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domingo, 26 de febrero de 2023

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y SU ENTORNO EN CIEN AÑOS DE SOLEDAD Y SU VALLENATO DE 426 PAGINAS

 

Créditos: Redacción Centro Gabo

"No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento".

Gabriel García Márquez.


El día en que la Academia Sueca le llamó para contarle que había ganado el más importante galardón de las letras del mundo, Gabo tenía 55 años. Esa mañana alteró su rutina diaria de escritura, y su hijo Rodrigo inmortalizó el momento, mientras Gabo sonreía en bata en el jardín de su casa de Aracataca con su mujer, Mercedes Barcha, abrazándole. Podría parecer que ese día cambiaba su vida, pero en realidad había empezado a hacerlo en 1947, cuando como periodista firmaba sus primeros cuentos y redactaba centenares de crónicas.

 El vallenato sería por siempre el género musical que lo acompañaría por el resto de su vida. Cuando la Academia Sueca anunció que era el ganador del Premio Nobel de Literatura, en 1982, Gabo no dudó en llevar a la ceremonia del premio a varios conjuntos vallenatos que entibiaron con su voz y el acordeón el frío invernal de Estocolmo.

En Colombia existe un género de música que se llama vallenato, oriundo de la región que lleva su nombre. Es más o menos de la estirpe del son y del merengue dominicano. Originalmente, hace muchos años, fue una canción de gesta, es decir, contaba un acontecimiento real. Los autores de vallenatos pasaban por un pueblo, conocían un acontecimiento y lo divulgaban cantando por toda la región. Después, con el tiempo, se popularizó y ya hay una producción comercial, paralela a la producción natural. El hecho de que sean canciones que cuentan hechos reales le dio la idea a Gabo de Cien años de soledad.

Dice Gabo: en Aracataca, cuando ya tenía la pasión de que me contaran cuentos, vi, muy niño, el primer acordeonero. Los acordeoneros que salían de la provincia de Valledupar, que aparecían en Aracataca contando las noticias de su región. Y recuerdo haberlo visto la primera vez porque era un viejito que estaba sentado en una especie de feria que había en Aracataca y tenía el acordeón puesto en el suelo al lado de él y yo no sabía qué instrumento era, qué cosa era eso. Y me quedé ahí esperando a ver qué era, hasta que de pronto él sacó su acordeón y ahí conocí el acordeón, porque el acordeón no es un instrumento autóctono de Colombia. No lo había visto. Lo vi, y entonces el hombre empezó a cantar un cuento, a contar una historia. Y para mí fue una revelación, cómo se podían contar historias cantadas, cómo se podía saber de otros mundos y de otros países y de otras gentes a través de las cosas que contaban cantando.


Mis influencias, sobre todo en Colombia, son extraliterarias. Creo que más que cualquier otro libro, lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos. Te estoy hablando de hace muchos años, cuando el vallenato apenas era conocido en un rincón del Magdalena. Me llamaba la atención la forma cómo ellos contaban, cómo se relataba un hecho, una historia, con mucha naturalidad. Esos vallenatos narraban como mi abuela.

 El vallenato urbano es algo que no es posible impedir. No se puede impedir que una cosa evolucione, como no se puede impedir, por ejemplo, que el lenguaje evolucione. Porque entonces estaríamos escribiendo como en la Edad Media. La vida no la para nadie. Si hay acordeoneros y compositores que viven en la ciudad, entonces sus vivencias y experiencias son urbanas y a ellas tienen que referirse. El vallenato siempre está remitido a su realidad. Ella es su servidumbre. Ese es su destino.

Incluso, fue tan grande la injerencia del vallenato en sus obras, que precisamente, incluyó en el epígrafe de "El amor en los tiempos del cólera" dos versos de una de las canciones emblemática de Leandro Díaz y que vaticinan, de alguna manera, la intensa historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza: 

“En adelanto van estos lugares

Ya tienen su diosa coronada”.

Leandro, quien conoció a Gabo 20 años antes de la publicación de la novela, 1985, cuando le leyeron el epígrafe, pensó que esta llevaría el nombre de su canción, este es  un  reconocimiento mundial, que el escritor, le hizo  a través de esta canción,  a toda  la obra majestuosa de su  admirado amigo, Leandro  Díaz, cincuenta años después  que este canto comenzó a escucharse en la región de Tocaimo, corregimiento de San diego  de las flores, donde Leandro conoció, a la musa inspiradora, Josefa Guerra Castro "La Diosa Coronada".

Con el paso del tiempo García Márquez se consagró como uno de los mejores escritores del mundo y se radicó en el exterior, pero siguió escribiendo sobre sus vivencias de Aracataca y la zona bananera. Gabo construyó su narrativa alrededor de la geografía y las leyendas de este pedazo de territorio incrustado entre la Sierra, la Ciénaga y el Mar: creó el mundo de Macondo. García Márquez reconoció las influencias extraliterarias de la música vallenata en sus obras al afirmar que su novela Cien años de soledad es un vallenato de 496 páginas. Lo que hice con mi instrumento literario es lo mismo que hacen los autores de vallenato con sus instrumentos musicales. Solo que yo lo hice con unas posibilidades literarias más evolucionadas, porque una novela es un producto más culturalizado, pero el origen es el mismo.


Hay un personaje en Cien años de soledad, que es Francisco el Hombre. Durante mucho tiempo yo estuve dudando si en vez de Melquíades, introducía a Francisco el Hombre, es decir, que Cien años de soledad fuera narrada por alguien, como efectivamente es narrada en sánscrito por Melquíades. Y durante mucho tiempo estuve dudando si no podría ser mejor que fuera contada por Francisco el Hombre.

El vallenato, cuando surgió, fue excluido y prohibido en los clubes de la “gente de bien”. Esto se produjo debido a su esencia diferente, corroncha, pobre y marginal. Qué equivocados estaban aquellos “señores” y “señoras” que sentían más propios el Rin o el Sena y denigraban de la música que aún navega por el Río Grande de la Magdalena.

