RANCHERIASTEREO

lunes, 25 de abril de 2016

Hermanos Zuleta


Por Rodrigo Zalabata Vega


Al igual que la tradición los Hermanos Zuleta conjugan el sabor añejo de pueblo y el brindis del sol diario en que renace su ser. Como el torrente de un río que mantiene su cauce, ellos son el eco espléndido de voces lejanas que cantan en el jolgorio de gaitas, tamboras, pajaritos e interminables décimas, en la evocación mítica de Cristóbal Zuleta, abuelo que remonta el nombre de la dinastía musical, repetido sorbo a sorbo en coplas cantadas con la elegancia métrica del ‘viejo’ Emiliano Zuleta, hasta alcanzar la expresión creciente de los hijos germinados de su tierra, que con indeclinable amor dejan correr por sus venas ese redivivo entusiasmo que salta a un escenario desde su propio corazón.

Emilianito parece tejer con notas de filigrana las fibras más íntimas del sentimiento vallenato. Sus primeras impresiones discográficas revelan un joven diestro que ha tomado atenta nota de los pioneros acordeoneros trashumantes, pero su genialidad precoz descubre que en aquellos grandes pilares había que construir las obras creativas que dejaran grabada con lujo de detalles toda esa historia, para que quienes las visitaran en el futuro sintieran que desde el pasado se había interpretado su razón de ser en notas jeroglíficas.

Así mismo el tiempo lo fue esculpiendo como el gran maestro a quien todos escuchan para conocer. A Emilianito se le debe la argumentación de notas literales que interpretan lo que la composición poética quiere trasmitir, con la estructura clásica narrativa: introducción, puentes de notas dialogantes que comunican las estrofas y desenlace conclusivo, cuyo círculo armónico guarda el sentimiento que trae la obra. Esto significó un salto cualitativo en la evolución interpretativa del vallenato, ya que antes de él se ejecutaba el sentido melódico del ritmo, en paseo, merengue, son o puya, con la cadencia que le daba el intérprete, más no se desarrollaba el motivo poético de la obra en sí.


A partir de allí crea la introducción musical que sienta al escucha de manera cómoda en su propia expectativa, igual a la composición sinfónica, en el preludio que anuncia el espíritu de la obra. Lo cual difiere en forma sustancial de lo anterior, en que se hacían ejecuciones introductorias que acogían la armonía apegada al tenor literal de la canción. Tal revolución contenida en el pecho del acordeón permitió el desarrollo –sobre todo– del paseo romántico moderno, con el cual el género vallenato le pudo brindar a cada quien un sentimiento en particular.

Los mejores acordeoneros y académicos historiadores coinciden en señalar a Luis Enrique Martínez como el maestro fundacional que consolidó las bases de la interpretación del acordeón vallenato, cuya armonización va ajustada a la idea narrativa de la canción, a lo cual le agregó, o desagregó, la digresión de notas melódicas que definen un estilo en cada intérprete. De la mano con él Emilianito llevó a su máximo esplendor el clasicismo en la música vallenata, logrando unir un pasado que solo aspiraba a llevar las noticias a lomo de la juglaría a un tiempo real en que el vallenato quiso testimoniar en expresión musical la huella sentimental que iba dejando la historia rural de Colombia.

Al lograr traducir en lenguaje musical el sentimiento escrito en la poesía le permitió ser heredero de su mismo legado, ya que nos regaló otra faceta grandiosa, la de compositor. Sus canciones están tocadas por la inocencia fresca de quien descubre el amor, desde agradecer la herencia musical de su padre, pedir perdón a sus amigos parranderos por no poder beber, agradecer la batalla de la vida al lado de su hermano, pedir un besito a su nuevo amor como si le hablara a la primera novia en su pueblo, hasta profesar culto de adoración al amigo con el que se ha abrazado y sonreído toda la vida: El acordeón; por este motivo en la casa Honner se bautizó con su nombre un hijo de su gran amigo.

A su lado, Poncho es el alma que se desborda en un canto, el acento patriarcal de sus dichos, el sortilegio de un verso robado a la noche. Es al oído de todos uno de los cuatro cantantes más grandes de la historia cantada del vallenato. De Jorge Oñate se valora el oro en su voz, de Diomedes Díaz que haya enriquecido el canto del pueblo, de Rafael Orozco la sutileza del secreto con que se trasmite el amor, y Poncho es en mucho el resumen de todo aquello. Dueño de una portentosa voz, que en otro tiempo pudo enamorar al indiferente ganado y multiplicar su fertilidad, llamar la atención de las aves e imitar en verano la creciente de un río, su labor de cantante por años le permitió grabar en discos el eco profundo de una tradición labrada verso a verso, como protagonista esencial de una expresión musical que de manera transversal pudo amalgamar la cultura y sentimiento de la nación.

Aquel torrente de versos que se multiplican como peces en su chorro de voz, después de tanto tiempo ocultó en el lecho de piedras de su murmullo el nombre de Poncho como gran compositor. De no haber sido por conjugar en su ser todo lo que representa el canto vallenato, y darse al deber de atender a todo el que llegara a descansar al canto de su casa, el mismo folklor vallenato habría tenido en él a uno de sus más grandes poetas. Lo frustró el hecho de querer vivir en su pecho el sentimiento de cada canción que interpretó. Y puedo probar que no es un elogio biográfico el que hago. Siendo apenas un muchacho, anticipado a su grandeza, juró morir por su arte. Grabó en la piedra del tiempo que “…si algún día ya no pueda cantar como ahora canto seguiré componiendo mis canciones…”. En la posteridad los historiadores podrán concluir con razón que si cada día lo que pudo fue cantar mejor, por cumplir su juramento sagrado de artista sacrificó en la misma piedra la creación de sus herederas canciones. Les tocará aceptar a todos ellos que por momentos olvidara aquel juramento que contrariaba su alma de poeta. Eran los instantes de destello en los que nos regalaba el fulgor de sus versos improvisados, con una lucidez que iluminaba a todo el mundo al final de sus presentaciones.

El mundo entero puede entender hoy que no era una metáfora la que hacía Gabriel García Márquez al afirmar que “Cien Años de Soledad es un vallenato de 360 páginas”. Lo que ocurrió fue el genial artificio poético contrario, interpretó en notas literales lo que el lenguaje musical del vallenato ya había narrado. Cuando se otorgó el premio Nobel al universal cronista de la provincia que representa el vallenato, se quería una voz que revelara ese nuevo mundo y sacudiera el pecho frío de los palacios de Estocolmo, entonces se pensó en cuál de tantos emblemáticos acordeoneros podía acompañar a Poncho. Ese Festival Vallenato de méritos lo ganó en un fallo anónimo que nadie cuestionó su hermano Emiliano.


