RANCHERIASTEREO

viernes, 21 de diciembre de 2018

ANDRÉS LANDERO, UNA HISTORIA


Por: Graciela María Morillo Araujo


El hijo de Rosalba Landeros e Isaias Guerra, Andrés Gregorio Landero Guerra, aprendió a querer la tierra que le permitió forjar el sentido de compositor, apoyado siempre por su padrastro Dolores Estrada y Rosalba Landeros, de la que lleva su apellido e intransigencia. 

Desde los ocho años visitaba el monte fascinado con el canto de los pájaros, ayudando esto a su sentido musical. Por eso le ha cantado a todo, desde la mujer hasta el ave silvestre. 

En su haber tiene una herencia musical, su padre Isaias Guerra, fue un gaitero diestro, quien anduvo con Toño Fernández, por los confines de la región, haciendo sonar el instrumento mágico que deja ensoñaciones a quien la escucha. Su abuelo fue un reconocido tamborero.

Andrés, se independizó de su hogar a la edad de 17 años, y construyó su propio mundo, comprando una parcela donde cultivó tabaco. Cada domingo bajaba del monte a la casa, en una de esas visitas, una tarde logró escuchar al acordeonero del pueblo "Pello Arrieta", tocando "El Tigre Mono", le fascinó y lo silbó durante muchos días, como si aquel disco lo hubiese embrujado, con los acordes de aquella composición. Los habitantes de la región están convencidos que a Landero, lo asustó El diablo, solo porque no le hizo caso al viejo Caro, un vecino quien le pidió que no silbara tanto ese "Tigre Mono", pero desobedeció la sugerencia del "Maestro" y como represalia, el demonio le silbó durante horas y horas.

Miguel Landero, sería el mecenas de la época y le compró al viejo "Pacho" Rada, un acordeón en 60 pesos, pero el afortunado no fue el primo, si no Andrés , quien aprendió a sacar notas, se volvió un diestro para ejecutar el instrumento.

Su debut se hizo frente a los matarifes de San Jacinto, y ganó 12 pesos. Todos quedaron asombrados con el joven acordeonero, fue cuando le dijo a su progenitora: " me voy pa´la música". Su primer acordeón se lo regaló un Turco, como le dicen en nuestra tierra a todos los árabes. La primera composición, "Alicia la campesina", fue un homenaje a un amor que no sería el primero ni el último.

Nació en San Jacinto (Bolívar) el 4 de febrero, y formó su primer conjunto con Antonio Yaspe, Juan Gregorio Ortega, y Vicente Fernández y se casó con Lastenia Blanco. Como compositor, cuenta con más de 400 composiciones, en las que se destacan: "Flamenco, las miradas de Magaly, Perdí las Abarcas, El Clarín de la Montaña, Cariñito y la Pava Congona", con este último tema ganó el festival de Sincelejo en 1966. También ganó el Festival Sabanero de Arjona en 1967 y en el Festival de la Leyenda Vallenata ocupó el segundo lugar. 

Los viajes empezaron y Landero realizó giras a Venezuela, Panamá, República Dominicana y México. En éste país, fue declarado «Rey de la cumbia».

Nunca se olvidará esa carga de nobles intenciones, que siempre tuvo García Márquez, para que Andrés Gregorio, ganara una versión del Festival Vallenato. Además era un fiel admirador del toque de su acordeón. Andrés fue homenajeado como Rey Vitalicio en el Festival Vallenato de 1999 y falleció el 1 de marzo del 2000. Nos queda una sola tarea, luchar por nuestros compositores, acordeonistas, exaltarlos y valorar sus creaciones en aras de que no se pierda en el olvido lo que han hecho por el folklor.

martes, 18 de diciembre de 2018

"Cogió el Camino a la montaña" Y MURIÓ SIN VOLVER AL PLAN


Por Antonio Daza Orozco



Pasaron más de 60 años de esa tarde cuando Simón, en su loca carrera pon salir de El Plan, dejo enganchado su sombrero en un peralejo y ni cuenta se dio.

Esa tarde, la hija única de Santa Salas Perea y Francisco Baquero, Sara Maria estaba embarbascada y resoplaba como leona herida por que su sobrino Simón le sacó un merengue el que llegó a sus oídos el día menos pensado y eso no le gustó nadita… llena de soberbia se levanto lentamente de taburete donde estaba reclinada, botó el tabaco que fumaba al suelo y dijo: “Díganle a ese muérgano que no lo quiero ver más en el Plan, que aquí no vuelva a poner un pie”.

Esa sentencia fue notificada a Simón, que conociendo a su tía precipitó su ida y en su loca carrera por la sabana, hacia La Quinta, su finca en la Sierra Montaña, se le quedo enganchado el viejo e inseparable sombrero sobre un peralejo…

La historia de esa “expulsión” comienza con una invitación que le hiciera Simón Salas a Rafael Escalona para que fuera a El Plan, que allá le guardaba un sancocho de gallina. A los poquitos días Rafael se tropezó en el Valle con la vieja Sara, y le comento de la invitación que le hiciera Simón, y esta de inmediato le respondió “Gallinazo, te brindara Simón, porque ni gallinas tiene”.

No se sabe cómo se enteró Simón de lo que su tía le dijo a Escalona y para desquitarse le compuso el mentado merengue que en una parte dice:


”Una señora del poblado y que se fue
a indisponerme con Escalona, allá en el Valle 
porque seguramente necesitaba un traje
a cambio de una tacita de café”.

Ya lo había cantado, acompañado de Juan Manuel Muegues, en una parranda, pero no quería que ella se enterara por temor y respeto Cuenta que cuando Sara Maria Salas la escuchó, llena de rabia, gritó: “Lo necesita ese sinvergüenza, que ni siquiera calzoncillos ha usado nunca”

Desde su atalaya, en “La Quinta”, su finca en la Sierra Montaña, Simón oteaba a lo lejos las luces del Plan, nostálgico, resentido pero con un deseo endemoniado por volver… en esas duro casi 10 años porque nada pudieron hacer Poncho Cotes y otros amigos por convencer a la terrible Sara Salas, ni siquiera el canto que compuso escalona “El destierro de Simón” en el que describe su soledad y la tristeza que tenia por poder volver a El Plan. A su regreso todavía encontró guapa a su tía y ni modo de acercarse a esa mujer, que en veces era dadivosa, festiva, amigable y en otras sobresalía su carácter fuerte y firme… 

Simón recordaba la última frase que ella le grito cuando corriendo salió del pueblo “No se te olvide que yo me llamo Sara, pero mi apelativo es María” y seguro él sabía lo que quiso decir… De nuevo Simón Salas en su tierra se sentía extraño y eso lo molestaba, un día partió sin deseos de volver… era su segundo destierro, este algo voluntario.

Después de más de 60 años de su segunda partida, Simón Salas Núñez quiso romper su juramento y volver al Plan, "es que a cierta edad los pensamientos se vuelven melancólicos como le ocurre a una persona a sus 96 años" nos dijo... 