No obstante, un joven periodista comenzó la defensa del vallenato en las páginas del periódico El Universal, de Cartagena, en mayo de 1948. Gabriel García Márquez, con 21 años, remarcó su valor poético, señaló su origen anclado a la tradición oral campesina y subrayó la necesidad de darles representación nacional a los aires de su comarca caribeña. Con esto en mente, escribió: “El acordeón ha sido siempre, como la gaita nuestra, un instrumento proletario. Los argentinos quisieron darle categoría de salón, y él, trasnochador empedernido, se cambió el nombre y dejó a los hijos bastardos. El frac no le quedaba bien a su dignidad de vagabundo convencido. Y es así. El acordeón legítimo, verdadero, es este que ha tomado carta de nacionalidad entre nosotros, en el valle del Magdalena. Se ha incorporado a los elementos del folklore nacional al lado de las gaitas, de los millos y de las tamboras costeñas. Aquí lo vemos en manos de los juglares que van de ribera en ribera llevando su caliente mensaje de poesía”.

Gabo le replicó al centralismo artístico de esa época, que solo se les llamaba música colombiana a las melodías que afloraban del altiplano cundiboyacense, cuyo centro es Bogotá. Dos años después, el por ese entonces aprendiz de escritor dejó otra huella de su pugna. Ya escribía para el periódico El Heraldo, de Barranquilla, y sabía que ese peyorativo mote de “provinciano” debía obedecer al conocimiento y la creatividad artística de cada quien, y no a su geografía de origen. Para él existían provincianos nacidos en Bogotá, como provincianos nacidos en el resto de Colombia. Gabo continuó con la defensa de las artes que brotaban lejos de la fría capital.

La puya, el merengue, el son y el paseo fueron los pilares de la parranda vallenata que se volvió monarquía, pero no fue fácil posicionar estos cuatro aires. Los clubes de Valledupar, Santa Marta, Barranquilla y Cartagena tenían prohibida la música de acordeón. Incluso, en las parrandas de los hacendados del Caribe esta música era permitida solo en los patios traseros, donde la servidumbre —indígenas, afrodescendientes y campesinos— tomaban chirrinche del más barato. Los patrones, en sus salas degustaban brandis y whiskies al ritmo de canciones europeas y estadounidenses. No obstante, los oídos de “señores” y “señoras” fueron conquistados por las melodías de la santísima trinidad vallenata: el acordeón europeo, la caja africana y la guacharaca indígena.

En 1966, ya el vallenato había dejado el patio trasero y era el animador principal de las salas de festejos. Ese año, se reunieron en Aracataca parranderos legendarios y literarios: Rafael Escalona, el intelectual del vallenato; Álvaro Cepeda Samudio, el nene del Grupo de Barranquilla, y Gabo, el colombiano más universal. Ellos tres advirtieron que la muralla cultural bogotana sería derribada. Los historiadores del tema destacan este encuentro como el germen de lo que hoy es el Festival de la Leyenda Vallenata.


Pero esa consolidación tuvo tres aportes fundamentales, el primero de esos aportes se dio en 1967 con la publicación de Cien años de soledad. La retina mundial se fijó en un relato nacido en la provincia colombiana. Un cataquero escribió en prosa el vallenato más largo e importante de la historia. Él mismo, después de recibir el Nobel en 1982, le dijo al periodista Juan Gossaín que Cien años de soledad era un vallenato de 496 páginas. La frase de Gabo fue una puya para finiquitar el trabajo iniciado en 1948. Con esto, les dio la estocada a los que atacaban el vallenato e impulsó su música como el símbolo colombiano de mayor resonancia en la Tierra.

Pero volvamos a los 60. Después de la universalización de Macondo, el siguiente triunfo fue la coronación de Alejandro Durán como el primer rey vallenato. En 1968 se realizó en Valledupar el primer Festival de la Leyenda Vallenata. Los mejores acordeoneros se enfrentaron en batallas musicales para demostrar, según el criterio de un jurado y la recepción del público, quién sería el soberano. Alejandro Durán obtuvo la corona inicial y remarcó, para siempre, la única rebelión que se gestó desde la puya: “Mi pedazo de acordeón”, el son “Alicia adorada”, el merengue “Elvirita” y el paseo “La cachucha bacana”.

 Colombia tuvo su primer rey, pero él era distinto a la tradición centralista: por corona tenía un sombrero, por cetro un acordeón y, pa’ remate, era negro y descendiente de esclavos africanos. Imposible imaginar algo más revolucionario, pues recordemos que el retrato de Juan José Nieto, el único presidente afro de Colombia, quien se trenzó la banda presidencial en 1861, solo fue ubicado en la Casa de Nariño en 2018. Por eso, el blanqueamiento que se intentó sobre nuestras artes e historia fue derrocado cuando Alejandro Durán, por decreto folclórico, se coronó primer rey.

El tercer gran logro ocurrió en 1969 y lo obtuvo una mujer única: Consuelo Araújo Noguera, la Cacica del vallenato. La contestación de Consuelo se originó porque, una vez más, desde el centro vilipendiaron el vallenato. Marta Traba, crítica de arte, usó su sapiencia limitada y dijo que el vallenato tenía descuidos gramaticales y literarios. Escribió, en resumen, que esta música representaba “la perversión del gusto del pueblo colombiano”. La Cacica, autonombrándose “inculta, semignorante y cuasianalfabeta”, le contestó: “El día que nuestros compositores salgan de las aulas universitarias con una gramática y una enciclopedia bajo los brazos a ‘elaborar’, que no a componer, la música vallenata… ese día desapareceremos de la vanguardia del folclor nacional que ahora estamos ocupando, y que ocuparemos mucho tiempo, gracias precisamente a la sencillez, la autenticidad, la originalidad rudimentaria de nuestros cantos”. Consuelo Araújo, en definitiva, acabó con la alharaca erudita de Marta Traba.