Son, los Hermanos Zuleta, dos gigantes que se escaparon en vida del Valle inmortal de los juglares, de donde nos narran historias fabulosas de parrandas eternas consagradas en el licor y en el amor sin palabras del chivo, cuentan que existen compadres que se abrazan como deberíamos los hermanos del mundo, que han forjado entre todos un patrimonio inmaterial que puede heredar quien quiera ser feliz, por ellos al escuchar su testimonio musical y seguir su huella sabemos desde ya que el tiempo nos dejó conocer el rastro de lo imperecedero.

sábado, 2 de abril de 2016

EL TALENTO MUSICAL DE JULIO ERAZO

Por : Ricardo Gutiérrez Gutiérrez

"La mujer que tengo/se pone celosa y brava/ porque yo compongo/canciones para las muchachas
Déjate de cosas/y estate tranquila que yo no te cambio/por nada en la vida

El fuerte calor que se siente en Guamal, un municipio situado al lado del río Magdalena, a solo 45 minutos de Mompox por medio de una carretera polvorienta en verano y fangosa en invierno, no limita las inquietudes culturales de sus pobladores, cuyos ancestros los indios Chimilas y Pocabuyes eran músicos y organizaban sus danzas religiosas en honor al sol con el apoyo de variados instrumentos musicales. Se distinguieron también por la alfarería y por los adelantos logrados en la agricultura y la ganadería al aprovechar la humedad que ofrece el brazo de Mompox en sus riberas

Las arraigadas creencias católica de los Guamaleros son orientadas a la Virgen del Carmen y a la Semana santa, a través de las procesiones de los nazarenos que realizan con gran devoción, en esa gran congregación participan además, visitantes de distintas partes del país y el exterior que llegan a pagar sus mandas o promesas. Estas manifestaciones ha facilitado la conservación de las tradiciones que unidas al acervo folclórico determinan la identidad cultural y religiosa del entorno ribereño

Para contribuir con la pacificación y evangelización de la nación de los Chimilas por orden expresa del Obispo de Santa Marta, llegó a Guamal el sacerdote Español Manuel Bayarris Gómez, quien posteriormente trajo a su hermana de Valencia-España, Dolores Bayarris Gómez y a su esposo Salvador Cuevas Montoliu. Ellos muy pronto se adaptaron al medio y se integraron a la gran comunidad, Dolores Bayarris, consciente de capacidades innatas como comerciante, montó al lado del río Magdalena un restaurante donde vendía el exquisito arroz a la valenciana, esta actividad le facilitó la aceptación general de los pobladores y los ingresos que buscaba afanosamente. Posteriormente abrió su panorama comercial auscultando nuevas posibilidades en Barranquilla donde viajaba frecuentemente con su hija Carmen a buscar mercancía para venderla en su terruño y en las poblaciones aledañas. Las dos disfrutaban esas salidas comerciales que les permitían el contacto con un mundo nuevo, ajeno a sus limitadas circunstancias, Carmen los aprovechaba para buscar en las librerías, obras poéticas y partituras de música para piano, su debilidad desde que conoció los secretos de ese bello instrumento en el Colegio Santa Cruz de Mompox. En uno de tantos viajes Carmen conoció en el Hotel donde se hospedaba al periodista oriundo del frío anti plano andino, José Ignacio Erazo Paris, de inmediato floreció un idilio donde los versos románticos motivaron la unión de una pareja de enamorados que forjaron a partir de momentos inolvidables en el viejo muelle de Bocas de cenizas, una eternidad. José, amante de las letras vivió en Costa Rica, donde escribía en los diarios de San José, años después se trasladó a Panamá con el fin de administrar un Hotel, allí conoció a Don Julio Gerlein Comelin, connotado Empresario Barranquilllero, con quien entabló una amistad que en tiempo corto facilitó su venida a Barranquilla donde continuó escribiendo en los diarios locales. José Ignacio y Carmen se casaron, de esa unión nacieron 6 hijos, el mayor fué bautizado con el nombre de Julio, para recordar con gratitud a su gran amigo Julio Gerlein C.

Julio Erazo aunque nació en Barranquilla, el 5 de marzo de 1929 se crió en Guamal, su primaria la realizó en el Colegio Pinillo de Mompox, fué enfermero, proyectista de cine y docente en Buenavista, un caserío cercano a Guamal. A los 20 años comenzó a componer canciones de admirable profundidad por sus contenidos románticos, costumbristas o picarescas, las cuales llevan implícitos hermosos versos que describen lo que vive, conoce o imagina.

Siempre acompañado por una guitarra captaba las melodías que brotaban en cualquier circunstancia, aprovechaba esos momentos de inspiración, que coadyuvados por sus conocimientos básicos facilitaban y hacían realidad la construcción del tema específico que le revoloteaba en su mente. Se inició componiendo boleros y rancheras dedicadas a varias mujeres del pueblo y a una de sus estudiantes de quién se enamoró y posteriormente se casó, Elides Martínez Carrascal, su permanente compañera

En esa hermosa población donde trabajó y parrandeó, vivió una etapa productiva, se dio cuenta que la música se constituyó en un elemento vital en su vida. Motivado por la ebullición musical que sentía y sustentado por su arraigada atracción hacia la mujer de sus sueños, se inspiró y construyó hermosos mensajes de amor que dió a conocer a través de preciosas melodías. En una oportunidad agobiado por la nostalgia que le produjo el recuerdo de su novia Elides Martínez compuso el tango "Lejos de Ti" grabado por el grupo argentino "Los Caballeros del tango’, en la voz de Raúl Garcés, y la popular canción " Te escribí una carta"

No fue difícil para Julio la construcción de sus canciones compuestas en variados géneros que realizó siguiendo los lineamientos de sus padres quienes encausaron sus innatos conocimientos musicales. Diariamente escuchaba cantar a su madre tangos acompañada por un viejo piano alemán que le compró a un amigo en la Arenosa y recibía complacido las clases de guitarra que le daba su padre

El sintió inmenso deseo de componer, su fecunda imaginación lo llevó a encontrar nuevos ritmos, al fusionar letras y melodías que hoy día identifican el característico e inigualable sabor musical costeño. Su contenido folclórico y su impecable construcción musical lo ha mantenido a través del tiempo, por esta razón recibe constantes reconocimientos nacionales e internacionales.