Pero el locuaz acordeonero que también fue compositor, ese que Sara María Salas Baquero echó de El Plan y quiso siempre volver, la muerte le dijo que no... 


"A mí me gustaba también la música de viento y por eso mi mamá me llevó a Urumita, estaba muy pelao. Me puso un maestro en Urumita para que me enseñara y a mí me gustó fue la trompeta, pero pequeña. Me dieron un bajo grandote, ¡nombe! no sea pendejo, me dio rabia y mi mamá me llevó a la casa. No volví”, dijo Simón"

miércoles, 28 de noviembre de 2018

ASÍ HE QUEDADO YO



Por: Checho Diaz.


Si hablar de vallenatos inolvidables decembrinos, hablamos de grandes recuerdos en el ser humano, poesías convertidas en canciones, sucesos llenos de alegrías y tristezas en algunas ocasiones. Es el caso de una de las canciones mas recordadas en el mes de diciembre, canciones que en el fin de año nos vuelven melancólicos, llenándonos de recuerdos,"Así He Quedado Yo" una obra musical de uno de los grandes compositores que tiene el vallenato de verdad, Jacinto Leonardi Vega, de La Junta, La Guajira, grabada por Los Betos en 1985.

Así He Quedado Yo, la canción mas rápida que ha compuesto Jacinto Leonardi Vega, en medio de una desilusión hace muchos años. Una historia de amor que comenzó en La Junta, Guajira, tierras de este poeta. Jacinto vivía y estudiaba en valledupar, en sus vacaciones siempre llegaba a su querida Junta; en medio de sus vacaciones que iban y venían, conoció a "La Nena" como la llamaban, y se enamoró perdidamente de ella; sus ojos solo veían en ella un amor para nunca acabar, jóvenes dispuestos a brindarse todo el cariño que los acogía, ella contaba con algunos 15 años y Leonardi vega de unos 17; Unos amores sanos, donde solo cabían las bonitas palabras y los encuentros a escondidas donde solo ellos eran testigos del amor que se prometían. 

Apenas comenzando este noviazgo, Leonardi tuvo que marcharse par ala ciudad de Bogotá, pero la distancia no fue impedimento ni para ella, ni mucho menos para el; esto se haba convertido entre ellos un romance hermosisimo, era la época de las cartas, de los telegramas, donde ella desde lo mas profundo del alma le escribía en la distancia sus cartas llenas de mucho cariño, cartas que llegaban con el olor a su perfume, detalles de ambos, eran su principal sostenimiento para la relación. Cartas poéticas que ella se aprendía de memoria y se las recitaba por teléfono. (Fue tan grande ese amor por ella, que sus primeras canciones fueron dedicadas a "la nena", entre esos éxitos ESPÉRAME, grabada por Silvio Brito y Ciro Meza, ALLÁ EN MI TIERRA, grabada por Jairo Serrano Y El Pompi Rosado). Tantas canciones, versos dedicados con el mas profundo amor que sentía, serenatas vía telefónica y sus vacaciones que no desperdiciaba para ir a verla, un aliciente para los dos. 

El tiempo transcurría y a mediados de 1984 llegó un medico de Villnueva Guajira a San Juan del Cesar hacer el Rural, municipio donde estudiaba la joven, y este quiso ser el centro de atracción para las jóvenes en aquella época, ¨¨el don juan del pueblo¨¨, empezando a molestarlas y enamorándolas, entre muchas, empezó a conquistar y echarle "el cuento" a la joven novia del compositor. El tiempo pasaba y en medio de conquistas del medico, ella calló en sus garras, sosteniendo entre ambos una relación. 

El tiempo en su andar, pasaba y el 22 de Diciembre de 1984 llegó Jacinto a valledupar y Marciano Martinez al saber de su presencia en el valle, lo llamo y le contó lo que sucedía; noticia que le arrugó el corazón por completo al poeta, sintió que el mundo se le derrumbaba, al saber lo que nunca pasaría por su mente, una traición amorosa. 



En medio de tanto dolor y destrozado, en su casa, se le vinieron muchas cosas a la cabeza, entre ellas unos versos de mucha melancolía, al saber lo que pasaba, una obra musical que hizo en media hora de principio a fin. Fueron tantas las cosas que le sucedían en ese momento que no tuvo espera para componerla. El 30 de diciembre de ese mismo año, el compositor se marchó para la junta a ponerle una serenata con esa misma canción que le había compuesto, "ASÍ HE QUEDADO YO"... La noche caducaba y asomaba la madrugada cuando se acercó a su ventana y entonó aquellos versos llenos de tristezas...


Entre mi pueblo y el fondo azul del cielo 
Yo veo muy triste llegar el año nuevo 
Todo es igual menos mi dolor 
No eres la misma tu vuelo te cambió 
Ahora tus besos me saben a traición 
Porque si yo te di lo mejor... 

Ella, al escuchar su voz se vino en lagrimas al asomarse a su ventana, esa noche lo acompañó Uchi Escobar en el acordeón y otro amigo en la guitarra. Se venían los Betos con un nuevo LP para 1985, tenían casi todo listo y estaban recogiendo ya casi una ultima canción para llenar todo el Disco. 

Para la época, la llamada se presentó por parte de Beto Villa, quien quería una canción de Jacinto Leonardi: Al marcharse el compositor nuevamente a Bogotá, allá se reunieron para escuchar la obra musical, ese día desayunaban en el hotel Cosmos de la capital colombiana, al escucharla fue una felicidad para villa, por el mensaje y el contenido literario que tenia. En el estudio nuevamente la cantó, Jacinto el mismo hizo la guía, ASÍ HE QUEDADO YO, fue la ultima canción que llegó al proyecto PARRANDAS INOLVIDABLES. 1985.


https://www.facebook.com/chechodiazvallenato/videos/180876966186157/

GUSTAVO GUTIERREZ CABELLO EL DEL ALMA HERIDA






















Por Mauricio René Pichot Elles.


Conocí personalmente a Gustavo Gutiérrez, apenas hace algunos años. Es flaco, irremediablemente flaco y quedo, muy quedo como dirían en Macondo para referirse a aquellos que por dentro tenemos un sentimentalismo permanente… que andan como zurumbáticos, dicen en el Caribe. Como si de un alma herida se tratara, de una perpetúa pena por dentro. “Que andan como idos”, le escuché alguna vez a una vieja atanquera.

“Es algo que yo no me he podido explicar nunca, pero es un sentimiento que llevo por dentro, como una tristeza de siempre”, me dijo, como si quisiera disculparse, en un momento de alguna de las varias conversaciones que tuvimos antes y después de este primer encuentro personal, tantas veces por mí anhelado.

Tiene el cabello abundante y negro. No le veo una sola cana a pesar de ser un hombre que pasa de setenta años. Tiene cejas abundantes y una cara de adolescente siempre pensativo. 