El precedente más inmediato a la creación del Festival de la Leyenda Vallenata se dio en Aracataca en el año de 1966 y fue obra de Gabriel García Márquez con su amigo Rafael Escalona. Gabo había llegado a Colombia para asistir al Festival Internacional de Cine en Cartagena. Allí se encontró con Escalona, uno de los grandes compositores de la historia del vallenato, y le preguntó por las nuevas canciones que habían sido creadas en su ausencia. Y la única forma práctica para actualizarlo, fue entonces cuando Escalona lo invitó a Aracataca para que oyera a todos los conjuntos que él pudiera convocar de la región. Así fue como Aracataca se llenó de acordeoneros y juglares que entonaron sus nuevas composiciones. Al día siguiente, la periodista Gloria Pachón, corresponsal del periódico El Tiempo, publicó una nota titulada “Gran Festival Vallenato en Aracataca”.

 En el Festival de Aracataca estuvieron, además de los escritores García Márquez y Cepeda Samudio, Rafael Escalona y el pintor Jaime Molina; los periodistas Gloria Pachón y Amado Blanco Castilla; los acordeoneros Colacho Mendoza, Alberto Pacheco, Bovea y sus vallenatos, Andrés Landero, Julio de la Ossa, Alfredo Gutiérrez y Armando Zabaleta entre otros.

Rafael Escalona, Consuelo Araújo y otros dirigentes de Valledupar vieron de inmediato que la brillante idea de García Márquez de reunir en un festival lo mejor de la música vallenata no podía dejarse escapar para otra ciudad. Es por eso que Escalona, una vez llegó a Aracataca, declaró: "Vengo como mensajero de mi región... considero que el Festival se debe rotar. El año entrante será en Valledupar"

Escalona, que ya era compadre de García Márquez desde hacía unos 12 años, le pidió que fuera el domingo siguiente a Aracataca, donde él llevaría la flor y nata de los compositores e intérpretes de las hornadas más recientes. El acuerdo se llevó a cabo en presencia de la muy querida amiga y periodista Gloria Pachón, ella publicó la noticia al día siguiente con un título que a todos los tomó por sorpresa: "Gran festival vallenato el domingo en Aracataca". Todos los fanáticos del vallenato de aquellos tiempos, que no eran muchos, pero sí suficientes para llenar la plaza del pueblo, se encontraron el domingo siguiente en Aracataca.

Desde 1948, Gabo dedicó varias columnas periodísticas a la música de su región. La primera de esta serie fue la tercera que escribió en El Universal de Cartagena haciendo su famosa semblanza del acordeón: “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento…Yo, personalmente, le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste". El acordeón legítimo, verdadero, es este que ha tomado carta de nacionalidad entre nosotros, en el Valle del Magdalena”.


martes, 7 de septiembre de 2021

‘RUMORES DE VIEJAS VOCES’, DE GUSTAVO GUTIERREZ, EL POETA ROMANTICO DEL VALLENATO CUMPLE 81 AÑOS DE VIDA

‘El flaco de oro’, en el año 1969 se coronó como el primer rey de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata y 13 años después volvió a repetir el triunfo.

Por: Juan Rincón Vanegas


Gustavo Gutiérrez Cabello, el hijo de Evaristo Gutiérrez Araújo y Teotiste Cabello Pimienta, desde muy joven tuvo la virtud de convencerse que la vida sin amor no tiene ningún sentido. De igual manera, en sus canciones se descifra el más extenso poema cantado por donde corre un mundo lleno de nostalgias, tristezas y pocas alegrías.

Definitivamente es el hombre solitario que le canta a su Valledupar del alma y muy bien lo afirma con toda sinceridad. “En el transcurso de mi vida me he ido volviendo más melancólico y más triste por los años. Eso sí le agradezco a Dios que me otorgó el talento justo a mis pretensiones y eso vale todo el tesoro del mundo”.

No se podía ingresar al objetivo de la historia porque el poeta romántico y soñador continuaba exponiendo sus razones de vida. “Yo soy una persona común y corriente: sencillo, simple y me catalogo cariñoso. Me gusta la tranquilidad, estar solo y rodeado de pocas personas. Nunca estuve deseoso de fama y popularidad, y he tratado de eludirla hasta donde es posible, pero llega un momento en que es imposible”.

Siguiendo a toda carrera por sus comienzos como compositor expresó: “Mi inicio fue producto de un desengaño, quién lo iba a creer, pero es la verdad. Mi primera canción la hice por unos celos cuando contaba con 19 años. A ese desengaño le hice una letra que titulé ‘La espina’, y como con la poesía no me iba bien le puse música y la estrené con el acordeonero Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza”.

Continuó diciendo: “Dicen que mi primera canción es ‘Suspiros del alma’, pero esa fue como una especie de ensayo porque para mí la primera es ‘La espina’, que me marcó toda la vida, una marca indeleble que me grabaron inicialmente las orquestas de Pacho Galán y La Billos Caracas Boys”.


VALLEDUPAR, NOVIA INMORTAL

Una buena cantidad de canciones de Gustavo Gutiérrez giran alrededor de Valledupar, la capital mundial del vallenato. Esa donde ha vivido precisamente en todo el corazón de esta bella tierra la plaza Alfonso López. Exactamente en sus palabras lo plasmó con total claridad.

“Valledupar es mi novia inmortal, la más fiel de todas, la que nunca me produjo desengaños, ni celos. Siempre está ahí inmutable y la contemplo hermosa en el pasado, el presente y la contemplaré hermosísima en el futuro. Yo diría que mi gran amor es Valledupar”.

Enseguida entró a dar una explicación precisa sobre la canción ‘Rumores de viejas voces’ que lo catapultó a la gloria del folclor vallenato, al ser el primer ganador en el año 1969 del concurso de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata.

“Hace 52 años gané con esa canción que hice cuando vi que Valledupar estaba cambiando. Comenzaban a pavimentarla, se tuvo la primera invasión en ‘Las tablitas’, hoy barrio Primero de Mayo. Iba creciendo como algo ineludible porque el progreso no se podía contener, pero hice la advertencia que ojalá nunca cambiara su sentido musical, ese de las vivencias cantadas porque se perdería el encanto de esta querida tierra”.