Igual que los renombrados compositores e intérpretes como Jose Benito Barros, Pacho Galán y Lucho Bermúdez, constituye uno de los artífice de nuestro patrimonio cultural. Algunas de sus canciones: La pata pela, Hace un mes, el bailador, Yo conozco a Claudia, Espumita del río, Rosalbita, La puya Guamalera, Compae Chemo dada a conocer por el primer rey Vallenato Alejo Duran. Esta composición conocida en todos los rincones de la Costa, describe el compromiso que le incumplió a su compadre Alsemo "Chema" Montes, de acompañar con su guitarra, la fiesta de cumpleaños de Asuncion, en su finca " El Laurel”

"Tengo pena con el compadre Chemo/tengo pena porque yo no fui/a la fiesta del dos de enero y con tanto que le prometí
Me perdona pero fué que Yo/el día primero pa' saca el guayabo/donde Alirio me tomé unos tragos/y el guayabo no se me pasó"

Julio, acompanó como cantante a Los corraleros de Majagual y la orquesta de Pacho Galan. Formó dos grupos musicales que fueron reconocidos por sus grandes éxitos. Julio Erazo y sus Guamaleros (1981) y Julio Erazo y sus Chimilas (1988). Sus composiciones han sido grabadas por los más reconocidos conjuntos Vallenatos, además por la Billos Caracas Boys, Los Melódicos, Rolando Laserie, Los hispanos, Pacho Galan, Los diplomáticos, Los ocho de Colombia, Noel Petro, Bienvenido Granda. Etc

Las excelsas virtudes musicales de éste prolífico creador de ritmos, lo llevó a componer puyas, paseos, vallenatos, merengues, boleros, cumbias, corridos, bambucos y tango. El vasto universo de sus creaciones musicales identifican una época y hacen posible la evocación de ratos plagados de sentimientos, otras por su narrativa costumbristas o jocosas incitan momentos de alegrías


miércoles, 10 de febrero de 2016

EL FUSILAMIENTO MORAL DE DIOMEDEZ DÍAZ


La vida privada del artista tema de debate público en los medios
Por: Enoin Humanez Blanquicett


En Colombia culturalmente hablando han cohabitado históricamente dos países bien definidos: el país andino y el país caribe. El país andino es un mundo apegado a los valores eurocéntricos y devoto de los principios judeocristianos y las tradiciones morales católicas. De la mano de esos elementos las élites sociales e intelectuales han construido una concepción apolínea del mundo, que se esfuerza por resaltar las virtudes y esconder los defectos.

El país caribe, al contrario, se rige por una visión filosófica de la vida gobernada por una moral epicúrea, hedonista y dionisíaca, cuyos postulados podrían resumirse bien en ese verso vallenato que canta Ricardo Maestre y ameniza el acordeón de Julio Rojas: “Yo parrandeo y tomo ron y mujereo sin condición”. Sin embargo, cuando el tema se analiza en detalle, se puede constatar que los costeños no son más borrachos, ni más perezosos, ni más machistas o mujeriegos que los interioranos. Pero a diferencia de ellos están dispuestos a ventilar estos temas en público; y cuando lo hacen: para bien y para mal, se refieren a ellos mismos de manera hiperbólica y absurda, resignificando, como lo sugiere Armando Martínez Gutiérrez, “con ribetes de humor”, aquello que, por su naturaleza, debería ser solemne. En síntesis: el absurdo, la hipérbole y la banalización de lo trascendental son los elementos básicos del imaginario de la gente del Caribe colombiano, que según Gabriel García Márquez, es gente mamadora de gallo, tiene mucho humor y viven en una continua alegría.

Como la cosmovisión de los pueblos sale a relucir en la mitología, en el arte, en la literatura, los dichos, los chistes y el cancionero popular, el vallenato se ha convertido en uno de los vectores que más han explotado los habitantes de la costa norte colombiana, para transmitirle al mundo la visión que tienen de la sociedad, de la vida, del amor y del disfrute. Respecto a este último aspecto, el vallenato parrandero ha sido la mejor vía que ha tomado el temperamento báquico o dionisíaco del habitante de la región Caribe, sin ser este un ser que dedica la vida entera a la bacanal, para manifestarse sin que nadie lo ponga en duda. Ese temperamento báquico emerge de manera vigorosa en el merengue “Viernes cultural”, compuesto por Julio Rojas e interpretado por Los Embajadores Vallenatos, que de manera desvergonzada canta:

Te dije que ya me iba y pues ya me voy
Así que deja la rabia y no friegues más
Es que no te has dado cuenta que el viernes es hoy
Y los viernes no los pelo
Con ansia yo los espero pá salir a vagabundear
Hoy viernes salgo a parrandear
Sábado yo vuelvo a beber
Domingo es pá  descansar
Y el lunes trabajo otra vez
Y no debes preocuparte cuando yo llegue de madrugá
Yo si te quiero bastante así que déjame parrandear

La relación con Dios, que en el país Caribe es ambigua e informal, se resume en los versos sacrílegos de la canción “Alicia adorada”, de Juancho Polo Valencia, en la que se recita de manera irreverente:

Como Dios en la tierra no tiene amigos
No tiene amigos y vive en el aire
Tanto le pido y le pido y siempre me manda mis males

En el fondo el individuo del Caribe colombiano, si nos atenemos al cancionero popular, no está muy convencido de que exista un más allá: una vida eterna. Y —en todo caso— si ésta existe no es mejor que la que llevamos aquí en la tierra. Si no, ¿qué es lo que dice este merengue de Camilo Namén Rapalino, interpretado por los hermanos Zuleta (versión vallenata) y por Johnny Ventura, en la versión de merengue dominicano?:

Me dicen que el 3 de noviembre
La radio una noticia dio
Y así lo gritaba la gente
Un parrandero bueno se murió
Y San Pedro conmigo fue indiferente
Y llegando a la puerta me rechazó
Parece usted muy mala gente
Déjeme consultar esto con Dios

Me quedé esperando la respuesta
Me sentía bastante preocupado
Y me dijo Dios aquí no lo acepta
Porque usted ha cometido mucho pecado
Me mandaron derecho pa’onde el diablo
Y tampoco me quiso abrir la puerta

Cuando iba saliendo me dijo un diablito
El diablo que se vaya pa’la tierra
Que todavía usted está muy jovencito
Y que siga su vida parrandera (...)

