonial, Villa de Leyva se caracteriza por sus variados paisajes rurales que van desde la zona de páramo hasta la desértica haciendo un contraste maravilloso, que son el deleite de sus turistas y visitantes. Es un sitio ideal para encontrarse con la historia, la ciencia, el arte, la cultura y la madre naturaleza.
Quién imaginaría que un niño nacido en esa bella y productiva tierra, criado en Bogotá, donde la música Andina, en la que sobresalen: bambuco, carranga, pasillo, torbellino y guabina, se iba a inclinar por una expresión musical nacida a cientos de kilómetros de allí, en el Caribe colombiano: el vallenato, que desde que lo escuchó se metió profundamente, en su alma, vida y corazón, convirtiéndose en parte de su diario vivir.
El amor de "Poncho" Cortés, como es conocido popularmente por la música vallenata, se presentó de una manera un tanto curiosa y fue el hecho de que un pretendiente de su hermana mayor, nacido en el Caribe colombiano quien en la etapa de cortejos y enamoramiento le pone a ella una serenata con acordeón, caja y guacharaca, algo que para la fría capital colombiana no era bien visto en la época porque lo consideraban un bullicio e irrespeto con los vecinos, quienes no estaban acostumbrados a este tipo de sucesos y mucho menos con esa clase de música que en ese momento no tenía aceptación en esta parte del país, pero que no pasó desapercibida para el pequeño "Poncho" que, caso contrario a su hermana, quien se tapó los oídos para no escuchar, fue él quien más se deleitó con la serenata, pero sobre todo con los sonidos que salían de esa caja mágica musical de pitos y bajos que lo enamoraron para siempre.
Es a partir de ese momento cuando este niño inquieto inicia amores con su acordeón, acompañado por sus amigos del barrio Quiroga de Bogotá con quienes tocaba en las esquinas y parques donde se reunían, ante la mirada incrédula de los vecinos que nunca pensaron en que estos jóvenes sintieran tanta pasión por una música originaria de un lugar tan lejano al de ellos.
Después de graduarse como bachiller del Colegio Mayor Distrital, entra a la Universidad Libre y se convierte en administrador bancario, profesión que ejerció por más de 40 años, experiencia que lo llevó a gerenciar varias sucursales del Banco Popular en Bogotá, y de la que salió pensionado hace más de una década.
Este "cachaco" con corazón costeño, como le decimos los nacidos en el Caribe a los del interior del país, en el año 1966 se integra a la agrupación Acuarios, un combo de amigos y amantes del folclor vallenato, con la que empieza a tener una época exitosa sobre todo en la década de los años setenta y ochenta, participando en muchos programas de radio y televisión con su conjunto de planta. Las grabaciones no se hicieron esperar y se convierte en el primer "cachaco" que graba vallenato clásico, respaldado por sellos discográficos como: Philips, Discos Regis, Divensa, FM y Discos CR. Con los que sin duda hizo un aporte significativo a la divulgación y popularización de la música vallenata en la capital colombiana.
Es un artista polifacético, quien, además de ejecutar con calidad el acordeón, también lo hace con la guitarra, bajo, guacharaca, caja, tumbadora, canta y compone, lo que lo convierte en un músico completo, de ahí que sea llamado por el folclorista, investigador y escritor, Antonio Daza Orozco como "El Juglar cundiboyacense".
Entre sus composiciones se destacan un merengue en tonalidad menor dedicado a Monterrey y a Guadalupe, titulado 'Compensación cultural', tema ganador de la canción inédita en el Festival Vallenato Internacional de México, en el año 2019, paseo 'De los corrales al cielo" segundo lugar en el Festival Vallenato de USA 2019, 'La Puya de Alejo' en tonalidad menor semifinalista en el Festival de La Leyenda Vallenata en Valledupar, grabada por el Rey Vallenato Fredy Sierra, al igual que el merengue 'Los Sahaguneros'. 'Aporte cachaco', 'Pasión y mimos', 'Catalina linda', grabados en su voz y acordeón.