En ese momento del diálogo llegó la memorable frase de ‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera: “Yo quiero que se mantenga viva y perenne la lámpara votiva de la fe en nuestra música vallenata, en nuestros valores, en nuestro sentido de pertenencia para que cuando pasen los años podamos decirle a Valledupar como Gustavo Gutiérrez Cabello: Rumores de viejas voces de tu ambiente regional, no dejes que otros te cambien el sentido musical”.

De otra parte, en el año 1982 Gustavo Gutiérrez volvió a saborear su segundo triunfo en el Festival de la Leyenda Vallenata con la canción ‘Paisaje de sol’, que después grabara Jorge Oñate con Juancho Rois, donde vuelve a enmarcar a Valledupar.

Así cuenta la historia de la célebre canción: “En aquella ocasión estuve en el corregimiento de Atánquez con motivo de la fiesta del Corpus Christi, y en la tarde al regresar a Valledupar vi un maravilloso paisaje de sol que me llamó mucho la atención. Ya en horas de la noche con toda esa vivencia me senté a hacer la canción que tuvo la mayor proyección en el mundo vallenato”. 

Sin dar espacio a más nada cantó uno de los versos. “Traigo la esperanza del hombre alegre de aquel cantor, que en versos y flores mitiga el alma, mata el dolor. Las nubes descansan en la serranía y al bajar al Valle llueven de alegría. Aquel paisaje nació sobre una tarde de sol y allí el destino marcó el sendero de mi canción. Y desde entonces yo soy romántico y soñador, porque no puedo cambiar la fuerza de mi expresión”.

MÚSICA A LAS POESÍAS

Dentro de las confesiones de Gustavo Gutiérrez está que se inició como poeta y después le añadió la música. “Antes de componer música vallenata hacía poesías. Lo que pasa es que la poesía es un género en el aspecto escrito que ante la actitud de la vida existe y es hermosísima, pero no comercial y de una vez pensé que llegaba más al público poniéndole música. Entonces en vista de que con la poesía vi que no iba a pasar nada, fue cuando me nació la idea de ponerle melodía a mis letras y casi todas tienen rima y las puedo declamar”.

Al final cuando la charla era larga, la poesía giraba alrededor de las palabras, los cantos eran la mayor fuente de inspiración y ahora más que nunca teniendo una vida calmada que le produce quietud espiritual, él agradeció especialmente el más grande homenaje que le hicieron en el Festival de la Leyenda Vallenato del año 2013. Entonces se aprovechó el instante para invitarlo a recordar una de sus canciones y se quedó con ‘El cariño de mi pueblo’, esa que lo pinta de cuerpo entero con su flacura a cuestas.

Es la verdad porque en esos versos expresa con el corazón en la mano que es un honor que todos lo quieran, es el gran placer que le regala la vida y que muchos desearían. Así es el poeta cantor que ha tenido momentos felices de esos que nunca se olvidan. Además, que lo más bello para él es regalar ternura hasta sentir el cariño de la gente de su pueblo. 

Eso sí, teniendo en cuenta que como en la canción ‘Rumores de viejas voces’, no se puede dejar que otros le cambien a Valledupar su sentido musical. “Ese es mi clamor”, recalcó Gustavo Gutiérrez.

Dice el investigador José Ignacio Pinilla Aguilar en su libro “Cultores de la música colombiana” sobre el compositor valduparense: “Gustavo Gutiérrez es dueño de la rara vena romántica del vallenato puro que, mezclada con las notas de un acordeón, forman bellas y melancólicas canciones que saltan a los campos nacionales, rivalizando a veces con otros grandes del vallenato. Las engalana con flores y sentimientos propios, haciéndolas dulces y elegantes”.


Gustavo Gutiérrez, consciente de que hay ciclos en la vida que se cumplen, dijo que hace tiempo no compone y que no contempla volver a hacerlo. “Uno cumple ciclos en la vida, soy una persona de muchos sentimientos y a mí se me fue la inspiración con la muerte de mis amigos, así que ya no me provoca componer, yo no soy compositor de encargos, a mí me tiene que salir del alma”.


Ese es Gustavo Gutiérrez, el flaco de oro quién hoy domingo 12 de septiembre llega a sus 81 años de vida, “El Romancero del Vallenato”. Por eso es nuestro Artista homenajeado hoy en Juglares de mi provincia y Vallenato de Verdad.