Después del sustazo que me llevé
Por todo lo que estuve pasando
En el San Juan de Dios desperté
Con ganas de beber y seguir bailando

Pero yo no sé cómo van a hacer
Esa gente que el diablo está esperando
Que si no se corrigen van a ver
El vainazo que les va mandar ese diablo
Porque yo mi problema ya lo arreglé
Y le juro que de la tierra más nunca salgo



Esa percepción escéptica sobre la vida, la muerte y lo que viene después sale a relucir en una entrevista concedida por el propio Diomedes Díaz a Ernesto McCausland, en la que afirma que no quiere morirse porque no está seguro de que los muertos pasen a un mundo mejor. Según Diomedes, si fuera verdad que la gente tuviera una vida mejor en el más allá, mucha gente estaría dispuesta a morirse en el momento mismo, pero como no se sabe qué hay después de la muerte, nadie quiere morirse de ninguna forma, ni siquiera de viejo.

Es esa visión filosófica del mundo, la que explica por qué las celebraciones de los actos litúrgicos del santoral católico han sido —desde los tiempos coloniales — secundadas siempre por parrandas monumentales, que se organizan bajo el leitmotiv de “esta noche amanecemos / amanecemos parrandeando”. Nada raro —por eso— que una de las canciones emblemáticas en la discografía del desaparecido Diomedes Díaz haya sido un merengue, compuesto por Calixto Ochoa, que canta de manera libertina:

Si la vida fuera estable todo el tiempo
Yo no bebería ni malgastaría la plata
Pero me doy cuenta que la vida es un sueño
Y antes de morir es mejor aprovecharla
Por eso la plata que caiga en mis manos
La gasto en mujeres bebida y bailando

En otras palabras, para los hijos del Caribe colombiano, como reza un viejo son cubano, el eslogan es: “Hay que gozar la vida / porque la vida es corta / gózala como es debido / no hagas otra cosa”. O como lo canta el Gran Combo de Puerto Rico:

Vamos a seguir bailando,
Vamos a seguir contentos
Y sigamos vacilando
Vamos a seguir en esto
Porque un día de estos
Que tú verás que va llegar un demonio atómico
Atracatan, acanganas, y nos va limpiar
Y después de muerto no se puede gozar

Volviendo al tema de fondo: el debate que se desató con ocasión de la muerte de Diomedes entre algunos sectores costeños y cachacos. A través de la historia, a partir de sus respectivas visiones ontológicas, esos dos países: el país caribe y el país andino, han mantenido un debate larvado, que se agita de tiempo en tiempo. En el cruce de opiniones se ventilan los respectivos estilos de vida y concepción del mundo. Partiendo de su bagaje sociohistórico, los dos pueblos han estructurado sus relaciones e intercambios en el plano social y cultural. Sus interacciones, tomadas a la ligera —y vistas desde lo alto—, podrían considerarse como conflictivas y antagónicas.

Sin embargo, cuando uno se adentra en la realidad colombiana a partir de la manera como los sectores populares y las élites viven su vida y festejan los momentos placenteros de ésta, se da cuenta de que estos dos países, si bien son antagónicos, también son complementarios. Esto fue lo que llevó a los políticos Alfonso López Michelsen y Ernesto Samper Pizano a celebrar sus ancestros vallenatos. Es eso mismo lo que ha llevado a ciertos sectores de la elite bogotana, después de la década de 1990, a peregrinar al festival vallenato y al Carnaval de Barranquilla, y a dejarse tomar fotos en sus parrandas y festejos. Es el deseo de impregnarse del desparpajo caribe lo que llevó a los herederos, los delfines, de varias de las más importantes figuras del poder político y económico interioranas a casarse con mujeres costeñas, luego del ascenso de “un boom de personalidades”, que han tenido éxito en la música, la moda y el deporte.

A través de esa relación conflictiva y de complementación, es como a lo largo de la historia reciente las gentes de las dos regiones se han influido mutuamente y han participado en la construcción de la identidad cultural colombiana. Al mismo tiempo, sin querer queriendo, se han ido mezclando, mientras se mofan y ridiculizan mutuamente, como lo hicieron Tatiana Bernal, “Contra las costeñas”, y Margarita García, “Contra las cachacas”, en la revista Soho.



La muerte de Diomedes Díaz volvió a agitar en los medios tradicionales y alternativos, además de las redes sociales, la confrontación entre esos dos países sobre sus hábitos y mores respectivos. El debate que se desató por los excesos que caracterizaron la vida de Diomedes, hace parte de un debate que remontó a la superficie en los albores del siglo XX y se profundizó a partir de la década de 1930, marcando de manera contundente la dinámica de la vida cultural colombiana. Desde entonces los dos países compiten entre sí por imponerse el uno sobre el otro y por influenciar a los colombianos residentes en las regiones periféricas y menos dinámicas del territorio nacional.

Sobre la incomunicación de esos dos mundos, que vivieron de espaldas el uno del otro hasta la violenta década de 1950, los mejores testimonios los encontramos en la obra literaria y periodística de Gabriel García Márquez. Este escritor, al lado de Lucho Bermúdez, Rafael Escalona y Pambelé, de un lado, y de Daniel Samper Pizano y Alfonzo López Michelsen del otro, se encuentran entre aquellos que provocaron —consciente o inconscientemente— el acercamiento y la exploración mutua entre la gente de esos dos mundos. Retomando a García Márquez podría decirse que hasta el comienzo de la década de 1960, muchas regiones del Caribe colombiano eran zonas “que tenían una vida propia” y “sus contactos eran mucho más frecuentes con Venezuela”, con Curazao y Panamá, “que con el interior del país”. En una ocasión el propio Gabo sostuvo que a raíz de la construcción de la infraestructura carreteril y a las diferentes oleadas de violencia que lo han sacudido desde la década de 1950, llevando gente de una región a otra por la fuerza, Colombia se abrió y “se volvió esta cosa compleja que hoy es”.

Mal educada en temas de cultura nacional: la historia regional y local está aún por reconstruirse, la geografía nacional aguarda por ser descubierta, catalogada y documentada, y la lectura antropológica y sociológica de la sociedad está en su fase inicial, la gente comenzó a reconocerse —y definirse— a través de los prejuicios que existían sobre el otro. Por eso para el país andino el país caribe es un país de indios, negros, zambos y mulatos perezosos, de modales inciviles, de vocación idólatra, de gusto ramplón, de instinto vicioso, de vida perdularia y espíritu parrandero, de cultura machista, de talante botarate, de alma bullosa, de ademanes descomedidos, de gusto ordinario, de costumbres indecorosas. De eso han dejado constancia los opinadores andinocentristas en todos los periódicos del país, dan testimonios los chascarrillos que se cuentan en las plazas de mercado sobre los costeños y dejan constancia los comentarios de los lectores de periódicos electrónicos y las centenas de mensajes que sobre el asunto circulan en las redes sociales. El que quiera comprobarlo —en página y media— puede leer el artículo de Tatiana Bernal “Contra las costeñas”.