También ha colaborado con su acordeón en grabaciones de Los Hermanos Ramírez y Alejandro Merlano. Es un fiel admirador de los grandes juglares que han escrito con tinta indeleble la historia de la música vallenata: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Calixto Ochoa, Juancho Polo, Francisco "Pacho" Rada, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Emiliano Zuleta, Alfredo Gutiérrez y muchos más que son parte de ese abanico musical que le dieron grandeza a este folclor de origen provinciano, pero encontró en Nicolás Elías "Colacho" Mendoza, el primer Rey de Reyes, ese referente al que siguió y le aprendió y que luego se convertiría en uno de sus amigos más cercanos, lo que lo lleva a decir que es un "Colachista" de tiempo completo, un maestro que con la calidad de su nota y el estilo musical que lo caracterizó dejo una estela de clásicos y éxitos que hoy en día siguen siendo parte fundamental de la cultura musical de Colombia, la palabra "Leyenda" en ocasiones suele resultar ser una hipérbole, en este caso se ajusta bien a la hora de hablar del acordeonista Nicolás Elías, este maestro fue un alumno aventajado del gran Luis Enrique Martínez, y luego se convirtió en el modelo, el ícono y el símbolo de las nuevas figuras, un hombre que le enseñó a muchos, pero al mismo tiempo aprendió de todos, y es por esto que para Cortés Marroquín se convirtió en un ícono y apoyo para su carrera artística.
El amor incondicional por la música vallenata de Alfonso Cortés va mucho más allá de lo meramente musical y se ha convertido en un gestor cultural y embajador de esta expresión musical en Bogotá: un investigador y escritor, autor del libro "El Vallenato en Bogotá su redención y popularidad" donde plasma más de cinco décadas de vivencias, experiencias. Un libro donde en cada letra y cada fotografía podemos percibir el amor que siente por el vallenato, datos, información y conocimientos que los sorprenderán, porque muchos pensarán que fue escrito por un autor de la región vallenata y no por un hombre que nació en una tierra distante a esa.
La vida de Poncho gira alrededor de su música vallenata, "Su" porque ya es de él, actualmente es el presidente de la fundación PROVALLENATO y Director del museo vallenato en Bogotá, director de la agrupación Los Juglares Urbanos, Presidente del Festival Vallenato de Silvania - Cundinamarca.
Este pionero de la música vallenata en Bogotá y el interior del país, cantautor e intérprete del acordeón, ha estado presente en el inicio de varios intérpretes de la música vallenata, tales como Silvio Brito, Jairo Serrano, Ismael Zuleta, Jorge Nain Ruiz y Jimmy Vence. Fue Rey de la categoría profesional del Festival del Acordeón en Sibaté, Cundinamarca, en el año 1980, también ha trabajado al lado de vocalistas y músicos como Esteban Salas, Robinson Damián, Pablo López, Ricardo Cárdenas, Pedro García, e incluso el artista internacional Galy Galiano a quien acompañó en más de una oportunidad tocando el bajo.
Por su amplio conocimiento sobre la música vallenata es invitado constantemente en calidad de jurado, panelista, conferencista y comentarista en muchísimos festivales de folclor vallenato, a lo largo y ancho del país y fuera de él, tales como Valledupar, Villanueva, Sahagún, Arjona, Chinú, Bogotá, Manaure, La Loma, Nobsa, Neiva Madrid, Miami Florida, Monterrey México, entre otros.
El último sábado de cada mes se realiza la auténtica parranda vallenata, en la Casa Museo PROVALLENATO, que dirige el maestro Cortés Marroquín, un lugar que se convirtió en el "Templo del vallenato en Bogotá" en donde al son del acordeón, caja, guacharaca, cantos, cuentos y anécdotas y la melodía de una canción, es una válvula de escape que nos ayuda a expresar lo que sentimos e incluso, nos empuja a parafrasear lo que guardamos dentro en compañía de amigos y amantes del buen vallenato que disfruta de este divertimento cultural.
Hablar de Alfonso "Poncho" Cortés Marroquín: el juglar del altiplano cundiboyacense, es hablar de un maestro que no le puso límites a su gusto musical y nos demostró que para amar, querer y valorar la música no existen regionalismos, porque encontró en el vallenato, el eco de sus alegrías, penas, sueños y esperanzas, y le deja un legado a las nuevas generaciones; abrió un camino y les enseñó que sentir amor por la música vallenata es dejar que los sentimientos bailen al ritmo de cada melodía que brota de su acordeón, quien se convirtió en su amigo inseparable.