Era un sábado por la tarde, caluroso, brillante y como lavado por una lluvia reciente de esas que cada vez son menos continuas en Bogotá si recordamos la frase de Gabito cuando llegó a la ciudad en los años cuarenta del siglo pasado. “Es una ciudad donde llueve constantemente y las campanas tocan a muerto todos los días”.

Gustavo había llegado a un estudio musical del norte de la ciudad a acompañar a un grupo de niños invidentes que grabarían su primer disco de cantos vallenatos, con cantos clásicos, entre ellos, algunos de Gustavo. La iniciativa lo entusiasmó desde el principio. En el estudio, Gustavo se movía en medio de los niños. Escuchaba y corregía a los pequeños y de vez en cuando aprobaba con la cabeza y con la barbilla apoyada en una de sus manos.

Adentro, en el inmenso acuario ´de la grabación, uno de los niños Arley tocaba con su acordeón la melodía inconfundible de Así fue mi querer. Su voz, en tránsito de la niñez a la adolescencia, cantaba…”muere lentamente, muere un querer, amanece un nuevo día y estoy muy resentido de tu proceder”… Gustavo sonreía.

De repente, Gustavo, quien analiza y mira, entona el canto completo con el acordeón de Arley en un instante, el estudio se llena de magia. El poeta, extasiado por los recuerdos y las nostalgias, cierra los ojos y a uno se le aprieta el alma. Su voz invade los corazones de todos los presentes.

Muere lentamente, muere un querer amanece un nuevo día y estoy muy resentido de tu proceder como hojas secas del árbol que caía en verano humilladas por la brisa se ven rodar…

Era octubre de 1979 y Gustavo recién se retiraba de la Oficina de Turismo de Valledupar, de su viejo Valle Querido. El paso por un puesto público lo había mortificado. “Fueron cinco años en los que no pude componer ni una canción”. Cuando le pregunto por una estrofa en especial del canto, en donde hace una bella metáfora… 

En lo alto de la montaña sólo hay silencio el viento es fresco y cuando hay tiempo de lluvia las nubes besan la punta ´el cerro. rumores de melodía sólo se escuchan de ese romance limpio como es la Nevada, brillante como la luz del día…

Entonces relata enternecido, “yo estaba en Río Seco, cerca de Patillal. Había ido a acompañar a mi hermano José Tobías, quien iba a revisar un cultivo y después de un torrencial aguacero me quedé embelesado y miraba hacia el Cerro donde la punta se juntaba con las nubes, de allí, acompañado con un amor en el alma, nació la canción”. El canto fue grabado en los años ochenta por el acordeón de Emiliano Alcides y Tomas Alfonso Zuleta Díaz, los hermanos Poncho y Emilianito Zuleta.

Así fue mi querer es uno de los cantos de Gustavo que transmite una extraña sensación, de esas que dan ganas de llorar de alegría. A mí me gusta mucho, relata mientras queda en el aire el eco del acordeón nostálgico de Arley y el Poeta lo mira entretenido.

La grabación continúa y los niños reciben atentos las recomendaciones del Maestro para poder plasmar en los modernos compactos del siglo veinte el sentimiento de cada uno de esos autores legendarios que interpretan llenos de la ilusión propia de quienes apenas despiertan a la vida.

En una de las pausas de la grabación, me acerqué al Poeta. “Cómo va el programa, me preguntó”. Bien, le respondí emocionado. Se refería a un espacio radial de los sábados en la emisora de la Universidad Nacional en Bogotá, en donde cuento las historias, crónicas y relatos de los cantos vallenatos junto a cada una de esas interpretaciones. A Gustavo ya lo había entrevistado varias veces para conocer de él y del origen de sus cantos.

A su lado estaban Gustavo José y Evaristo, dos de sus hijos. A Gustavo José, le compuso Mi Niño Se Creció. “En algún momento me di cuenta que el tiempo había pasado muy rápido y ya Gustavo José era un hombrecito de diez años y me entró la nostalgia. 

“El hijo que tanto quiero me vino a endulzar la vida y con mi madre querida lo que más quiero, lo que más quiero. Son dos amores que tengo, el uno nuevo y el otro viejo…

El canto lo grabaron en los años ochenta los hermanos Tomás Alfonso y Emiliano Alcides Zuleta Díaz, dos de los hijos del viejo Emiliano Zuleta Baquero.

“De niño era muy enfermizo. A mi mamá le decían que yo no iba a pegá.” Me dijo en otra ocasión por teléfono. El día en que lo conocí personalmente, era una tarde de un sábado brillante y lavado por el viento frío de una lluvia reciente. Bogotá, la ciudad a donde yo había llegado hacía más de dos décadas, despedía a uno de esos aguaceros ligeros, rápidos, que contrastan con el cielo espeso y la llovizna perenne que aún persiste en algunos días, igual a la que vio el Hijo del Telegrafista de Aracataca cuando vino a este lugar en la primera mitad del siglo pasado y sobre la que dijo después “la gente viste de negro, llueve todos los días y las campanas tocan a muerto”.

Ya la gente no viste de negro, excepcionalmente se usa. Bogotá se llenó de colorido y el cambio de clima es constante. En pocas ocasiones se ve esa ciudad triste de antaño.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

CUANDO MATILDE CAMINA



Por Ariel Castillo

Ingeniero Agrónomo y Premio Nacional de Periodismo ‘Simón Bolívar’ 2007, el villanuevero Julio César Oñate Martínez es un compositor que no se ha conformado con enriquecer nuestro folclor mediante el aporte de sus canciones, sino que se ha dedicado, con rigor y lucidez, a estudiar a fondo la rica tradición musical del Caribe colombiano y, lo que es aún más valioso, a comunicarnos los resultados de sus indagaciones.