A la sazón, uno de los chistes que más circulan en el universo cibernético de los medios andinos cuenta que una vez apareció entre los anuncios de prensa uno que decía: “Costeño trabajador y sin vicios busca pereirana virgen para fines serios”. A continuación se cierra el chiste diciendo: “¡Ni lo uno ni lo otro existe, pues de eso no hay!”. Otro apunte, que sirve de muestra para ilustrar el mismo asunto, lo recuperamos entre los comentarios de El Espectador. Allí un lector apodado SCK sostiene que “los corronchos son tan apocados y carentes de poder cognitivo que ni siquiera sirven para ser líderes de los bandidos”. Eso explica, según él, por qué “los corronchos con su pereza y valores ambivalentes han dado el mayor aporte en el atraso de esta república bananera”.

Por su parte el país Caribe se esmera en presentar al país andino como un territorio habitado por un pueblo de mestizos tristes, violentos y rezanderos; una comarca poblada por gente solapada, que mientras peca, para empatar, reza. En otros términos: una sociedad gobernada por un moralismo pacato, que lleva a la gente a esconder la mugre debajo de la alfombra, aparentando que tiene la casa limpia, para así poder dar lecciones de moral a los demás, mientras practica la inmoralidad. Según los críticos de los cachacos, éstos se van a otras tierras a hacer aquello que siempre han deseado hacer en su tierra y no son capaces de hacer por el temor al qué dirán. Una buena síntesis de ese discurso se encuentra en la página y media que Margarita García escribió “Contra las cachacas”.

En el plano político también hay diferencias que se advierten sin mucho esfuerzo. Mientras el país caribe se ha caracterizado por ser un pueblo de tradición liberal, el país andino se alinea más con las ideas conservadoras.

Con la muerte de Diomedes Díaz, un cantor popular extraordinario, que nunca escondió su estilo de vida disipado, que muchas veces habló sin tapujos de sus vicios y defectos con los periodistas, se alborotaron los adeptos —y detractores— de cada campo, porque para bien o para mal, Diomedes condensó en él solo lo que enorgullece al país caribe y lo que escandaliza al país andino. Por un lado fue, como lo resaltó un comentarista de periódicos electrónicos apodado EGD, “un hombre con una sensibilidad poética excepcional” que “interpretó como pocos los sentimientos y la cotidianidad de todo un pueblo”. Por el otro, fue un “mujeriego, periquero, ostentoso, despilfarrador”, que cuando se le preguntaba por sus vicios decía en tono jocoso: “Yo he probado de todo, he tenido fiestas que pa’qué te cuento”.



Para aquellos que detestan al país caribe, como es el caso de un comentarista de El Espectador apodado Darioiv, “este individuo como artista dejó un legado musical para las personas que gustan de esa música de prostíbulos, de cantinas, de sirvientas, de emboladores, de albañiles y de la chusma de costeños”. En fin, como acota Ali Cates (otro comentarista del mismo diario), Diomedes fue más bien un representante del “antiarte” o un “artista como sea para la corronchería y, en el interior, para los choferes de buseta”. En síntesis, y en palabras de Germanwide, Diomedes fue la expresión natural de “la incultura, la ordinariez, el ídolo de la plebe y el lumpen”.

Del lado de los líderes de opinión reconocidos, que hicieron pública su aversión frente a lo que encarnó Diomedes Díaz y condenaron su legado cultural, por haber vivido una vida privada poco ejemplar, se contaron Salud Hernández Mora, Cecilia Orozco Tascón, María Elvira Bonilla y Eduardo Escobar. Luego de la muerte de Diomedes, estos formadores de opinión pública dedicaron toda su capacidad intelectual a resaltar al “Diomedes que hay que olvidar”, abrigando la esperanza de que el país olvide del todo a Diomedes, porque los tipos como él reflejan, según Orozco Toscón, “a una nación sin cultura política y sin valores ciudadanos, apenas con unas cuantas identidades regionales”.

En fin, entre los formadores de opinión no faltan aquellos que piensan como Decartonpiedra (comentarista de El Espectador), que odia a Diomedes porque fue uno de los artífices de la popularización del vallenato en todo el país y con el vallenato “Colombia se vulgarizó”. Eso es lo que, palabras más palabras menos, traduce la columna de María Elvira Bonilla cuando resalta que el despliegue que le dieron los medios a la muerte de Diomedes Díaz induce al país a la “confusión” y la “desmemoria”, porque de ese modo se olvida “el repugnante machismo que Diomedes Díaz desplegaba con vulgaridad en la tarima y por fuera de ésta, rodeado de jovencitas que envolvía con la seducción de sus canciones”.

Del otro lado se encuentra un número amplio de personas que nos recuerdan que Diomedes fue, como lo destaca Liliana Martínez Polo en un reportaje póstumo publicado en El Tiempo, “alguien cuya infancia fue dura, pero se dio las mañas” suficientes para convertirse en “el ídolo más grande que ha existido en el vallenato en toda su historia”. Esta proeza resulta más asombrosa si se tiene en cuenta que Diomedes solo fue, en palabras de Ahero93, un campesino con sensibilidad poética, pues aparte de los temas que abordó en sus canciones, en el fondo él nunca fue “un tipo culto y profundo en opiniones”.

La percepción de Cecilia Orozco Toscón sobre el muerto —y de contera sobre la manifestación cultural que representaba Diomedes— concitó entre sus lectores el afloramiento de la visión que el país andino tiene del país caribe. De todos aquellos que comentaron su nota en El Espectador, quien mejor condensó el discurso que retrata a los habitantes del Caribe colombiano como personas de modales inciviles es un lector que comenta bajo el apodo de Fantomas. Según Fantomas, “la ramplonería” es “algo inherente a la idiosincrasia propia de los pobladores de la región atlántica”. Por eso no se puede esperar “algo diferente de los pobladores de esa parte del país” sino el culto a tipos como Diomedes Díaz y Rafael Orozco, los dos cantantes más importantes del “vallejarto”.