viernes, 22 de enero de 2021

EL ALMIRANTE PADILLA (RAFAEL ESCALONA) FRAGMENTO DE LA CRÓNICA


“TITE” SOCARRÁS
Por: Fredy González Zubiría

Puerto López
Viernes 4 de abril de 1952. Puerto López, Laguna de Tucacas, Alta Guajira. 8 a.m. En la playa permanecen varias lanchas, mientras once camiones esperan su carga para partir. Fondeados están los barcos Ana Ángela y San Marcos. Más alejada se encuentra la fragata Almirante Padilla. La presencia de esta última no causa mayor atención. Era rutinario ver embarcaciones de la Armada Nacional patrullando la frontera marina.
Puerto López era un asoleado pueblo de 40 casas, anclado en la orilla del mar, rodeado por el desierto guajiro y observado por distantes y dispersas rancherías wayuu. Daba la impresión de que el mundo acababa allí. Fue declarado puerto libre en el gobierno del presidente López Pumarejo, y desde entonces los barcos llegaban con mercancías de Aruba y Curazao, que luego transbordaban hacia otros destinos: Maracaibo, Maicao, Riohacha y Villanueva.
Llegar allí desde Maicao significaba una travesía de siete horas, desde Riohacha 12 y desde Villanueva 14. Kilómetros de trochas, vigilados por hileras de trupillo y cactus a ambos lados del polvoriento camino, hasta llegar al pleno desierto. Luego, explanadas secas, pequeñas dunas y arenales. En el trayecto se topa con esporádicas rancherías wayuu, cuya aparición es menos ocasional a medida que se adentra en el desierto. A ese rincón del mundo llegaban quienes soñaban con una fortuna o deseaban no ser molestados por nadie.
Puerto López se había convertido con los años en un movido punto comercial. Ahí residían varios miembros de la familia Iguarán, entre ellos Francisco, corregidor por un largo tiempo. También lo habitaban Reyes Carrillo, el venezolano Carlos González, el riohachero José Abuchaibe, dueño de un depósito, Francisco Vargas, Chico Mejía y Edmundo “Mundo” Pana. Éste último sería asesinado por un siniestro visitante, el psicótico conservador valluno Gregorio González Ortega alias “Santacoloma”, a quien mataron al día siguiente de su osada acción. Venganza ejecutada por los amigos del finado.
Como todo puerto, el movimiento de personas y la circulación de dinero afectan su vida social y entorno. Por eso no era de extrañar que en un pueblo de una sola calle, el sitio más concurrido fuera la cantina. Frecuentado por prostitutas veteranas, llegadas de diferentes puntos del país, cuyas ganancias en las ciudades había disminuido vertiginosamente.
En cambio, aquí se respiraba paz. Marinos y mercaderes llegaban de sus largas travesías por tierra o mar, ansiosos de placer. Dejaban parte de sus pesos, bolívares, dólares o florines a cambio de unos momentos de intimidad.

El decomiso
9 de la mañana. Jaime Parra Ramírez, comandante de la fragata Almirante Padilla, recibe desde la Base Naval de Cartagena órdenes precisas por radio: “Proceda a decomisar todas las mercancías”. Los marinos, armados con fusiles, desembarcaron. Un grupo tomó posición en las salidas terrestres del pequeño caserío. No podía entrar ni salir ningún vehículo.
10 de la mañana. En un terreno cercano al pueblo que un militar de apellido Rodríguez había marcado y adecuado como pista 15 años atrás, aterrizó un avión DC-3 con 30 soldados para reforzar el operativo. Los vecinos se vieron militarizados en cuestión de una hora. Se inició la incautación de mercancías. Tomaban las cajas y en las lanchas las trasladaban al barco. No daban explicaciones, se limitaban a decir: “cumplimos órdenes”.
Confiados en que el Gobierno conocía las actividades del puerto, los comerciantes conservaban los productos a la vista, debajo de enramadas para protegerlas de sol y la brisa marina. Quienes no habían encontrado espacio para descargar, se vieron obligados a llevarla mercancía hasta los matorrales. Y esa fue la única que se salvó.
En el pueblo estaban desconcertados. En esa ocasión precisamente, la mayoría de la carga tenía como destino Venezuela. Los barcos traían desde Aruba harina y manteca hasta Puerto López, y de allí en pequeñas lanchas la llevaban a solitarios desembarcaderos cerca a Maracaibo. Entre la poca mercancía que iba para Colombia estaba la de Miguel Celedón,
Enrique Orozco y Francisco “Tite” Socarrás, de Villanueva, quienes, asombrados, veían su inversión desaparecer ante sus ojos. Habían enviado 1000 quintales de café a Aruba, que canjearon al equivalente por whisky, brandy, cigarrillos, telas, víveres, jabones y perfumes. Todo estaba ahora en la fragata Almirante Padilla.
“Tite” observaba callado, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón caqui. Se percató de que estaban vacíos. Por un instante los comparó con el futuro de sus finanzas. Horas después, alguien destapó una botella de whisky y empezaron a cavilar en la estrategia para recuperar lo incautado. Puerto López había sido saqueado. Cinco prostitutas habían logrado recuperar alguna manteca con los marinos, a razón de 2 latas por hora en una litera del barco.
Ezequiel y Máximo Iguarán, al ver a “Tite” con el rostro desencajado, ordenaron cargarle medio camión con lo que se había salvado, para que no llegara a Villanueva con las manos vacías. En la madrugada emprendieron el viaje de regreso. Aunque la ruta era la misma, el recorrido se hizo más largo que lo acostumbrado. Todos iban en silencio.
Francisco “Tite” Socarrás Morales había nacido en Villanueva en 1924, y era hijo natural del ingeniero Silvestre Francisco Dangond Daza con Evarista Socarrás Morales. Silvestre era descendiente de François Dangond, el inmigrante francés que hizo los primeros cultivos de café en la Costa Caribe en la primera mitad del siglo XIX. El cura de turno impidió que le diera el apellido.
“Tite” estudió Técnica Agropecuaria en Roldanillo (Valle del Cauca), luego hizo un curso de Agricultura de clima frío en Bogotá. Fue inspector jefe de la Caja Agraria en Montería en 1946, ya finales de esa década se desempeñó como inspector evaluador dela Caja Agraria en Valledupar. Aunque no era militante político, por ser nieto del general Socarrás, estaba marcado de liberal. Eso le costó el puesto.