Autor de ‘El abc del vallenato’, un verdadero vademécum para los amantes del vallenato, Julio Oñate nos entrega en esta ocasión ‘Cuando Matilde Camina’, en el que cuenta las historias de 32 canciones clásicas de la música de acordeón, narradas con la sabrosura y la maestría de un premio nacional de periodismo, lo que constituye una garantía de deleite para el lector, quien tiene además la oportunidad de poner como fondo musical los dos CD que acompañan el libro en el cual se reúnen nuevas versiones de las canciones, en formato tradicional de caja, guacharaca, acordeón y guitarra, a cargo de reyes vallenatos (Náfer Durán, Juan José Granados, Omar Geles, ‘Chiche’ Martínez, ‘Beto’ Rada, Ciro Meza, ‘El Pollito’ Herrera, Freddy Sierra, Harold Rivera, entre otros); acompañados por los mejores cajeros y guacharaqueros de Valledupar; vocalizados por cantantes consagrados (Ivo Díaz, Iván Villazón, Daniel Celedón, Elías Rosado, Freddy Peralta, Poncho Cotes Jr.) y nuevas y sorprendentes voces femeninas (Jenny Cabello, Martha Solano, Lucy Vidal) que con los coros de Julito Morillo consiguen la mejor grabación de vallenato puro de los últimos tiempos.
Uno de los mitos que se han tejido en torno al vallenato a raíz de su encumbramiento a lo largo y ancho del país, ha sido el de su carácter narrativo, su condición de periódico cantado para llevar las noticias de un pueblo a otro. Si esto fue así alguna vez, no quedan testimonios probatorios. Pero lo que no ofrece dudas es la tendencia del vallenato tradicional a arraigar en la realidad antes de emprender el vuelo verbal de los cantos. De allí la abundancia de nombres propios de personajes o pueblos o lugares, al servicio de núcleos narrativos que muchas veces sólo se esbozan o comentan, pero no se desarrollan. De allí también que, en algunas ocasiones, la historia de los cantos, al privilegiar los detalles, los sabrosos pormenores, sea superior, narrativamente hablando, a la que cuentan los cantos.
Pero en numerosos casos, para el oyente que no ha crecido dentro de ese ambiente cultural las referencias a la realidad local se convierten en enigmas.
Ese es justamente uno de los grandes servicios de Cuando Matilde camina, este libro atento de Julio Oñate quien rastrea y reconstruye, acudiendo a diversas fuentes, la anécdota, manifiesta o insinuada, en treinta y dos composiciones clásicas de la música de acordeón, nacidas de una circunstancia particular vivida o conocida por el compositor, con lo que enriquece nuestra apreciación de las canciones y aumenta el disfrute de las mismas, al aclararnos alusiones y referencias de difícil y, a veces, imposible comprensión, por su carácter local. Cuando el oyente tiene las claves necesarias para entender a plenitud las canciones, éstas trascienden la circunstancia individual y municipal y se convierten en radiografías o símbolos de una manera de vivir, de un orden social, de una condición particular de los seres humanos. Hoy, cuando la inclusión de la música de acordeón en el reconocimiento global de los Grammy Latinos amplía hasta extremos impensados el público de esta expresión musical, se hacen imperiosos estos trabajos que contribuyen a su difusión y a su apreciación competente por un público amplio, más allá del río Cesar.
Pero el libro es mucho más que una reunión de anécdotas amenas narradas con un gran sabor costumbrista que se manifiesta en dichos, adjetivos, metáforas y léxico de uso popular caribe, además de un constante humor sano y socarrón, que confiere a los cuentos y cuadros que Julio recrea el sabor celestial de la conversación coloquial y parrandera en la que al goce de los cantos se alía el encanto de los cuentos.
Cuando Matilde camina es asimismo una especie de novela de aventuras caribes por los recodos más intrincados de nuestra región, un viaje permanente que se inicia a comienzos del siglo pasado en Ciénaga y se extiende hasta la llegada de los aparatos de sonido y el olvido de los conjuntos de gaiteros y de las bandas, y su recorrido nos permite un encuentro con muchos de sus personajes emblemáticos, a bordo de lanchas, yips, motos, chivas o carrocerías de camiones y una excursión por las infinitas fiestas, desde bailes de salón hasta corralejas, con sus ríos de ron, sus cataratas de cerveza, sus arroyos de chirrinche, sus mares de whisky y sus jagüeyes de ñeque.
Leer este libro no sólo amplía nuestro conocimiento de la región Caribe colombiana y sus hábitos culturales, su manera de ser, inmortalizada por Cien años de soledad hace cuarenta años, sino que también nos ayuda a entender por qué García Márquez afirmó que su novela es un vallenato de cuatrocientas páginas.
Un detalle llama la atención en la mayoría de las composiciones: su origen está íntimamente ligado al fracaso, a la tragedia, a la muerte, al engaño, a la derrota, a la estafa. Sin embargo, el poder redentor de la palabra poética aunado al bálsamo de la música no sólo las rescata de las contingencias del tiempo, sino que las transforma en ámbito para el encuentro y la comprensión entre los seres humanos a través del rito ancestral del baile. Pero Julio no se limita al delicioso y divertido relato de las historias que van de la picaresca a la tragedia, de la comedia al melodrama, sino que comparte también con el lector numerosos datos relacionados con la historia de la música del Caribe colombiano, como los nombres de muchos músicos hoy olvidados que cumplieron el papel de insomnes pioneros; los despojos o las usurpaciones de los derechos de autor de algunas composiciones (el más afectado, Germán Serna), el diálogo cordial de la música de acordeón con el cuplé y el son cubano (‘Mírame’ y ‘La piña madura’); la historia de algunas grabaciones (‘Compae Chipuco’, ‘La banda borracha’, ‘El viejo Miguel’), la tergiversación de las letras (‘El verano’) y su recepción y proyección (‘Marianita’ que se vuelve frase insultante; ‘El caimán’ que llega al cine: y pudo haberse contado cómo se lo cantaban en Madrid a Franco).
Es de esperar que ‘Cuando Matilde camina’ no sólo transite de manera triunfal en el corazón y la memoria de los lectores, sino que sea el inicio de una larga saga de relatos que nos sigan informando de las intimidades e incidencias de los cantos populares.

Mientras tanto, de manera particular, recomiendo al lector detenerse en algunas historias que son verdaderos cuentos llenos de suspenso como la confusa muerte del gallo pivijayero ‘Poncho Zuleta’ o el destierro de Simón Salas por la Vieja Sara, y conocer de cerca a personajes memorables como las figuras paternas de Miguel Pacheco y Felipe Namén, enterarse de las picardías del indio Manuel María y del compositor Adriano Salas Manjarrés de polizón en un buque por las Islas Canarias, y de la historia trágica del siniestro de Ovejas o la muerte de Eduardo Lora y de Alicia Adorada; y disfrutar, además, de la compañía de las inolvidables mujeres sensuales que provocan a su paso no sólo la sonrisa de la sabana, sino una estela de pasión intensa, como la ‘Cañaguatera’, la ‘Pule Muegues’ y la ‘Aventurera’ que volvió loco a Pablito Flores, o la religiosidad heterodoxa de ‘Pepe’ Castro o la constancia amorosa del pirata guitarrista del Loperena o la amoralidad del viejo Emiliano Zuleta. Julio Oñate ha dicho que ya tiene adelantado el segundo tomo de estas investigaciones que aspiran a contar la historia de 32 canciones hasta llegar a 100 cantos vallenatos de primera línea. Quedamos desde ya a la espera de que esta promesa se cumpla, pues este tipo de trabajos llena un vacío para quienes apreciamos el vallenato y no hemos tenido el privilegio de nacer en las tierras del cacique Upar.

domingo, 23 de octubre de 2016

Kikey Díaz, una voz que perpetúa a Diomedes


Por Juan Rincón Vanegas

Desde muy niño su verdadero nombre quedó en el registro civil, en la tarjeta de identidad y luego en la cédula de ciudadanía porque hasta sus padres lo llaman Kikey Díaz, debido que se dedicaba a cantar sin descanso canciones de Diomedes y Enrique Díaz.