En su columna en el influyente diario El Tiempo, Salud Hernández Mora, en el obituario que dedica al difunto, más que resaltar “al artista, el genio, que lo fue”, se centra en recordarnos “el pésimo ejemplo vital que daba”. Según ella el legado cultural de Diomedes Díaz “debería enterrarse con él”, porque representa una “idiosincrasia que sólo genera rencores, tragedias, frustraciones y lágrimas”.

La reacción frente a los tropos de Hernández, que es de origen español, provino del lado del periodista samario Víctor Sánchez Rincones. Desde España, donde reside, Sánchez Rincones, le reclama a Hernández Mora por los conceptos contenidos en su columna. Según él, si bien es sabido que “Diomedes no fue un santo” pues “eso todo el mundo lo sabe”, su vida personal no debe ser usada como rasero “moral”, para ofender a la sociedad costeña. Sánchez Rincones  aprovechó la controversia con Salud Hernández para recordarle al público que la vida privada de Diomedes no fue diferente a la de “Elvis Presley, John Lennon o el propio Michael Jackson, genios de la música que no vinieron a este mundo para dar cátedras de moral”.

Una posición similar a la de Sánchez Rincones esboza Franchi1979, un comentarista de El Espectador que se detiene sobre la columna de Cecilia Orozco Tascón. Según este comentarista, la despedida apoteósica que los seguidores de Diomedes le hicieron fue para rendirle un homenaje póstumo “al gran genio de la música que fue”, lo cual no quiere decir que la gente haya olvidado que él había “cometido errores en su vida”. Destaca el comentarista que, “al igual que admira a grandes como Sinatra, Winehouse y Morrison, entre otros que tuvieron una vida de excesos”, la gente admira a Diomedes, porque como ellos él también fue un grande de la música. En tal sentido, cuando la gente desfiló ante su ataúd y asistió masivamente a su entierro, no lo hizo para celebrar sus pecados. Lo hizo porque “recuerda su talento”, que es lo que al final quiere honrar.

La bloguera Nani Mosquera, tratando de poner las cosas en perspectiva, llama la atención sobre un punto: Diomedes fue un “ícono, ídolo, pero no modelo a seguir”. Para ella, la vida de este artista repite “una fórmula que se repite en muchas estrellas de la canción mundial”. Sobre los motivos de fondo de la controversia, Mosquera sostiene que éstos retratan, de cuerpo entero, la idiosincrasia verdadera del colombiano, que está atravesada por la intolerancia frente a la diferencia, el clasismo o arribismo social y el regionalismo.

Eso es lo que explica, según ella, por qué en los medios capitalinos una tropa de comentaristas —bastante activos— se dio —ordenadamente— a la tarea de descalificar al artista vallenato, llamándolo “corroncho, por su forma de vestir y de actuar” y a denigrarlo por su origen y por los lunares morales que marcaron su vida privada. En efecto, queremos traer a colación uno de esos comentarios, que representan el lado más pesado de la controversia: el comentario de Jaimeur, en El Espectador. Según este lector de periódicos en línea “ni el ñame es comida, ni el vallenato es música”, y la mejor forma de hacer patria es “matar costeños”.

En general Nani Mosquera resalta que hay un alto grado de hipocresía detrás del discurso moralista de aquellos que tratan de descalificar la música y el legado cultural de Diomedes, resaltando su vida desordenada y el escándalo judicial en el que se vio involucrado por la muerte de una de sus amantes, sin detenerse a reparar sobre la calidad de las contribuciones que hizo este cantante en la construcción de la identidad cultural de Colombia. Sobre el particular, la bloguera destaca que Diomedes hizo parte de una oleada de personajes costeños que llevaron a los bogotanos a adoptar como iconos representativos de la colombianidad la música vallenata, el sombrero vueltiao y la mochila arhuaca.

Dentro del fusilamiento moral —como lo llamó Charles8110— que se desató por el cubrimiento mediático, los honores oficiales que se le tributaron a nivel local y el entierro multitudinario del que fue objeto Diomedes, una de las voces más centradas fue la de Catalina Ruiz-Navarro. En una columna en la que separaba al hombre del artista, llamó la atención sobre un hecho: “una cosa es celebrar al músico y otra defender a un hombre, por demás indefendible”, porque no es comprensible “que les hagamos exigencias éticas a nuestros ídolos” del espectáculo, porque “los artistas no tienen por qué ser líderes morales”, ya que “el objetivo del arte y el entretenimiento no es educar éticamente”.

En el fondo el debate ha resultado tirante porque —en general— en Colombia las figuras públicas que están llamadas a ser referentes éticos se han devaluado. Esa devaluación ha llevado a la gente a buscar esos modelos en los individuos que no cumplen esa función, olvidando que los artistas no vienen a este mundo para ser referentes en el campo de la ética sino en el de la estética.

Sobre la manera positiva como se ha evaluado la obra de Diomedes Díaz luego de su muerte, Sebastián Grijalba, lector de Noticias Montreal, sugiere —con cierta frustración— que “definitivamente no hay muerto malo”. Para él, Diomedes fue un “maestro del vallenato pero un asco de ser humano”. Su juicio podría ser enteramente correcto, pero como lo sentencia Yosoyunica, una comentarista de la columna de Catalina Ruiz-Navarro, “a Diomedes se quiere como artista, no como persona”, porque como artista, Diomedes Dionisio Díaz Maestre nos brindó (de eso deja constancia Juan Mesa, otro comentarista de la nota de la misma autora) “felicidad y armonía”.

El poeta Eduardo Escobar, una de las plumas más aquilatadas del país andino, afirma “nunca haber entendido que el país lo convirtiera en ídolo”. Para él, “Diomedes nunca pasó de ser más que un formidable aullador, en los escenarios, y por fuera de los escenarios un canalla, indigno de servir de modelo a las generaciones del futuro”. Sin embargo, haber llegado a ser quien fue, a pesar de haber sido, como lo advierte Frank Molano Camargo, un niño colombiano que “tuvo una escolaridad de baja intensidad”, que “escasamente aprendió a leer y escribir”, y de haber perdido un ojo en la infancia, es lo que hace a Diomedes Dionisio Díaz Maestre uno de los diez personajes históricos más importantes del siglo XX en el Caribe colombiano.

Entre sus logros se encuentra el de haber sido capaz de cultivar en el corazón de la gente una alegría genuina, una esperanza romántica y la consolación frente a la adversidad, en medio de la tragedia humanitaria en que se debatió Colombia durante la época en que él hizo carrera. Es por eso que se llora y se lamenta su muerte, a pesar de que un número considerable de personas, como Ampuloso, un comentarista de El Espectador, se lamenten “de que no se haya muerto antes”.


martes, 1 de diciembre de 2015

Vallenato y sus transfusiones " El vallenato Patrimonio Inmaterial de la Humanidad"

Por: Juan Carlos Piedrahíta B.