Desempleado, iba con frecuencia a Villanueva a ver qué se podía hacer. En una fiesta a la que fue invitado, “Tite” vio a una muchacha que lo dejó tieso. Amor instantáneo, advirtió que conversaba con Miguel Celedón, su amigo. Y sin que ella lo notara, lo llamó aparte y le preguntó: “¿Quién es ella?” Miguel le informó: “Se llama Raquel Olivella”. “Tite” le dijo: “¡Necesito conocerla; preséntamela!” “Cálmate, primero le hablo y cuando te haga una seña, te acercas”. Ese día se hicieron amigos, a la semana ya eran novios, y a los seis meses “se escaparon” para Valledupar. Raquel era una hija de Bolívar Olivella, hombre de gran influencia en Villanueva.
La pareja retornó cuando Raquel quedó embarazada. Esa era la autorización social de regresar cuando un hombre “se sacaba” a una jovencita, puesto que la preñez impedía que la familia procediera en contra de él. Ya no había nada qué hacer. Vivieron en la casa-finca de la madre de “Tite”. Se dedicó a sus cultivos. En esos días, Raquel perdió su bebé. Era un varón.
Se trastearon a una casa de Andrés Fellizola. Raquel quedó encinta de nuevo. En Semana Santa, su tiempo de parir, prende una veladora a una imagen religiosa y sale a la procesión de la Virgen Dolorosa. Una misteriosa brisa entra por la ventana, mueve la cortina y la acerca al fuego. La casa se incendió. Pierden todo, muebles, ropa y utensilios. El día del trasteo nació Enalba. Fue su felicidad, pero ahora necesitaba trabajar más.
“Tite” decidió aventurar en el comercio. En unos tragos, “Tite”, Miguel Celedón y Rafael Escalona decidieron llevar gallinas y cerdos para Venezuela. Les fue bien. Hicieron tres viajes. Luego “Tite” compró café a los campesinos de la zona y viajó a Aruba a negociarlo. Trajo whisky, cigarrillos y víveres para distribuirlos en los pueblos; felpas y cubre lechos para que Raquel los vendiera. A ella le regaló un juego de polvo, un jabón de tocador y un perfume Maja, la más cotizada loción española fabricada en Barcelona.
Ahora regresaba derrotado a casa, gracias al Almirante Padilla. Lo había perdido todo. Estaba más cerca que nunca de la ruina, y no sabía cómo iba a solventar sus compromisos económicos. El Jeep Willys entró a Villanueva a las 8 de la noche. “Tite” acostumbraba a guardar los camiones en la casa finca de su madre, su antigua residencia. Se encontraban allí, de visita, sus amigos Rafael Escalona, “Poncho” Cotes y Alfonso Murgas. Este trío no estaba ahí casualmente, sabían que esa noche regresaba “Tite” y que él acostumbraba a apartar una caja de whisky Caballo Blanco (White Horse) y bebérsela de inmediato para celebrar el éxito del negocio.
Luego de las lamentaciones, Escalona, Cotes y Murgas no cambiaron de planes, convencieron a “Tite” de que ante semejante pérdida, la mejor manera de pasar el trago amargo era bebiéndose un par de botellas. Al escuchar las sentidas expresiones de solidaridad de sus amigos, y sin sospechar que lo que querían era ron, bebieron hasta el amanecer. Los tragos sirvieron para desahogarse. Entre copa y copa le echaban maldiciones a la fragata Almirante Padilla, a su capitán, al comandante de la Armada, al Presidente y a las leyes de la república.
Satisfecho por la borrachera de la noche anterior, agradecido por la hamaca que le colgaron en la madrugada, y gustoso por la sopa de costilla que le brindaron al levantarse, Rafael Escalona pidió papel y lápiz, se fue para el patio, escribió unos versos, guardó el papelito en su bolsillo y se largó para Valledupar. Allá compuso la canción en solidaridad con su amigo.
ALMIRANTE PADILLA
(Rafael Escalona)
Allá en la Guajira Arriba,
donde nace el contrabando,
el Almirante Padilla llegó a Puerto López
y lo dejó arruina’o.
Pobre “Tite”, pobre “Tite”,
pobre “Tite” Socarrás,
hombre que ahora está muy triste,
lo ha perdido todo por contrabandear.
Ahora pa’ donde irá (bis)
a ganarse la vida “Tite” Socarrás.
Ahora pa’ donde irá (bis)
a ganarse la vida sin contrabandear.
Enriquito se creía que con su papá Laureano
que todo lo conseguía.
Se fue pa’ Bogotá,
pero todo fue en vano
Barco pirata bandido
que Santo Tomás lo vea
prometo hacerle una fiesta
cuando un submarino
lo voltee en Corea.
A Rafael Escalona no se le cumplió su anhelo de que la fragata Almirante Padilla fuera hundida por los comunistas en la guerra de Corea. Salió ilesa. Pero en 1964, una década después de la muerte de “Tite” Socarrás, el barco encalló en unos coralinos cerca de la isla de San Andrés y fue imposible sacarlo de ahí. Se dio la orden de hundirlo; en Villanueva celebraron.
Laureano Gómez acabó con Puerto López pero no con el contrabando en La Guajira. Los wayuu y los criollos dueños de barcos se trasladaron a otros puertos: Parajimarü y Puerto Inglés. Por allí saldrían los embarques de la bonanza del café y parte de ese grano sería sembrado en Villanueva. El pueblo fue abandonado por sus habitantes. La mayoría de ellos emigraron a Maicao. Puerto López se convirtió en un pueblo fantasma. Se lo tragó la arena.

domingo, 17 de enero de 2021

LA GUITARRA EN EL VALLENATO


Por: Felix Carrillo Hinojosa

Con muy pocas menciones sobre la guitarra en territorio andino, antes de la mitad del siglo XIX, es bueno destacar los avisos que aparecieron en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá en 1794, que hacía referencias sobre métodos para su interpretación, igual que una antigua copla de Andrés Pablo que menciona la existencia de la guitarra con cinco cuerdas, que sumada a la que está en la Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reino de Granada, publicada en 1741, que recoge la diversidad de instrumentos en el territorio, dentro de los cuales se encuentra la guitarra que interpretaban los indios en los llanos orientales. De 1850 en adelante, la guitarra se esparció por todo el territorio colombiano y su implementación dio origen a otros instrumentos mestizos como el tiple.
Vale la pena destacar que durante la mitad del siglo XIX surge en Colombia la idea de música nacional sustentada en la base popular, por lo que a partir de 1882 nace la Academia Nacional de la Música como institución educativa. Ese entorno académico generó unos claros objetivos que afianzaron sus frutos en 1935 que dio paso a la creación de la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, que entre sus logros está la creación de la orquesta Sinfónica Nacional.
En lo relacionado con la música vallenata son muchas las muestras que existen, en donde la guitara desarrolla un papel determinante para consolidar esta música de la provincia. Tanto en grabaciones como en acciones cotidianas, ella ha servido como soporte musical a tantas creaciones.
Es importante anotar que antes de la llegada de instrumentos como la guitarra, el armonio, el piano y el acordeón ya nuestros campesinos estaban en proceso de construcción, todo lo que hoy tenemos como música. Ese antes y después de la consolidación del vallenato le permitió a esos instrumentos, ante todo al acordeón y guitarra, desarrollar su liderazgo en cada una de sus acciones sociales. El efecto que cada uno de esos instrumentos hicieron en la construcción del vallenato está ahí como una muestra sólida de todos los procesos que nuestros campesinos desarrollaron para construir todo ese edificio musical Vallenato.