Esas figuras del universo vallenato lo llenaban por su calidad humana, carisma y estilo.

Él nació en Bosconia, Cesar, pero sus padres se trasladaron a Mandinguilla, corregimiento de Chimichagua, donde estudió en el colegio Santa Rosa de Lima y tuvo el apoyo de los profesores Javier ‘Mayo’ Alborch y Rosita Navas para cumplir su sueño de ser cantante.

“Era el cantante en todas las actividades culturales y siempre interpreté auténtica música porque me gusta más que la comida. Mis profesores me vieron el talento y me apoyaron. Vivo agradecido con ellos”.

En ese pueblo fueron sus primeros ensayos, y después de algunos años salió a dar vueltas por pueblos y ciudades en busca de poner en práctica lo aprendido. Es así como llegó a Bogotá donde vivía de las parrandas, hasta que recibió una llamada del célebre acordeonero Emilio Oviedo, quien lo invitó a grabar una producción musical, pero según sus palabras: “Las cosas no se dieron con la casa disquera”.

Entonces iba a volver a levantar vuelo, pero le llegó una propuesta para grabar con la agrupación ‘La gente de Diomedes Díaz’. Hoy está en eso.

El estilo de cantar del joven artista no tiene ninguna duda, y así lo expresa el grabador ‘Polacho’ Soto: “Tiene el mismo color de voz de Diomedes”.

Así mismo lo ratifica Kikey Díaz. “Lo mío es natural. No imito a Diomedes. Yo descubrí hace mucho tiempo que canto como Diomedes. Después que él muere, comencé a hacer la parodia. Inicié con el físico, el peinado, el modo de vestir, pero recalco que no imito su voz, la mía es natural. Los integrantes del grupo ‘La gente de Diomedes’ que dirige Harold Zabaleta, vieron en mí ese diamante en bruto y me están puliendo”1.

Es tanto el parecido de su voz con la de ‘El Cacique de La Junta’ que cuenta una anécdota. “Una vez estábamos actuando en un pueblo del Magdalena y un señor se subió a la tarima a pedir que quitaran la pista. Me tocó parar la música y cantar a capela y se convenció”. Él estaba interpretando la canción ‘El profesional’.

El encuentro con Diomedes

En este momento de la entrevista su emoción traspasa las barreras del sentimiento y cuenta su gran encuentro con Diomedes Díaz.
“Me encontré varias veces con él, pero la más emocionante fue en Barranquilla hace aproximadamente 17 años.

Estaba cantando y de pronto todo quedó quieto. Miré hacía atrás y era Diomedes que había llegado al acto.

Las piernas me temblaban. Él me quedó mirando. Yo estaba interpretando: ‘El 9 de abril’, una de sus canciones favoritas como me lo dijo, y entonces me invitó a cantarla nuevamente y de un momento a otro la cantó conmigo”.

En este momento las palabras huyeron tan de prisa que dejaron abierta la pista para que varias lágrimas aterrizaran en el rostro del joven artista.

Luego de haber pasado el trago del recuerdo cantó:

Me es placentero tener al frente
tan distinguidas personas
y con esmero presto mi gusto
para que sean complacidos
pero quisiera que me perdonen
cuando me vean pensativo
no me pregunten, ni digan nada
mejor pídanme canciones.

Al finalizar de cantar remata diciendo: “Esa canción también es mi preferida porque se identifica conmigo, es la realidad de la vida y compagina con todos los sentimientos”.

Ahora todo su talento y esfuerzo está dedicado a la grabación que adelanta en estos momentos, en la que tiene canciones de Diomedes Díaz, Marciano Martínez, José Alfonso ‘Chiche’ Maestre, Alberto ‘Tico’ Mercado, Franklin Moya, Luis Durán Escorcia, Reinaldo ‘El Chuto’ Díaz, Gregorio Oviedo, Arnobis Álvarez, ‘El Cocho’ Herrera, Hernán Gómez, Edinson Munive ‘El pequeño Juan’, y Orlando Liñán. Además, una canción inédita de Juancho Rois que lleva por titulo ‘Un solo sueño’. Como acordeoneros invitados estuvieron Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, Anuar García, ‘Neno’ Beleño, Junior Larios y el titular Tony Gutiérrez.

“La idea es perpetuar el canto de Diomedes Díaz, no reemplazarlo porque eso es ilógico. La idea es abrir las puertas de los corazones de los colombianos, de esas personas que aman el vallenato, de ese estilo tan bonito que no hay que dejarlo perder. Sé que van a respaldar la propuesta musical fresca y que estamos haciendo con humildad y cariño. Quiero agradecer a todos los integrantes de la agrupación de Diomedes Díaz, encabezados por Giovanni Caraballo, y al manager Harold Zabaleta por creer en mi talento e invitarme a este gran proyecto”, manifestó Kikey Díaz.

Se queda en su tarea de grabación no sin antes invitar a la fanaticada de Diomedes Díaz a unirse a esta propuesta musical que estará en el mercado en poco tiempo.

“Voy a aceptar las críticas constructivas, estamos tocando las puertas de los corazones de la gente que sabe de vallenato, de los Diomedistas para que nos apoyen y con humildad seguir la línea que tuvo el mayor éxito en este querido folclor”.

Después de escucharlo un rato en el estudio de grabación volvió a recordar esos comienzos en el pueblo de Mandinguilla, tierra ganadera, de cultivos de naranja, de calles polvorientas y donde el sol ejerce su dominio absoluto.

Se metió nuevamente en su pensamiento al salón de clases donde le cantaba a sus compañeros y recibía los consejos del profesor ‘Mayo’ Alborch, ese mismo que hoy ya pensionado se emociona cuando le cuentan las hazañas musicales de su alumno.

“Dígale a Kikey que me emociona después de tantos años saber de sus triunfos y que Diomedes Díaz desde el más allá lo ilumine”.

El estilo de cantar del joven artista nacido en Bosconia, Cesar, no tiene ninguna duda, y así lo expresa el grabador ‘Polacho’ Soto: “Tiene el mismo color de voz de Diomedes

Articulo tomado del Diario el Pilón.
@juanrinconv

http://www.mediafire.com/file/tzh6938gzrktk82/VALLENATO+HASTA+EL+FINAL+KIKEY+DIAZ+%26+TONI+GUTIERREZ.rar

martes, 13 de septiembre de 2016

HOMENAJE A UNA LEYENDA ADANÍES DÍAZ Treinta y tres años después


Por Juan Carlos Herrera

En su corta carrera de vida musical, alcanzó a escribir una página importante en la historia del vallenato. Basta con escuchar su voz, su garganta pulida, para que en seguida nos venga a la memoria la imagen estelar de Adaníes Díaz. Fue un personaje carismático y risueño que tuvo buenos amigos, que organizó grandes parrandas abiertas a los curiosos, y su cariñosa amistad con Carlos Rojas mereció una canción. En cada toque de su conjunto sabía meterse el público al bolsillo antes que la plata, y con su aspiración y fortaleza espiritual al lado de Héctor Zuleta estaba abriéndose paso entre los más grandes. Las personas que saben lo suficiente de canto, reconocen que sin tanta fama lo alcanzó.