El Café la Bolsa era el lugar exclusivo del vallenato en Valledupar durante la década del 50. En aquel entonces, el danzón, el filin y el bolero cubano se encargaban de marcar los ritmos en los clubes tradicionales y en los sitios de tertulia del Cesar, mientras que el folclor era una designación casi particular para las zonas rurales y para este cafetín, en el que después de las 5 de la tarde se encontraban algunos artistas y líderes comunitarios listos a debatir sobre el futuro político del país, y cuatro horas más tarde, personajes como Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta y Rafael Escalona relataban sus vivencias cotidianas.

Allí la jornada no podía terminar en algo distinto a una gran parranda vallenata y en ellas participaba Hugues Martínez, padre de José Darío y directo responsable de que ‘Chabuco’ hubiera optado por la interpretación de estos clásicos de clásicos.

Nido de amor, de Octavio Daza; La casa, de Carlos Huertas; Así fue mi querer, de Gustavo Gutiérrez Cabello, y A un colega, de Emiliano Zuleta Díaz, son algunos de las piezas entrañables del folclor vallenato que ‘Chabuco’ recopiló en su más reciente producción discográfica, llamada Clásicos Café la Bolsa, en la que lo acompañan Kike Purizaga en los teclados, Diego Valdés en el bajo, Horacio ‘El Negro’ Hernández en la batería y Dayhan Díaz en la trompeta. En este álbum no hay acordeón, pero se insinúa toda la esencia de la tradición folclórica.

“Este formato con el que interpreté la música que me ha acompañado durante toda la vida creo que le da un puesto bonito al vallenato y me parece que es más fácil que se entienda fuera del país”, comenta ‘Chabuco’, quien desde 1998 y por casi cuatro años fue el vocalista del grupo Los Pelaos y después hizo pareja artística con el acordeonero Nicolás de los Ríos.

Como solista, ‘Chabuco’ ha querido impulsar las historias de su tierra, pero innovando en la forma de presentarlas. Por eso en su primer disco, Nació mi poesía, las interpretó con el respaldo de un piano. Ahora en su segundo registro amplió la estructura para intentar que el vallenato ingrese en los festivales de jazz y de música étnica en todos los rincones del mundo. “Valledupar está entre la Serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta y allí fluye magia. Es una tierra de mucha pasión, por eso brota tanta gente campesina a la que le gusta contar su cotidianidad y sería lindo que el mundo entero se convirtiera en cómplice de esa tradición”, dice ‘Chabuco’, quien además se confiesa seguidor de Pablo Milanés y de los demás integrantes de la Nueva Trova Cubana, pero también, y gracias a su hermano pintor, disfruta del soul y del rock.

Con esta nueva indumentaria, el vallenato no se reserva el derecho de admisión y aunque salió del ‘exclusivo’ lugar del Café la Bolsa, tiene la intención de eliminar las pocas fronteras que todavía se le resisten.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

EL ADIOS A UN JUGLAR Calixto Ochoa Campos

Calixto Ochoa nació en la población de Valencia de Jesús, departamento del Cesar, el 14 de agosto de 1934. Sus inicios musicales se remontan a su niñez cuando se escapaba de la casa y se iba a las parrandas que se hacían en las fincas del Cesar, donde sus hermanos mayores, buenos acordeoneros, tocaban hasta el amanecer. Según sus propias palabras, le cogía a escondidas el acordeón a sus hermanos Juan y Rafael Ochoa y así aprendió el manejo de este instrumento de origen alemán.

“Con el tiempo y con esfuerzo compré un acordeón y comenzaron a buscarme para que tocara en las fincas y en los pueblos de por aquí. Hasta que en una ocasión un amigo me propuso que saliéramos a recorrer la Costa”. A los 19 años se marchó del hogar y estuvo en San Jacinto, Carmen de Bolívar, Ovejas, Corozal y otras poblaciones, en la época en que el conjunto vallenato sólo estaba compuesto de acordeón, guacharaca y caja.


De pueblo en pueblo, llegó a Sincelejo en 1956 donde realizó su primera grabación, que tuvo muy buena acogida y le abrió las puertas a las grandes disqueras del país. Tenía 21 años cuando grabó su primer disco titulado El lirio rojo para el desaparecido sello ECO. Esta canción, que tuvo muy buena acogida en toda la Costa, le abrió las puertas de las grandes casas disqueras del país. Discos Fuentes fue la primera en llamarlo y fue artista exclusivo de ésta por más de una década. Tras 13 años de trabajar para Discos Fuentes, ensayó con otras empresas, pero siempre volvió a la compañía con la que tantos triunfos construyó.

Se coronó Rey vallenato en el III Festival de la Leyenda Vallenata, que se llevó a cabo en 1970, con los temas El gavilán castigador y La puya regional. Ganó en reñida competencia con personajes de la talla de Náfer Durán y Emiliano Zuleta Díaz. En 1961 fue fundador de la famosa agrupación Los Corraleros de Majagual, junto con Alfredo Gutiérrez, Eliseo Herrera, César Castro, Lucho Pérez y Antonio Cavas. Todos ellos eran jefes de sus propios conjuntos y un buen día decidieron conformar un "conjunto de conjuntos" que agrupara a las principales figuras de ese momento, algo parecido a lo que había hecho la Sonora Matancera en Cuba.

El talento supremo de Calixto Ochoa se evidencia en éxitos como Los sabanales, Playas marinas,  Todo es para ti, La india motilona, La reina del espacio, Marily, La Compañerita, La Llanerita, Palabra Sagrada, Irene, El niño inteligente, Chispita de Oro, La Voz del Pueblo, Cuatro Penas, Si el mar se volviera ron, Angelito (Nubia), Hombre enamorado, Amparito, Mi Color Moreno, Diana, El solterito,  y El africano, entre otros, siendo Diomedes Díaz su máximo interprete.

Calixto Ochoa creó su conjunto con el cual interpreta sus propias obras, que ha compuesto en ritmo de paseo, porro, son, cumbia y paseaíto. Este último, el paseaíto, fue un ritmo creado por él en Cartagena, que es un paseo con un poco de más movimiento.

Tanto con Los Corraleros de Majagual como con sus propios conjuntos, ha cumplido actuaciones en diferentes países del exterior de los cuales se destacan Venezuela, Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Nicaragua y República Dominicana.