GUITARRA Y VALLENATO
La guitarra en unos procesos fue líder, en otros fue acompañante, lo que le ha permitido al instrumento y a la música vivir un goce conjunto, que hace pensar el valor de los dos en el desarrollo como música local con reconocimiento nacional que ha tenido el vallenato.
La divulgación de la música vallenata en guitarra se la dan varios hombres que irrigado en todo el Magdalena Grande, lo que luego sería el Magdalena, La Guajira y el Cesar. Unos son reconocidos por llegar a la grabación, otros pese a no hacerle se convierten en unos masificadores de ese instrumento.
El techo de la guitarra en la divulgación vallenata la desarrolla Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, quien junto a Julio Bovea, ‘El Mocho’ Rubio y Ángel Fontanilla le dan forma en grabación a todo un movimiento musical que ya tenía un recorrido con el acordeón en los diversos escenarios en Barranquilla, de la que existen versiones como la realizada por Francisco Rada Batista en 1935.
Esa figura del ‘Jilguero de la Sierra Nevada’, como era conocido, nació en Ciénaga-Magdalena- el 1 de abril de 1920 y falleció el 19 de abril de 1949. Hijo de Roberto de Jesús Buitrago, oriundo de Marinilla-Antioquia y de Teresa Mercedes Henríquez de Ciénaga.
Su afición por la guitarra fue acogida y perfeccionada por el destacado músico y compositor Andrés Paz Barros, quien lo ayudó a ponerle melodía a su vez acorde con la ejecución de su guitarra.
Alberto Fernández Mindiola, en el canto y guacharaca, Atánquez; Julio Bovea primera guitarra y segunda voz, Samario; y Ángel Fontanilla, segunda guitarra y primera voz, cienaguero; le dieron vida al trío Bovea y sus vallenatos, que consolidó lo dejado por Guillermo Buitrago Henríquez.
El trío Bovea y sus Vallenatos llegó al estrellato de la mano del cantante Alberto Fernández, cuya voz fue la que inmortalizó los hits más grandes de la agrupación. Su carrera ascendente empezó del año 52 en adelante, cuando grabaron con el sello barranquillero Tropical, después adquirido por Discos Fuentes.
Alberto Fernández Mindiola es una de las voces más privilegiadas del Caribe Colombiano, por haber pasado del tema vallenato a otras variantes rítmicas de Colombia, que lo eleva a ser una voz exitosa dentro y fuera de nuestra Patria.
Dentro de ese mundo de acordeones, guitarras, chicotes y diversas danzas que antecedieron a los cuatro ritmos que hoy tenemos, nació y creció en Atánquez Hugues Martínez Sarmiento, quien se sintió atraído por ese instrumento de origen milenario y empezó a recorrer caminos cantando la música de sus antepasados y la que en su momento se escuchaba.
Así se hizo músico el jovencito de 17 años, quien decidió, por voluntad propia, dejar su terruño y llegar a Valledupar, donde logró alternar con Bovea y sus vallenatos, se dio el lujo de no atender el llamado musical del trío Avilés, acompañó con su guitarra y el acordeón de Colacho Mendoza las eternas tertulias musicales de Rafael Escalona Martínez.
“Cuando él llego a Valledupar, en el año 68, todas las jovencitas de esa época nos moríamos por él. Nos parecía un señor educado, con sus ojos verdosos, lo veíamos más bello de lo que es, pero por la forma como tocaba las cuerdas de la guitarra eran unos vallenatos hermosos, soñábamos con él; pero cuando empezó a tocar mucho ‘El Pirata del Loperena’ y rondaba mucho por ese barrio, nos dimos cuenta que él ya había elegido a su enamorada, entonces las demás le dimos campo abierto”, dijo Cecilia Luquez Soto.
A los lugares a donde llegó le entregó toda su vida a la música, la misma que reconoce en él a un virtuoso de la guitarra como lo dijera Gustavo Gutiérrez Cabello en su canto: “Yo no puedo separarme / de las cosas más hermosas / más ligadas a mi vida / como estar enamorado / y escuchar de Hugues Martínez / su guitarra tan sentida”.