La vida de este hombre comenzó en Lagunita, un diminuto corregimiento de Barrancas. Sus padres eran Luis Guillermo Díaz Ospino –primo del compositor de Hatonuevo, el ciego Leandro Díaz- y Herminia Brito Bolívar, los cuales lo criaron en medio de unos hermanos con quienes supo descubrir rápido ese mundo que giraba alrededor del campo. La mayor parte del tiempo la pasaba en Alto Pino, la finca de su padre. Es fácil imaginar cómo fueron esos primeros años del joven Adaníes Amador Díaz Brito, libre en medio de la naturaleza, ilusionado con la guitarra. Al igual que algunos contemporáneos suyos que se darían a conocer en el folclor, también comprendió que en medio de las montañas y el contorno silvestre, cerca de los potreros, se aprende a cantar mejor.

Estudió parte de la primaria en Barrancas, pero se vino a temprana edad para Riohacha. Esta era una ciudad llena de historias, de bancos de perlas olvidadas en el mar, pero seguramente lo primero que notó era que se trataba de una comarca donde apenas se podía respirar ante la arena levantada por la brisa, cuando se bajó a donde una hermana mayor. En este lugar donde también estaría cerca de su sobrino el buen compositor Romualdo Brito, continuó con los estudios. Terminó el bachillerato en el Liceo Almirante Padilla.

Adaníes Díaz fue maestro en el caserío de Las Casitas, algo que muy pocos seguidores saben. Luego estuvo trabajando en la zona de carretera, como ayudante de almacén. Es interesante recrear la atmósfera de cómo debieron ser sus primeros años de vida, algo difíciles, arduos en él, pasando el material para que los obreros avanzaran en el proyecto de asfalto.

En esa época, ya se había dado a conocer en el canto, el cual junto con la guitarra se constituían en la única luz que iluminaba su vida. Al lado de su primo Darío Díaz, compartían parrandas, serenatas, tocaban en la caseta El Toro Sentao en las frías noches de carnaval, ubicada en la calle doce con carrera once.

En una ocasión, Adaníes Díaz llegó a una oficina de la Administración de Impuestos. Llegaba buscando a Indalecio Bruzón López, jefe de auditoría, para cobrarle un toque que le había hecho. En esos momentos, tuvo el placer de conocer a quien sería la mujer de su vida: Claribel Ortiz. Era una hermosa muchacha, de piel trigueña y anchas caderas, que trabajaba como mecanógrafa en un rincón aparte. Su mirada miope resplandeció tanto al verla, que a Indalecio Bruzón no le quedó más alternativa que presentársela.

No esperó mucho para visitarla en su casa, situada en la calle diecisiete. Ella se llenó de asombro al verlo aparecer en la terraza, porque no pensaba que aquel joven que vivía cerca de ella, fuera tan rápido con la galantería. Para él la vida había cambiado desde que la conoció, y ahora su esperanza no estaba en surgir con el canto sino en la conquista inmediata de esa pasión. Era feliz visitándola por las tardes, impresionándola con la dentadura perfecta al sonreír y con sus actitudes de artista en la guitarra. Un día en que se dio cuenta de que Claribel estaba sola en la casa, Adaníes Díaz tuvo una inspiración para derrotar el miedo. Se antojó de un vaso de agua fría, momento que aprovechó para seguir en silencio a la mujer que estaba desprevenida en la cocina abriendo la nevera, y darle el primer beso de amor.

Fue un noviazgo corto, típico de la época. Adaníes Díaz quería matrimonio, y ella no tuvo más opción que darle el sí que los uniría hasta la muerte. La boda se celebró en la Catedral Nuestra Señora de los Remedios, el 22 de diciembre de 1973. Eran las siete de la noche, cuando apareció sonriente la novia dentro de la iglesia. El hombre que delante de los asistentes recibía en el altar a la mujer que sería su esposa, no era ése de tamaño corpulento y voz hercúlea que pasaría así a la historia musical, sino apenas un hombrecito flaquito que lucía anteojos y parecía un loquito de la felicidad por ser ya familia de su mujer.


De otro lado, en el la parte musical Adaníes Díaz comenzaba a aspirar cada vez más: Numa Bateman sería una de las primeras personas en llevarlo a un estudio. En el año 1974 grabaron una canción, en homenaje a Santa Marta, donde sirvió como guacharaquero y corista, mientras Bateman tocaban el acordeón y cantaba a la vez, al mejor estilo de los antiguos juglares.

Pocos años después, al lado de Darío Díaz grabó un nuevo sencillo, y en esta ocasión por primera vez Adaníes Díaz participó como solista principal.

En la parte laboral, el muchacho cantante se ganaba la vida. Tenía un empleo en Salud Pública, lo que es hoy Desalud en la calle doce. Hay que recordar que también estuvo en Bogotá, haciendo un curso de seis meses en salud. Es bueno pensar cómo fueron aquellos meses de frío en la capital para el joven Adaníes, en medio de la sabana, rodeado de cachacos, algo que le sirvió para contagiarse un poco de aquella ciudad donde estaban los estudios de grabación y las principales casas disqueras, como la CBS donde grababa Poncho Zuleta. De regreso a Riohacha, estuvo en aquel trabajo por unos años y cantaba durante los fines de semana.

Ender Alvarado era un muchacho nacido en La Punta. Con su acordeón, había pertenecido a un grupo conocido como Los Alegres Punteros, porque sus integrantes amateurs pertenecían a su mismo pueblo. Al conocerlo personalmente, Adaníes Díaz se convirtió en su gran amigo. De inmediato, se sumó al conjunto, dándole más fuerza con su alta voz. En varias ocasiones hicieron memorables parrandas, que duraban hasta el amanecer. En el conjunto, estaban Toby Murgas y Romualdo Brito como coristas, Rogelio Alvarado en la caja, y El Pali Gámez en la batería.


La oportunidad de su vida, sucedió a mediados de los años setenta en una Fiesta del Dividivi. En aquel tiempo, esta se celebraba en el parque Almirante Padilla. El conocido periodista Lenín Bueno Suárez y Edgar Ferrucho Padilla, aprovecharon el evento para organizar un concurso de acordeón. Como jurado estaba nada más y nada menos que Ismael Rudas, un singular acordeonero de Santa Marta popular por haber hecho hermosas melodías al lado de Daniel Celedón. La competencia fue ganada por Ender Alvarado, que comenzaba a tocar como una centella con su impecable rugido. A la vez, Ismael Rudas sintió admiración por aquella garganta del otro mundo que lo acompañaba, como nunca se había escuchado en la desértica región de Francisco el Hombre.