Con su propio conjunto, Calixto logró mantenerse en la cima con éxitos como “El africano”, “Listo Calixto”, “Muriendo lentamente” (cantado por el desaparecido Luis Cuadro) y “Las flores”, este último interpretado por el cantante de salsa colombiano Saulo Sánchez, vocalista de la orquesta Los Titanes, de Barranquilla.

La salsa se nutrió de varias obras de Calixto Ochoa; y cito, por ejemplo, al tema “Manantial del alma”, que fue grabada por la orquesta de Roberto Roena y su Apollo Sound, cantado por Sammy González, y que le fue cambiado el nombre por “Cui cui”.

Fruko y sus Tesos hizo una versión de la “Charanga campesina”, que fue muy exitosa al comienzo de los ochenta, la cual fue interpretada por el cantante cartagenero Joseíto Martínez.

Era un intérprete polifacético en la materia musical. AL mismo tiempo se le reconoce su capacidad de intérprete clásico del vallenato, también le adornan cualidades extraordinarias para componer e interpretar aires musicales que cultivan la atención de sus seguidores por el contenido picaresco de sus versos, cuyo argumento se adapta a todos los públicos del universo. 'La Ombligona', 'Compae Menejo', 'Todo es para Ti', 'El Africano', 'Martha', 'Marily', 'Lirio Rojo', 'Los Sabanales', Son algunos de los títulos que han inmortalizado su talento más allá de las fronteras patrias. Su obra ha sido interpretada por los conjuntos de los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz y los Corraleros de Majagual, entre otros. En el plano internacional la difusión de sus composiciones ha correspondido a Franck Pourcel, Wilfrido Vargas y Paul Murriat. En los primeros años de vida profesional vivió en el municipio de Codazzi - Cesar y posteriormente se radicó en Sincelejo - Sucre por allá en el año de 1956. Para el máximo trofeo debió vencer a Nafer Durán y Emilianito Zuleta. Los sabanales, El calabacito, El viejo del sombrerón, El pirulino, La medallita, y muchos otros clásicos de la música tropical colombiana, tienen nombre propio, el de una leyenda del folclor como Calixto Ochoa. 

Hasta que en una ocasión un amigo le propuso que salieran a recorrer la Costa”. A los 19 años se marchó del hogar y estuvo en San Jacinto, Carmen de Bolívar, Ovejas, Corozal y otras poblaciones, en la época en que el conjunto vallenato sólo estaba compuesto de acordeón, guacharaca y caja. De pueblo en pueblo, llegó a Sincelejo en 1956 donde realizó su primera grabación, que tuvo muy buena acogida y le abrió las puertas a las grandes disqueras del país. Tenía 21 años cuando grabó su primer disco titulado El lirio rojo para el desaparecido sello ECO. Esta canción, que tuvo muy buena acogida en toda la Costa, le abrió las puertas de las grandes casas disqueras del país. Discos Fuentes fue la primera en llamarlo y fue artista exclusivo de ésta por más de una década. Tras 13 años de trabajar para Discos Fuentes, ensayó con otras empresas, pero siempre volvió a la compañía con la que tantos triunfos construyó.

Tanto con Los Corraleros de Majagual como con sus propios conjuntos, ha cumplido actuaciones en diferentes países del exterior de los cuales se destacan Venezuela, Estados Unidos, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Nicaragua y República Dominicana.

Ha partido hoy 18 de noviembre de 2015 en la ciudad de Sincelejo departamento de Sucre paz en su tumba.

Información y prensa: dfprensa@discosfuentes.com

martes, 29 de septiembre de 2015

CON EL VIENTO A MI FAVOR LO NUEVO DE IVO LUIS DIAZ Y ALMES GRANADOS


El disco fue lanzado el sábado 26 de septiembre, en el Club Valledupar, ante la prensa y un numeroso grupo de invitados especiales, entre los que estabán presentes los defensores del vallenato clásico.

Un espectacular lanzamiento realizaron Ivo Díaz y Almes Granados, quienes presentaron su álbum musical ‘Con el viento a mi favor’ con una nutrida asistencia.

El evento se realizó con un excelente escenario con luces y efectos especiales que matizaron la brillante actuación de  Ivo Díaz y Almes Granados, quienes interpretaron las 15 canciones del nuevo repertorio.

Al evento asistieron los compositores Gustavo Gutiérrez, autor de la canción ‘Poquito a poco’; Mateo Torres, Beto Murgas, Deimer Marín, entre otros, quienes elogiaron la elegante presentación de los artistas en un escenario muy bien decorado que le dieron elegancia al evento organizado por  Ruby López, esposa de Ivo Díaz.

La escogencia del material fue consultada, previamente, con conocedores del arte musical, quienes fueron los responsables de seleccionar el repertorio, manifestaron los protagonistas: Almes e Ivo Luis.

Quince compositores de los llamados Clásicos del Vallenato, aportaron sus obras para el nuevo disco de Ivo Díaz y Almes Granados, titulado ‘Con el viento a mi favor’, que salió al mercado el jueves 10 de septiembre.



 Los temas y los autores son los siguientes:

1. Con el viento a mi favor (Marciano Martínez)
2. De poquito a poco (Gustavo Gutiérrez Cabello)
3. Campanitas de mi pueblo (Emiro Zuleta)
4. Cincuenta (Ivo Díaz)
5. El Aventurero (Leandro Díaz)
6. Cuento de Hadas (Fernando Dangond Castro)
7. Paloma Blanca (Romualdo Brito)
8. Me equivoque contigo (Juan Manuel Gutiérrez)
9. Como puedes olvidar (Rafael “Taty” Jácome)
10. El ultimo corazón (“Poncho” Cotes Jr.)
11. El Pintor (Adolfo Pacheco)
12. Una lagrima de amor (Wilson Gutiérrez)
13. Gracias papá (Mateo Torres)
14. Me lo dijo mi mamá (José Carlos Guerra “Pitalua)
15. La carta (Carlos Huertas).

La selección musical de este CD fue consultada, previamente, con exigentes calificadores del arte musical que escogieron este selecto contenido.

El disco se presentó en un gran evento el sábado 26 de septiembre, en el Club Valledupar, ante la prensa y un numeroso grupo de invitados especiales, entre los que estuvieron presentes, importantes amantes y defensores del vallenato clásico.

Fue un evento sin precedentes por su contenido y despliegue en la historia de las publicaciones de discos en Valledupar.