MELODÍA DE LA GUITARRA
Como lo dijera en 1950 el escritor Álvaro Cepeda Samudio, en una de las parrandas que se hizo en Valledupar, que ayudaron a fortalecer a nuestra música y lo que luego sería el festival: “Carlos Huertas es el Matamoros del vallenato”, con ese rotulo se dedicó a caminar. Esa trashumancia le permitió a los 16 años llegar a Maracaibo, llenarse de gaitas y pasajes y formarse en la escritura musical. Se hizo libre en La Guajira y llenó de música al pentagrama nacional.
Esa manera de componer lo hizo distinto ante propios y de otras regiones. Su música se nutrió de sus viajes, su menuda figura de caminante eterno brotaba música. No se estaba quieto y todas esas ansias de querer ser que llevaba en el alma terminaban en sus dedos ligeros que se posaban en su eterna compañera: la guitarra. Incomprendido luchador, olvidado por todos, dejó una obra que permite decirnos: hay Huertas Gómez para la eternidad.
Hace más de cinco décadas cuando nuestra música no gozaba de ese auge popular, que hoy día tiene, por las calles del Viejo Valledupar un trío de muchachos cuyo talento artístico se escuchaba a muchas cuadras, en donde las canciones del vallenato y boleros se hacían sentir.
Hugues Martínez, guitarra y segunda voz; ‘El Quinqui’ Efraín Pimienta Molina, guitarra y primera voz; y ‘Monca’ Raúl Moncaleano tocaba las maracas y hacia la tercera voz; conocidos en el argot popular como El trío Malanga. Qué manera de llamar a un grupo musical de tan excelsas cualidades artísticas. En ellos se conjugó toda la música popular de la región y del mundo. Lograron enamorar con su suave melodía a toda la sociedad valduparense que acogía más lo foráneo que lo producido por los músicos de la provincia.
Sofronín Martínez Heredia es un reconocido hombre que a través de su talentosa ejecución de la guitarra logró ganarse un lugar en la cultura del Caribe nuestro. Con su voz y su guitarra llenó de sentimiento y bohemia a quien lo escuchaba. Después de su partida hace alrededor de dos décadas, son muchas las historias que se cuentan en torno a su vida en la guitarra. Con su permanente asistencia al legendario bar La Quemada, pudo nutrir el pedido de su música, la misma que había logrado construir en diversos momentos de su vida artística.
Él tiene un puesto importante en la música vallenata cuando por la década del 50’ acompañó al músico Gilberto Alejandro Durán Díaz en varias grabaciones, entre ellas, en la puya ‘La vieja Gabriela’, de Juan Muñoz Mejía.
Rodolfo Bolaños más conocido como ‘El Veje’ logró dentro de la guitarra mostrar todo su talento, que lo llevó a conformar el trío los criollos vallenatos, los Cesares y los padrinos, y a componer uno de los más bonitos paseos dedicados a Valledupar. Esa nostalgia que encierra ‘Viejo Valledupar’, cuyo texto y melodía transportan a un tiempo especial de la hoy ciudad, entre ellos, Los Criollos Vallenatos, Los Césares y Los Padrinos.

DÚO GUAJIRO
Uno de los dúos que hizo carrera en La Guajira fue el conformado por Hernando Marín y Luis Gutiérrez. El primero fue un destacado creador, cuyas letras pusieron a pensar sobre la realidad del territorio guajiro, saqueado por muchos gobernantes corruptos; el segundo tuvo la voz perfecta para que dos bohemios llenaran de música a nuestra tierra.
Hernando Marín es un símbolo de la creatividad vallenata. Sus cantos románticos y sociales son un vivo soporte de nuestra música. Este rebelde pensador nunca se quedó callado, sus obras siguen levantando su voz para denunciar lo que no está bien hecho.
Él era un peleador abierto por todo, pero así también era un afectuoso de la vida. Todo eso está contenido en su música, él se parecía a ella.
Los Kankuis, voz kankuama, de las estribaciones de Atanquez, tienen su historia que no arranca en 1980, época en que deciden unirse para hacer música. Ellos antes de nacer ya traían su narrativa musical.
Cuentan que Juan Francisco Mindiola el del ‘Gavilán Atanquero’, ‘Trovador Ambulante’, ya había hecho con sus canciones y guitarra toda una historia musical. Lo único que decidieron los Kankuis fue seguir el camino que les indicó la vida.
Este grupo musical es una unión de apellidos y sangre que termina siendo lo mismo. Son una familia musical que decidió poner al vallenato en su lugar a través de la guitarra, herencia que defienden para bien de nuestra música.

PRESENTE EN GUITARRAS
Si llegan a Barrancas-La Guajira, mi tierra, y pregunta por Ramón Noriega es posible que le digan no conocerlo. Si le dicen, dónde vive ‘Chiche Badillo’ lo llevan derechito a su casa. Es de los punteros que tiene la guitarra, escasos por cierto, y todo eso lo aprendió de Carlos Huertas Gómez y Hernando Marín.
Su vida está sustentada en muchas herencias musicales, entre ellos, los Brito de la sierra, emporio de músicos acordeoneros y poetas, que convirtieron a su entorno en una estación musical que sirve de referente especial para el engrandecimiento del vallenato.
Los hermanos ‘Poncho’ y ‘Millo’ Carrascal son dos valores plegados a mi alma. Los hice músicos y ellos me hicieron a mí. Nacimos musicalmente en una esquina de su casa. En ese ruido musical, nacieron en un ensayo punteando sus guitarras, muchas canciones mías. Allí en ese lugar le perdimos el miedo para mostrar lo que teníamos. Nos aventuramos en el festival y salimos ganadores.
Ellos son una realidad en la divulgación del vallenato en guitarra y una parranda con su presencia es a otro precio.
Por los años 70’, tres creadores de primera línea en el vallenato fueron bautizado como ‘El trío de oro’: Hernando Marín, Sergio Moya y Máximo Movíl. Ellos construyeron su nombre por separado a través de su talento. Luego el mismo fue tomado por los hijos de Sergio Moya Molina en honor a ellos. El Trío de Oro, el de ahora, es una propuesta con vallenato en guitarra, del que hacen parte, Leonidas, Freddy y Sergio Moya Jr.
Oscar Cantillo López después de nutrir el espíritu musical en los grupos donde estuvo, decidió lanzarse de solista y empezar a brindar concierto en los cuatro ritmos que tiene el vallenato.
Nieto del reconocido músico Juan López Gutiérrez del que se desprende una familia musical, entre quienes están Miguel, Elberto, Pablo y Alfonso, reyes del festival.
La agrupación Castillo’s ha logrado mezclar los sonidos del pasado con el presente, que les ha permitido mantenerse en un equilibrio para bien de su propuesta musical.
Jhonatan Castillo, en la guitarra puntera; Diego Andrés Castillo, en la segunda guitarra; Carlos Alberto Castillo, en el bajo electrónico; y Varo Díaz, como vocalista; buscan despertar diferentes emociones en su público y demostrar que la guitarra no es menos que el acordeón en el género vallenato.
En el desarrollo de la actividad de la guitarra con música vallenata, dos eventos hacen que esta manera de escuchar y ver a nuestra música no se pierda.
El que se hace en Ciénaga-Magdalena y el que se desarrolla en Agustín Codazzi.
Félix Carrillo Hinojosa / EL PILÓN