De esa manera, se llevó a cabo la unión de Ismael Rudas con Adaníes Díaz, introduciendo a éste al ámbito profesional con la empresa Codiscos de Medellín. Para Adaníes era lo más grande que le había pasado en la tierra después del nacimiento de su primera hija, la hermosa Joyce Galena. El primer larga duración se llamó De competencia, como avisando a los oriundos de San Juan del Cesar, La Junta, Villanueva, La Paz, Valledupar y Becerril, que alguien como él de Lagunita también se sumaba a la competencia. El segundo trabajo musical se llamó Violento, donde está la canción Borracho. Este tema pegajoso gustó de inmediato, y le tocó viajar a los pueblos cercanos en compañía de Ismael Rudas, satisfaciendo al público encantado de conocerlo. Según los expertos que oyeron bien su tercer disco titulado Como siempre, en esos días la voz de Adaníes Díaz se escuchaba por encima de uno de los mejores acordeones de la época.

Las amistades comenzaron a lloverle, sobre todo la de los artistas famosos. Era posible ver en la terraza de su casa en la calle diecisiete, a cantantes de moda en el género vallenato como Jorge Oñate, Los Hermanos Zuleta y Rafael Orozco, que parecían unos habitantes más de la arenosa Riohacha en la bonanza marimbera. También se hacían presentes Toby Murgas y Ender Alvarado, el acordeonero puntero con quien a pesar de tocar cada quien por su propio lado fortalecía más la amistad. El mismo Diomedes Díaz aparecía de vez en cuando, porque además de la música los unía el vínculo sanguíneo por pertenecer ambos a los mismos Díaz de la Provincia. Este inteligente muchacho de La Junta, que desde que comenzó a cantar se bañó de fama, delante de Adaníes Díaz era un buen admirador. «Yo te tengo miedo a ti», le decía a menudo en juego. Entonces Adaníes Díaz, con una sencillez que superaba a su manejo de la vocalización, le respondía: -Hombre, primo, déjese  de pendejadas.

Se dice que antes de grabar su primer LP, Adaníes Díaz había puesto los ojos en un jovencito blanco y de cejas encontradas. Desde muchacho era gran admirador de Poncho Zuleta, considerándolo con el alma su principal maestro en el arte de cantar. Quizás por esa razón siguiendo el buen trabajo de Poncho y Emilianito, quería meterse en la dinastía Zuleta a través del hermano menor. Héctor Zuleta era un adolescente, que apenas descubría las mejores técnicas armoniosas, por lo que a Adaníes le tocó dejarlo crecer, con la misma paciencia que algunos hombres tienen con las novias a las que esperan ver florecer para llevar a cabo el matrimonio. Simultáneamente, tocaba entusiasmado con Ismael Rudas y seguía madurante como cantante de profunda voz.


En el año de 1979, ya estaban unidos como una organización. Se cree que Poncho Zuleta no estaba de acuerdo en el momento de la grabación con la disquera Philips en Bogotá, porque todavía consideraba a Héctor Zuleta su hermanito. Pero éste ejecutaba muy bien el acordeón, como sólo saben hacerlo los genios. La historia le daría la razón a Héctor.

Sensacionales fue el álbum que los llevó a la fama grande, que los introdujo en la sintonía de los artistas más escuchados. El tema Estrella fugaz, barrió con las demás melodías de los diferentes cantantes que estaban de moda. En todas partes eran requeridos para que tocaran El cobarde del pueblo y Mi tierra y mis canciones -dedicada especialmente a su bella esposa Claribel-, y nadie daba para acertar quién era mejor cantando o tocando el acordeón. En la mirada de Adaníes Díaz se observaba felicidad al haber inaugurado esas nuevas canciones, porque estaba seguro de que Héctor Zuleta era el músico que más sabía alcanzar con su velocidad del teclado la revolución sonora de su voz.

El segundo álbum se llamó Pico y espuela, y resultó ser más para la gallera que para el baile de caseta. A parte de la canción que da nombre al disco, está el hermoso tema Problema tuyo, en cuyo coro Adaníes sube el volumen de su voz con la misma facilidad de un equipo de sonido moderno. El aviso es una canción clásica, bella y romántica, que pone en prueba clara que ya se estaba asomando en el panorama el verdadero monstruo del vallenato. Su nombre era Adaníes Díaz.


En el año de 1982, ya tenían listo el trabajo que marcaría el boom de la pareja. Para los gustosos seguidores de estos dos nuevos talentos, el nombre del álbum Nuevamente los sensacionales no decía nada ni dejaba entrever siquiera el estupendo impacto que causaría uno de los temas. Marianita fue una canción que en seguida se apoderó de los oyentes, de los amantes de la música vallenata, batiendo récord en las distintas emisoras del país, siendo de la autoría de Juan Segundo Lagos. Es una letra de amor que comienza en una cantina, donde alguien lleno de desengaño cuenta la historia de una infiel mujer que al final ha sido culpable de que un hombre esté en el cementerio y otro en prisión. Las ondas hertzianas llegaron lo más lejos posible, hasta el interior del país y más allá de la frontera con Venezuela, gracias a la poderosa voz de Adaníes Díaz que supo interpretarla como nadie. La canción lo subió a la inmortalidad, convirtiéndose rápidamente en el himno de su carrera musical.

Adaníes Díaz estaba despegando con más fuerza, y nadie podía frenar su fuerte ambición. El timbre explosivo que la naturaleza le había concedido, que con esfuerzo y trabajo constante había desarrollado, sonaba más duro que todos juntos. Era él la persona encargada de llevar el vallenato clásico hasta su mejor dimensión, con ese estilo admirable que había comenzado a poner en alerta los oídos de las personas que solamente se aferraban a El Binomio de Oro y a un muchacho llamado Diomedes. En el pentagrama musical –y no en el fanatismo provinciano que ciega la vista y ensordece los tímpanos-, ya quedaba registrado quién era el más grande de los cantantes vallenatos.

Héctor Zuleta tocada cada vez mejor su instrumento, y otras estrellas comenzaron a encandilarlo. Se alcanzó a rumorar que el mismo Diomedes Díaz pretendía tenerlo atraerlo su lado, para contagiarse de su sabiduría musical que heredó magistralmente de El Viejo Mile. Adaníes Díaz, en vista de sus ratos de ausencia en Riohacha, tocaba en parrandas al lado de Alvarito López, otro joven acordeonero de respetado linaje. En unas partes alcanzaron a presentarse, causando admiración por estar con alguien que pertenecía a la excelente rama de los hermanos López. En ningún momento alcanzaron a grabar, y además en esos días sucedería algo inesperado que cambiaría el rumbo de esta dramática historia.


La noticia de que Héctor Zuleta había muerto, entristeció el vallenato por unas semanas, y en todas partes sólo se escuchaba su acordeón gracias a la tecnología magnetofónica. En Valledupar, se sentía la honda tristeza por haber perdido al que los maestros especialistas consideraban el mejor de los Zuleta. Fue un funeral desplegado a lo grande, al que no pudo faltar su compañero de armas Adaníes Díaz. Estuvo presente en las honras fúnebres, lloró con desgarro, sintiendo el mismo vacío en el corazón que debieron sentir Emiliano Zuleta Baquero y la vieja Carmen Díaz. También estuvo al lado de Poncho y Emilianito Zuleta, que delante de la gente no dejaban de llorar. El entierro lo dejó muy triste, golpeado, seriamente acongojado: por primera vez una cuestión de peso exterior había acallado su voz.

En Riohacha, la vida de Adaníes Díaz no parecía tener sentido. Sólo la compañía de su mujer y sus hijos Joyce Galena, Adaníes de Jesús, Joismar Galeana y Luis Guillermo, llenaban ese vacío. Cada vez que tenía oportunidad se acordaba en la charla del buen compañero que había sido Héctor Zuleta, de las veces que practicaron en la sala de su casa en el barrio Guapuna que dejaron anécdotas, de la falta que le hacía su fantástico acordeón para haber realizado ese cuarto trabajo musical con el que aspiraban dejar atrás a los más duros rivales. Nunca se imaginó ni pretendió que la única manera de volver a hacerle compañía a Héctor Zuleta, era encontrándose con él en el cielo.

Ese 9 de febrero de 1983 en que llegó de la calle para decirle a su mujer que había que viajar al pueblo, no era para él. Tanta insistencia de su parte obligó a Claribel a acompañarlo, porque no había poder humano que lo aguantara. Se embarcaron en el carro con los hijos, rumbo a los lados del sur de La Guajira. En el camino, antes de salir del perímetro urbano, su mujer volvió a insistirle en que no viajaran. Según dijo, presentía algo oscuro en el pecho. Pero Adaníes Díaz, con una mirada brillante que no era la suya, insistió en que sí viajaban y siguió manejando en la carretera que lleva vía a Valledupar.

Después de la diligencia que necesitaba hacer, entraron en la finca. En esta, se encontraron con su querida madre, Herminia Brito. La señora, como siempre, se puso feliz con los nietos. A tal extremo, que al ver que su hijo famoso regresaba a Riohacha, también quiso acompañarlos en el carro.

Se marcharon entonces, como de rutina. Al pasar por Barrancas se detuvieron un rato en este pueblo, porque había un velorio en una de las casas. Después de saludar a una gente que lo reconoció, Adaníes volvió a arrancar en la camioneta. No tenía la menor idea de que también él se estaba despidiendo de la tierra que lo vio nacer.

En el camino de regreso, nada hacía pensar que la aguja del reloj había entrado en la mala hora. Adaníes Díaz manejaba con normalidad aquella Ranger azul que había negociado con su amigo Gervasio Valdeblánquez, porque era conocido que era un gran conductor. Se veía algo resplandecido, esperanzado, queriendo terminar de grabar lo más pronto con Bolañito, el acordeonero que sería su nueva fórmula. De modo que viajaba contento en la carretera, teniendo al lado a su familia. Joismar Galeana, su bonita niña de cuatro años, venía detrás de él tomándolo por la espalda, como sucedía a ratos cada vez que Adaníes manejaba. Los demás pasajeros venían sentados, tranquilos, esperando llegar temprano a Riohacha, entre ellos el joven Adaníes de Jesús, que a los cinco años sería testigo de todo. Delante de la ventana delantera, de pronto esperaba una pila de asfalto. Nadie sabe qué aconteció, ni si Adaníes Díaz distinguió esa pila que se cruzaba en el paso o si con algo de agilidad en el manubrio trató de esquivarla. La camioneta dio varios votes a un lado del camino, apagando por siempre esa grandiosa voz y la llama de un amor familiar que era admiración de los demás ciudadanos.

Su muerte conmocionó a todos, que en seguida corrieron al hospital Nuestra Señora de los Remedios. En la terraza de este lugar situado en Riohacha, no cabía la gente que estaba presente por la lamentable cuestión. En seguida se supo que no había nada que hacer al respecto, porque Adaníes Díaz estaba muerto. También se supo que una de las hijas estaba sin vida al igual que su abuela Herminia, mientras Claribel era llevada en estado crítico a Barranquilla. Varios amigos cercanos y los fanáticos tristes, al enterarse de que el cantante había llegado muerto al hospital, no tuvieron más consuelo que volver a sus casas y encender el tocadiscos antes de bañarse, cambiarse e ir al velorio, para sentirlo en espíritu vivo a través de su canto. Era imposible de creer, que hubiera terminado así el mejor amigo de los hombres que hubo en esos irrepetibles años.

El funeral se llevó a cabo en la calle catorce, en una carrera al lado de donde está el colegio Enrique Lallemand. La cantidad de gente que estuvo presente, dejó en claro que la humanidad entera lloraba por la pérdida de un gran hombre que los riohacheros consideraban más riohachero que ellos mismos. Estuvieron en el velorio todos los cantantes de la música vallenata, para darle el último adiós. Era de esperarse, debido al gran aporte que le había dado el difunto a la música nuestra. Entre los parientes y presentes dolidos sin ánimos para respirar, se preguntaban qué había hecho Adaníes Díaz para mecerse algo así. El ataúd estaba en la sala, centro de toda la atención impresionante. A la hora de sacarlo a la calle, necesitó de muchas manos debido al peso descomunal de su cuerpo. Fue uno de los entierros más grandes en la historia de Riohacha.

Los años han pasado, y su canto se sigue escuchando sin sufrir alteración. Las notas de Héctor Zuleta acompañándolo en la inolvidable melodía, sirven de consuelo para decir que Adaníes Díaz grabó al lado del acordeonero con más futuro del folclor. En Riohacha, sus canciones se resisten al paso del tiempo, no terminan de escucharse para nada. Incluso hoy en día, cuando está tan de moda la nueva ola, porque todavía suenan con frecuencia en la radio. Ojalá algún día su obra completa se pueda remasterizar, con nuevo sonido y una extraordinaria campaña de publicidad, y se le haga un lanzamiento a nivel nacional e internacional para que nuevamente se ponga de moda.


Como ya se ha hecho con unos hombres que han pasado a la historia universal, el nombre de Adaníes Díaz se debería volver institucional en nuestra región. En Lagunita tendrían que hacerle una estatua en su honor a raíz de los treinta y tres años de su muerte, para que las nuevas generaciones sepan quién fue el héroe de bronce. No debe olvidarse que se trató de uno de los más excelentes hombres que ha tenido Riohacha, el cual alguna vez tuvo un sueño de mil colores como tantos músicos anónimos en estas calles de arena. Desde aquí levantó su fama local, transformándose en un ejemplo de superación para la toda eternidad. Sería una buena idea hacerle un homenaje con algo que llevara su nombre, si se pudiera mejor ahí mismo donde fue velado: Escuela de Canto Adaníes Díaz. Entonces a través de los alumnos que lleguen, perduraría más su estilo.